Paisajes de las carreteras del norte de Chile. Fotos: Jacobo Casado
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Parte 2

El compañero de viaje

Cuando uno piensa en un viaje de esta magnitud también se plantea si hacerlo solo o acompañado, y en el último caso con quién. Muchos pensaréis en vuestro mejor amigo, ese que tienes desde la infancia, quizás tu amigo de la universidad con el que compartes aficiones y proyectos en común o quizás, en el amor de tu vida.

En mi caso mi compañero de viaje me lo regaló el destino. No habíamos compartido mucho tiempo juntos, no éramos amigos de la infancia, ni siquiera éramos de la misma nacionalidad. Fue una amistad que se forjó rápido, con una persona que me acogió en su país y en su casa como  si me conociera de toda la vida.

A Ricardo lo conocí una tarde de septiembre, apenas llevaba dos días en la ciudad cuando vino a recogerme al hostal donde me quedaba.  Él había estado un año de intercambio en Milán donde conoció a una de mis  compañeras de mi trabajo de entonces y cuando decidí mudarme a Chile nos puso en contacto.

Esa tarde dimos un paseo por el colorido barrio de Bellavista y desde entonces fuimos inseparables.

Estudiante de arquitectura, amante del vino y del buen comer con aire bohemio y una personalidad encantadora y algo ególatra, tenía sonrisas y diversión para todos y no se tomaba la vida demasiado en serio. Sus ganas de vivir y de comerse el mundo junto con una picaresca característica hacían de él el perfecto compañero de fatigas.

Aquella tarde en la cual me dijeron que no había conseguido el objetivo que había ido a cumplir a Chile, el ser piloto, vino a mi casa, destapamos una botella de vino…o dos y me dijo con su gracia característica “¿Nos vamos de acá a México po weon?”. Los dos teníamos razones para hacer el viaje; yo necesitaba buscarme, el buscaba a su amor. Él necesitaba salir de casa, cambiar de aires y yo necesitaba el viaje para volver a casa.

Quince días más tarde tomábamos el primer autobús de la expedición al Norte de Chile… Ésta es la historia de dos desconocidos que se hicieron hermanos.

Día 1

Ricardo y yo salimos de Santiago a  las 22 horas, nos quedan por delante 16 de autobús hasta nuestro primer destino, Antofagasta donde nos esperaba Gonzalo–un amigo con el que viví un tiempo en Santiago–para acogernos y enseñarnos su tierra, y nunca mejor dicho porque es todo tierra…

Durante la noche hemos cruzado el llamado Norte Chico acompañados por una gran luna llena que permitía disfrutar del paisaje, cruzando bastas llanuras y acantilados que acababan en una costa rocosa y azotada violentamente por el Pacífico. Entre sueños se va haciendo de día y llegamos a Copiapó, donde estiramos las piernas. Tras la parada nos quedan aún 7 horas de viaje que haremos atravesando gran parte del desierto de Atacama, el más árido del mundo y que me seduce con su belleza diáfana y sus cielos limpios y azules.

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Antofa’ nos recibe con el aire cálido y húmedo de cualquier población costera. Gonza nos recoje en su auto blanco y vamos a pasear por una ciudad, rica por la minería pero destartalada que no acaba de saber crecer. Las olas rompen violentamente contra la costa rocosa, muy parecida a la de Fuerteventura o Lanzarote, huele a mar y como siempre el salitre me devuelve a mi estado de libertad. Vamos a una playa llamada Lenguados, donde se aprecia perfectamente el encuentro del desierto con el mar.

En una terraza junto al mar brindamos con pisco sour por el reencuentro con nuestro amigo antofagastino y el principio de un gran viaje. Después cenamos en su casa donde nos recibe su madre, Gabriela, actriz de una compañía de teatro local. Acabamos la noche en la terraza de la casa bebiendo y charlando con el mar frente a nosotros en una noche tranquila.

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Día 2

Al día siguiente visitamos las ruinas de Huanchaca, una antigüa fundición de plata del sXIX. Luego vamos al capricho de la naturaleza por la cual es famosa Antofagasta. La portada, es un arco de piedra que se encuentra frente a unos acantilados donde el Pacífico embiste con toda su fuerza. Tras la comida, Gonza nos conduce hasta la Ruta 5 en dirección a Calama. Justo en el cruce con la carretera que va a Santiago nos despedimos. Aquí comienza la aventura para llegar a nuestro siguiente destino,esta vez haciendo auto-stop para cruzar el desierto hasta el famoso pueblo hippie de San Pedro de Atacama.

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Lee el capítulo anterior

Hubo una época en la que fui explorador

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Jacobo Casado decide recorrer Latinoamérica luego de que sus planes de ser piloto en Chile no salieran como esperaba. 

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Lee el siguiente capítulo:

San Pedro de Atacama: Fiesta clandestina en el desierto

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 Nos enteramos de una fiesta clandestina en un casa en medio del desierto más árido del mundo. Hace una noche clara con estrellas y una gran luna que lo ilumina todo. Nos subimos a la parte de atrás de una camioneta con otros ocho chicos, franceses y chilenos. La camioneta avanza en la noche por caminos del desierto, los volcanes se ven a mano izquierda enormes, con su nieve resaltando en lo alto, realmente me doy cuenta de lo afortunado que soy.

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Un viaje inesperado para reinventarse. 14 mil kilómetros. 11 países. Una meta. Dos amigos. Mi viaje comenzó mucho antes, cuando llegué a Chile en busca de trabajo como piloto, lo cual no resultó y desembocó en la experiencia más importante de mi vida. Vine para cumplir un sueño, acabaré cumpliendo otro.

Todos los martes en www.oddcatrina.com

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