Foto: comedy_nose / Foter / CC BY

Hace menos de cinco años, yo estaba sentado en la otra cama del hotel. Observaba como estabas y no estabas consciente. Era algo rítmico, como si los efectos de los analgésicos se hubiesen puesto de acuerdo y formaran una coreografía nada glamorosa. Tu pierna izquierda estaba sujeta a una máquina que, en mi mente, fue inspirada en la Inquisición. Tu pierna se subía y se bajaba. Se subía y se bajaba. Con cada movimiento, podía notar que te mordías los labios en reacción a una sensación que, me imagino, no era nada placentera. Tu pelo parecía de loca y no tenías intenciones de moverte, de comer, o de bañarte (cosa que, por tres días, cumpliste).

Verte así me puso en estado de shock. Tan solo el día anterior estábamos en una pista de atletismo cruzando la calle (que irónico, ¿no?) y me tomabas el tiempo en mi entrenamiento. Me preguntaste si yo creía que volverías a correr. “Claro que sí mamá, ya ni te preocupes.” En ese momento, yo no tenía ni la menor duda de que lo harías. Sin embargo, eso pronto cambió. Después de la operación, y por una fracción de segundo, el verte en tanto dolor me hizo dudar. Era tanto el dolor que de verdad pensé que nunca volverías a correr. Dios, verte así me hizo pensar que nunca volverías a caminar derecha.

  IMG_0668

Pensar que todo ocurrió debido a un simple “salto de rana.” Pensar que, tú, Regina Yamín, en cuestiones de segundos pasaste de ser de las diez mejores maratonistas de todo México – con la oportunidad de competir en el Maratón de Londres y clasificar para los Juegos Panamericanos – a permanecer inmóvil en el suelo debido al dolor. Dolor que decidiste ignorar por mes y medio. Dolor que minimizaste y “trataste” con un poco de hielo e ibuprofeno. Dolor que no te impidió seguir entrenando ni seguir tu vida normal. Es más, hasta me viniste a visitar a Nueva York y caminamos con todo y maletas – no se diga tus tacones –Fue hasta después del viaje que fuiste capaz de admitir que debías ver a un doctor. Y vaya admisión, pues al día después te operaron por primera vez.

“La lesión es seria” dijo el doctor. Fractura de meniscos y otra de 3 cm en el cartílago. En términos simples, tu articulación de la rodilla no tenía nada de articulada. Preocupada por la situación de tu cartílago, decidiste viajar a Estados Unidos. Ahí, después de dos operaciones más, por fin lograron una “alineación y balanceo” digno de darte “calidad de vida,” frase que utilizaban los doctores y que tanto te enfurecía. “¿Calidad de vida? Yo quiero y voy a correr otra vez,” les decías con decisión.

Y fue así como comenzó un viaje que, tal cómo esa máquina tortuosa, hizo de nuestras cinco vidas un completo sube y baja. Durante cinco años pasamos por momentos de gran alegría y momentos de tristeza inconcebible. Perdimos gente a la que amábamos y ganamos gente que nunca hubiésemos sabido que sería tan buena. Estuvimos juntos y estuvimos separados. Tuvimos certeza y tuvimos inestabilidad. Cambiábamos el modo de ver la vida, a veces para bien pero seguido para mal. Lloramos, nos reímos, celebramos y estuvimos de luto. Tal como tu rehabilitación, nuestras vidas se volvieron una montaña rusa de días buenos y días malos. No importaba si estábamos separados por mar o tierra, todos estábamos en las mismas. Todos sufríamos. Tu rehabilitación se volvió la nuestra.

¿Que si hubo algunas fracciones de segundo en donde dudé de tu regreso? Sí, sí hubo…y muchas. Durante nuestras horas más oscuras, dudé de ti durante más de una fracción de segundo. Me avergüenza admitirlo pero, después de verte llorar tantas veces, después de pelear con tu necedad y dedicación incorruptible, después de discutir el porque no escuchabas, sí dudé. Y ahora, no me queda de otra que tragarme mis palabras y mis pensamientos porque sí regresaste. Sí regresaste y más fuerte que nunca; no sólo físicamente, sino también emocional y espiritualmente.

El pasado 20 de septiembre, precisamente en una pista de atletismo, terminamos el maratón que prometiste correr después de la operación. Escribo en plural porque, tal como los pasados cinco años, nosotros también lo “corrimos.” Durante cinco años lo vimos todo y lo sentimos todo. Fuimos testigos de lo difícil que te fue subir las escaleras. Observamos la primera vez que corriste y como no nos atrevimos a decirte la verdad sobre tu zancada. Sobrevivimos tus locas (e inhumanas) rutinas de abdominales y de fuerza corporal. Atestiguamos cómo corrías con una polaina sujetada a la pierna y como corrías descalza por la carretera. Te acompañamos a ver a sinnúmero de doctores, acupunturistas, quiroprácticos, brujos, videntes y chamanes. Escuchamos prudentemente lo que otros tenían que decir de ti y de tu actitud. Nos dolía cuando te confesaban que verte así los conmovía hasta las lágrimas, que les dabas “tristeza.” Entendíamos, pues, el por qué te entercabas en salir adelante.

Y en este pasado maratón, tal como aquella luz al final de un túnel de 1,825 días, estuvimos ahí cuando gente por todo León gritaba tu nombre. Estuvimos ahí cuando, kilómetro a kilómetro, te acercabas a la meta. Estuvimos ahí cuando cruzamos esa meta mientras levantabas tu brazo en señal de victoria. Una victoria que va más allá de cinco años y 42 kilómetros. Una victoria que te marcará por siempre, a ti, a nosotros y a toda le gente que estuvo a tu lado durante este viaje.

Mamá, nos enseñaste que todo es posible. Tú nos enseñaste que cuando existe un sueño, existe un camino. El camino puede que sea rocoso y difícil y muchas veces desconcertante pero todo es parte del viaje. Eso es lo que lo hace valioso. Eso es lo que lo hace interesante. Y aún cuando había veces que lo querías seguir tu sola, te diste cuenta que no podías y que, afortunadamente, tenías gente que te apoyaba a todas horas. Así como nosotros, en nuestras propias versiones de éste mismo camino, tuvimos a gente que nos aconsejó, que nos ayudó, y que nos hizo saber que no estábamos solos.

 

12033073_10153203290592362_1105160422321908549_n

Regina Yamín (al centro, de verde) celebra despúes de haber corrido el maratón tras recuperarse de su enfermedad

Mientras escribo, me doy cuenta de la poca fe que tuve cuando dudé de ti – aún cuando lo hice por fracciones de segundo. Por esto, te pido perdón. También me doy cuenta de lo agradecido que estoy por que a todos se nos puso en esta montaña rusa. Sí, fue difícil, pero cambió nuestras vidas. Aprendimos a perseguir aquello que queremos, aquello que nos hace feliz – aún cuando la persecución no es precisamente alegre. Y hoy, alegre, te doy gracias mamá por esta experiencia, eres nuestro héroe y nuestro ejemplo. Siempre lo serás.

***

Régina Yamín recomienda:

  • Nacidos Para Correr de Christopher McDougall
  • Fueras de Serie de Malcolm Gladwell
  • De Qué Hablo Cuando Hablo de Correr de Haruki Murakami

Canciones favoritas:

  • Amor Eterno de Rocío Durcal
  • Lady In Red de Chris De Burgh
  • Woman de John Lennon
  • 99 Red Balloons de Nena

¿Qué te pareció este relato? Comparte con nosotras las historia de una persona que te haya marcado profundamente. No olvides dejar tus comentarios en la sección de abajo.

Comentarios