Existe un factor que hace que un recinto o paisaje se vuelva más especial que otro, que una experiencia sea realmente lo que esperábamos y no percibamos que las fotografías de internet nos han mentido: el cómo accedemos a él.

Quizá en estas líneas sólo hable por mí, pero uno de los básicos al organizar un viaje es considerar la opción de vivir una experiencia natural, como hacer trekking de horas para alcanzar unas vistas asombrosas, o dedicar tiempo en llegar a lugares que se vuelven pequeños paraísos terrenales.

Por desgracia estas experiencias pierden gran parte de su encanto cuando al llegar a un lugar el ingreso tiene un costo elevado, está rodeado de restaurantes, “changarros” y de personas listas para dar un recorrido innecesario a un precio escandaloso, volviéndolo un lugar completamente turístico, alejado de la imaginación de viajero intrépido que supuestamente esperábamos.

Quizá la ausencia de estos molestos elementos fue lo que hizo que me gustara tanto este lugar a 45 minutos del centro de Oaxaca. Y es que en las cascadas de Hierve el Agua no les funcionó el volver este lugar un santuario turístico. Los locales fueron abandonados, y lo único que encontramos actualmente son algunos puestitos donde venden comida típica y niños que por $20 están dispuestos a llevarte por debajo de las albercas naturales, para descubrir las texturas y colores en las rocas, y conseguir la toma perfecta. La condición física es clave para poder rodear todo el lugar (cosa que yo no logré) y tener imágenes de la cascada petrificada, no sólamente desde arriba de la misma.

Los miradores en las fotografías son naturales y las sonrisas espontáneas y auténticas. El que podamos descubrir con tanta intimidad un lugar, para mi, se vuelve una de las mejores experiencias que un viaje puede aportar.

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