Fotos: Pilar Gómez

El señor de la casa en la cabecera. La señora cocina y lava, o se encarga de que alguien cocine y lave como es debido. El papá decide, la mamá asiente. El hombre pide, la mujer abre las piernas. El varón sostiene la familia, la doncella la organiza. El padre manda, el hijo aprende, las hijas pendientes del sartén.

El origen de este sistema, tan arraigado en la cultura latinoamericana, proviene del colonialismo. La cultura europea que llegó a tierras americanas estaba regida por un patriarcado que se manifestaba en su tabla jerárquica: “el control de los cabeza de familia sobre sus parientes femeninas y sus hijos menores era tan vital para la existencia del Estado como el control del rey sobre sus soldados”. (Lerner)

La relación entre el blanco civilizado y el bárbaro-indígena colonizado fue violenta: la imposición política y económica modeló la sociedad latina a partir de pautas culturales y sociales que se han transmitido de generación en generación y que pervive hasta nuestros días basadas en el racismo y el sexismo.

En Como agua para chocolate, Laura Esquivel dibuja el contraste en la visión del patriarcado entre culturas latinas y anglosajonas con la presencia de John Brown. El extranjero anima a Tita a recuperarse en un trato delicado e insinuándola a la libertad de expresión, situación opuesta a la de su casa:

“En la noche, cuando John Brown entró al laboratorio, sonrió complacido al ver escrito en la pared con letras firmes y fosforescentes. «Porque no quiero.» Tita con estas tres palabras había dado el primer paso hacia la libertad.”

Aún cuando Tita tenía la libertad entre sus manos con John, la fidelidad impuesta en su cabeza desde que nació al patriarcado la obliga a volver a su casa:

“Se sentía verdaderamente una estúpida por haber regresado al rancho para atender a su madre. Lo mejor hubiera sido quedarse en casa de John sin pensar nunca más en la suerte que pudiera correr Mamá Elena. Pero los remordimientos no la hubieran dejado. La única manera de liberarse realmente de ella sería con la muerte y Mamá Elena aún no tenía para cuándo.”

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En la historia de La tía Julia y el escribidor de Vargas Llosa, la heteronomía de la tía Julia se rige por Mario (que es catorce años más chico que ella) por el hecho de ser su marido. A su vez, es dependiente del padre de Mario, al ser su esposo menor de edad. Esta sumersión es la que la obliga a irse a Chile porque el suegro lo dictamina. No es dueña de sus decisiones:

“Mario: Doy cuarenta y ocho horas de plazo para que esa mujer abandone el país. Si no lo hace, me encargaré yo, moviendo las influencias que haga falta, de hacerle pagar caro su audacia. En cuanto a ti, quiero que sepas que ando armado y que no permitiré que te burles de mí. Si no obedeces al pie de la letra y esa mujer no sale del país en el plazo indicado, te mataré de cinco balazos como a un perro, en plena calle.”

El patriarcado en referencia al trabajo remunerado  se demuestra  en esta historia. Varguitas, sin haber siquiera acabado la carrera, sostiene el hogar con trabajos esporádicos en periódicos hasta llegar a traducción y docencia de español en Europa. Mientras, ni siquiera se menciona en el libro los esfuerzos de la tía Julia por sacar el matrimonio adelante en asuntos económicos.

En La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada el tema gira en torno a la violencia y a la sexualidad, otros dos tipos de patriarcado. La nieta Eréndira es educada para cuidar de su abuela y al provocar un incendio tiene que pagar los daños de la casa con la venta de su cuerpo:

“Al final se pusieron de acuerdo por doscientos veinte pesos en efectivo y algunas cosas de comer. La abuela le indicó entonces a Eréndira que se fuera con el viudo, y éste la condujo de la mano hacia la trastienda, como si la llevara para la escuela”

La veneración por los hombres de la casa, aunque ya no estén en este mundo, lleva al  capricho de la abuela en mantener los restos de su esposo y su hijo en su viaje: “En un baúl con dos cruces pintadas a brocha gorda se llevaron los huesos de los Amadises”. También lleva a la abuela a buscar ser contrabandista como lo era su marido, que así la salvó de la vida de prostitución, vida que busca para su nieta en beneficio propio.

El patriarcado en Latinoamérica impide erradicar la violencia machista y llegar a la igualdad de géneros, según el documento del Fondo de la ONU para la Población (Unfp). La literatura lo refleja y en casos pareciera que lo exagera –la venta del cuerpo de Eréndira, la sumisión de Tita bajo Mamá Elena, el control de Varguitas a pesar de su edad- y si se analiza la realidad supera la ficción. No se puede llevar una cuenta de los datos de la violencia física o psicológica que ocurren dentro de los hogares porque la mujer se encuentra subyugada en un patriarcado establecido en su educación desde que nació, por la que no ve como una opción denunciar.

La literatura es una oportunidad para denunciar los conflictos que se generan por una tradición arraigada entre raíces venenosas en una cultura tan rica como la latinoamericana. Abre la puerta de la reflexión a sus lectores para identificarse con los personajes y analizar su realidad en una paralela. La literatura es un arte capaz de penetrar en la conciencia de los que encuentran su reflejo en palabras de una mano que comparte el mundo colorido y vibrante del realismo mágico de América Latina.

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