Fotos: Jacobo Casado
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Parte 4

Son las 15.00h y recogemos las bicis para ir a recorrer el Valle de la Luna. Éste se encuentra a 8km de San Pedro de Atacama. Hace un día con cielo azul intenso, el sol pega con fuerza, y mientras en el iPod suena Michael Brook nos adentramos en el Parque Natural pedaleando con ganas. Estoy cruzando un paisaje marciano, de colores rojizos, ocres y marrones, salpicado con el blanco de la sal, y de las nieves en las cumbres de los volcanes que se ven al fondo.

En nuestra primera parada nos adentramos en una gruta donde la sal brota de las rocas, después seguimos pedaleando encontrándonos con dunas y piedras de formas caprichosas hasta llegar a un valle circular. Al fondo a la izquierda se encuentra el Anfiteatro, una formación rocosa que acaba en un corte vertical. El paisaje diáfano, lunar, mágico y enigmático es solo recortado por el azul del cielo y el camino que atraviesa y divide el famoso valle de la luna en dos.

Tras sentir la libertad bajo los pies, oyendo esa música inspiradora, admirar la belleza de la Pachamama, como llaman por estos lares los Quechua y Aymara a la Madre Tierra, subimos a la Duna Mayor, que como el nombre indica se trata de una gran duna de unos 50 metros y desde aquí observamos como el paisaje va cambiando de color conforme baja el sol, de los naranjas, a los rosas y después a los morados. Me emociono.

Adios Chile, te echaré de menos

Cuando cruce la frontera con Bolivia dejaré atrás mucha gente, experiencias y momentos difíciles de olvidar. Al dejar un país que me ha acogido durante casi un año, donde he conocido gente inolvidable y donde he vivido cosas tan intensas, me abordan sentimientos encontrados, comienza el lento y agradable camino de vuelta a mi hogar, pero a mi espalda estoy dejando la que yo ya sentía como mi casa. Por un lado siento gratitud y satisfacción por todo lo vivido en Chile, por otro lado un sabor agridulce por no haber conseguido lo que vine buscando. Sin embargo me llevo mucho más a pesar del fracaso, que no lo considero en absoluto como tal, sino más bien una etapa más de aprendizaje. Han sido unos meses duros–realmente muy duros–y sólo la gente que ha estado a mi lado sabe de lo que hablo, pero aun así he sabido exprimir cada segundo de mi vida aquí. Porque como dice aquella canción de Alexi Murdoch… “Don´t forget to breathe” y eso he hecho, no me he olvidado de respirar ni un minuto, de respirar hondo todo lo que me estaba pasando, hasta en los momentos donde parecía que me faltaba el aire por el smog santiaguino, por la falta de muchas cosas y ciertas personas, por la desesperación, y por la incertidumbre. Siempre he encontrado aquí un paisaje, un plan inesperado y sobretodo alguien con quién respirar hondo. Gracias a todos los que habéis respirado conmigo y me habéis ayudado a hacerlo cuando lo necesitaba. Y gracias a ti. Y a ti también. Le he tomado cariño a muchas cosas y personas acá, echaré de menos expresiones como al tiro, cachai, si po, weon, la wea loca, la wea enferma, así no’ má; cosas que no entendía cuando llegué y que ahora ya forman parte de mi vocabulario, eso sí con mi acento eshpañol–coño–joder, ese que tanta gracia os hacía a mis amigos chilenos. Echaré de menos carretear (salir de fiesta) con los míos y llegar a comer pizza a casa de Ricardo mientras abrimos cualquier buen vino chileno, para acabar hablando de que raro es el español que dependiendo del país una misma palabra significa diferentes cosas. También hablábamos de educación, política y un sin fin de cosas que me han ayudado a comprender la herida Latinoamérica. Echaré de menos levantarme un domingo soleado. ¡Qué bonitos son los domingos soleados en Santiago! La ciudad se detiene, se oyen los pájaros desde la habitación y aunque es invierno hace calor. Echaré de menos subir el Cerro San Cristóbal, un pisco sour al sol y quizás un paseo indie por Lastarria buscando rincones, cafés, galerías de arte, tienditas y librerías que te dibujan una sonrisa. Echaré de menos la risa en la resi, las películas en familia –y cuando digo en familia me refiero a que podíamos llegar a ser casi veinte personas en la residencia a la vez–las cenas especiales, los cotilleos, los abrazos, las largas conversaciones, la música, los momentos de guitarra, las noches de fiesta y las de pizza y palotes de ajo; los momentos de cocina y el apoyo recíproco que nos brindábamos todos los que allí vivíamos. Echaré de menos a nuestra dulce Margarita saludando por la mañana y preguntándonos cómo habíamos pasado la noche. Realmente la resi se convirtió en mi hogar fuera del hogar. Gracias a todos por compartir conmigo este trocito de vida. Echaré de menos los “momentos de expatriados” con todos mis amigos españoles, aquéllos que como yo salieron de un país en ruina y trajeron sus ilusiones y proyectos al otro lado del mundo. Esos momentos que nos hacían maldecir la distancia, comentar ciertas costumbres chilenas con sátira, y criticar de forma sana el país que nos acogía, y que en el fondo nos tenía a todos enamorados aunque no tuviese jamón ni tortilla de patatas. Gracias por todos esos momentos en los que juntos hemos descubierto un país increíble que ha acabado siendo parte de nosotros. En definitiva, mi corazón ya tiene un trocito blanco rojo y azul.
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Lee el capítulo anterior

La fiesta clandestina en el desierto

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Lee el siguiente capítulo:

El Altiplano Boliviano y el Salar de Uyuni

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La ruta acaba en el Salar de Uyuni, el salar más grande del mundo con sus 12000km2 de desierto salino, creado, según la leyenda indígena a partir de las lágrimas del volcán Tunupa al sorprender a su marido, la montaña Cusco con otra… banner2-postales
Un viaje inesperado para reinventarse. 14 mil kilómetros. 11 países. Una meta. Dos amigos. Mi viaje comenzó mucho antes, cuando llegué a Chile en busca de trabajo como piloto, lo cual no resultó y desembocó en la experiencia más importante de mi vida. Vine para cumplir un sueño, acabaré cumpliendo otro.
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