Fotos: Jacobo Casado
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Parte 4

Belleza inmensa; minimalista. Tras disfrutar de los últimos días en Chile, viendo paisajes y atardeceres increíbles, recorriendo las dunas y valles de Atacama en bicicleta y yendo a fiestas clandestinas en medio del desierto custodiadas por el volcán Licancabur con gente de infinitas nacionalidades, llega el momento de emprender la segunda etapa de este viaje.

Bolivia nos espera tras las altas montañas y volcanes que vemos desde el minibus que nos lleva desde San Pedro, en Chile, hasta Hito Cajón, Bolivia. El punto de partida de nuestra expedición por el inhóspito, diáfano, mágico y extremo Altiplano. Aquí en Hito Cajón, sellamos nuestros pasaportes con una nueva estampa.

Desayunamos y cargamos los todoterreno con víveres y mochilas. Nuestro guía, Quinto, de origen Quechua, de tez morena y mirada profunda, es algo parco en palabras. Nuestras compañeras son dos brasileñas, Paula y Tatiana y dos alemanas, Cris y Lisa.

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Una vez que está todo listo nos adentramos en la que será “nuestra casa” durante cuatro días, la alta puna boliviana. Es un territorio hostil, ventoso, frío, seco, caluroso y sobre todo, alto. Muy alto. Partimos a 4mil 500 metros, pasaremos por los 5 mil 500 y dormiremos a 4 mil ochenta en la primera noche. La solución para evitar apunarse o sufrir de soroche (el conocido mal de altura) es mascar hoja de coca, y hacerlo todo lento. Aunque no nos apunamos, se siente la altitud, cuesta respirar, duele un poco la cabeza y se siente algo de mareo.

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Hojas de coca, para evitar el mareo. 

Tanto extremo es también aplicable a su belleza: belleza extrema. La tierra de los indios Quechua es realmente espectacular, vastas llanuras salpicadas por lagunas de colores; pasamos por la Laguna Blanca, la Verde, la Colorada y un sinfín más que visitamos en nuestro recorrido. El azul intenso del cielo es recortado por los volcanes y la montañas que llegan a sobrepasar los 6 mil metros de altitud.

Es aquí donde la Pachamama (la Madre Tierra, para los Quechua y Aymara) exhibe toda su paleta de colores. Los marrones, ocres y rojizos de las montañas con el blanco de las cumbres. Las aguas esmeraldas y rojas con los rosas de los flamencos andinos en las lagunas. El azul intenso del cielo, que por la noche despliega toda su luz con la Vía Láctea. En definitiva paisajes surrealistas.

Como colofón, la ruta acaba en el Salar de Uyuni, el salar más grande del mundo con sus doce mil kilómetros cuadrados de desierto salino, creado según la leyenda indígena, a partir de las lágrimas del volcán Tunupa al sorprender a su marido, la montaña Cusco, con otra. Lugar único en el mundo donde no se distingue el principio del fin y donde todo brilla con fuerza. Pasear por la Isla Pescado es una experiencia inolvidable en donde al admirar esta belleza infinita, te sientes diminuto.

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Vicuñas

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Lee el capítulo anterior:

Atardece en el Valle de la Luna

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Tras sentir la libertad bajo los pies, oyendo esa música inspiradora, admirando la belleza de la Pachamama, observamos como el paisaje va cambiando de color conforme baja el sol, de los naranjas, a los rosas y después a los morados…me emociono. 

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Lee el siguiente capítulo:

Potosí: la ciudad de plata

IMGP2904 “Vale un Potosí”- dijo Don Quijote de la Mancha…Era una de las ciudades más grandes y más ricas del mundo, ahora su gente lucha por subsistir. 

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Un viaje inesperado para reinventarse. 14 mil kilómetros. 11 países. Una meta. Dos amigos. Mi viaje comenzó mucho antes, cuando llegué a Chile en busca de trabajo como piloto, lo cual no resultó y desembocó en la experiencia más importante de mi vida. Vine para cumplir un sueño, acabaré cumpliendo otro.
Todos los martes en www.oddcatrina.com

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