Mineros en su tiempo de descanso afuera de la Mina de Cerro Rico. Foto: Francisco González utilizada bajo una licencia de Atribución de Creative Commons

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El Cerro Rico custodia Potosí. Es el que le dio su esplendor cuando los españoles encontraron en sus entrañas una fuente “interminable” de plata hace más de 300 años.

Hoy, Ricardo y yo vamos a formar parte de los quince mil mineros que trabajan a destajo en estas explotaciones buscando los restos que dejaron los conquistadores. Los mineros trabajan en cooperativas, el equipo corre por su cuenta, no tienen seguros y sólo ganan dinero si encuentran mineral y lo venden.

Antes de partir hacia la mina, nos dejan un pantalón y una chaqueta, el casco con la luz y unas botas de minero. También tenemos que llevar una bandana a modo de protector, puesto que en el interior hay polvo y se hace difícil respirar. La silicosis es la conocida enfermedad del minero y está bandana se supone que “los protege”.

Una vez listos con el equipo, vamos al mercado del minero que se encuentra en la zona alta de la ciudad. Aquí es donde ellos compran todo lo necesario para trabajar. Nosotros compramos a modo de regalo agua, que es un bien preciado en el tajo, hojas de coca, que es lo que les mantiene con energía y les hace sobrellevar el duro trabajo, y explosivos que obviamente lo utilizan para extraer el mineral.

Oscar, nuestro minero-guía, nos ofrece un trago de alcohol puro ¡de 96 grados!, y hacemos una ofrenda a la Pachamama y al Tío de la mina para que nos protejan. En el interior Dios no existe.

Al llegar a la mina la emoción se apodera de nosotros, una vagoneta pasa antes que nosotros con dos mineros encima, tras ellos vamos a paso firme adentrándonos por el túnel hacia las profundidades del Cerro Rico. Conforme avanzamos el aire se enrarece, y tiene un olor peculiar. De repente me doy cuenta que llevamos ya tiempo caminando, a veces agachados otras directamente a gatas y es cuando el corazón se acelera y piensas si ha sido una buena idea entrar en una mina en Bolivia, con todos los riesgos que eso conlleva. No es una atracción turística, es simplemente la vida real.

Descendemos hasta el cuarto nivel, donde hay temperaturas de hasta 65º; el aire se torna frágil y se hace difícil respirar, es aquí donde ayudamos al primer grupo de mineros a palear una de las extracciones. Es realmente agotador.

Después seguimos adelante y tenemos que sacar una volqueta entera de material, a cada palada se hace más difícil y sudamos muchísimo. Por último, visitamos al Tio de la mina, una especie de figura demoniaca que surgió con los primeros indígenas que aquí trabajaron, el Tio es el que proteje al minero y el que le da fuerza para sobrellevar este trabajo inhumano y esclavo. Tio viene de Dios en Quechua, así que basicamente es su dios dentro de la mina.

Conforme vamos saliendo, una brisa fresca nos golpea la cara, al final del túnel una luz, y ahí está de nuevo la vida. Dejamos atrás la oscuridad y los peligros de la mina, estamos exhaustos, pero felices de haber vivido una experiencia tan intensa y única que yo jamás volveré a repetir.

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Lee el capítulo anterior:

Potosí: la ciudad de plata

IMGP2904 “Vale un Potosí”- dijo Don Quijote de la Mancha…Era una de las ciudades más grandes y más ricas del mundo, ahora su gente lucha por subsistir. 

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Un viaje inesperado para reinventarse. 14 mil kilómetros. 11 países. Una meta. Dos amigos. Mi viaje comenzó mucho antes, cuando llegué a Chile en busca de trabajo como piloto, lo cual no resultó y desembocó en la experiencia más importante de mi vida. Vine para cumplir un sueño, acabaré cumpliendo otro.
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