Fotografía: Mandiberg. Utilizada bajo una licencia de Atribución de Creative Commons

No quiero que parezca dramático, pero dejar el gluten realmente cambió mi vida. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer: iba hace tres años en el coche con mi mamá, quien me insistía preocupada que debía aceptar hacerme una endoscopia, pues mis malestares estomacales ya eran diarios y fuertes. Todos los días después de comer me iba al sillón más cercano de la cocina a “reposar” mi comida, hábito que ya consideraba natural.

A los pocos días de esto, llegó mi hermana de visita para las vacaciones y me contó de un artículo que había leído sobre la intolerancia al Gluten, en ese momento ¡Ni siquiera sabía lo qué era el gluten! Pero lo importante era que parecía tener la mayoría de los síntomas que venían en el artículo: malestares estomacales diarios y especialmente inflamación.

Ante tan claro mensaje, me animé a hacer la prueba de buscar qué tenía gluten y dejarlo de comer por unas semanas. Fue difícil, pues resultó que mucho más de lo que yo creía tenía gluten, como los cereales, dulces, sopas de pasta, pizza, pan dulce, cerveza, entre otros.

Me preocupaba que tuviera que dejar todas estas cosas; esperaba que no fuera a funcionar, pero funcionó. A las dos semanas comencé a notar cambios, menos “reposos” de comida, por ejemplo. Después hice la prueba contraria e intenté comerme un paquete de galletas de las que antes solía comer todos los días. Llevaba apenas cuatro cuando aquella molesta inflamación me invadió.

Esta prueba la repetí con otras galletas o panes como cinco veces cada dos o tres semanas de no comer gluten. El miedo de que fuera cierto fue disminuyendo al ver que me sentía cada vez mejor, con más energía, mejor humor por no tener dolores y por supuesto: sin malestares estomacales. Otro efecto que creo colateral fue que dejé de sufrir de gastritis y colitis, dos males que me habían aquejado toda la vida. El cuerpo es un sistema y si una parte se ve afectada todo funciona distinto. Ante esto supe que era oficial: tenía la enfermedad celíaca, que hasta hace tres años en México aún muchos la creían psicológica o falsa.

Poco a poco empecé a entender más sobre mi sistema, a escucharlo, a conocer mis síntomas o las señales de mi cuerpo. Durante un tiempo incluso desprecié al gluten, como si hubiera tenido un resentimiento hacia él. Aunque esto ya lo superé, sin duda me ayudó a acostumbrarme a no comer nada, ¡Absolutamente nada!, con gluten.

Los beneficios en mi cuerpo y en mi vida fueron muchos más. Al dejar el pan me di cuenta de que el trigo es algo que comemos en exceso y es bien dicho que todo exceso es malo. Haber tenido que dejar lo que prácticamente comía diario me abrió las puertas a una gran cantidad de ingredientes y comidas más completas.

Al principio comía siempre arroz o maíz, pero poco a poco mi menú se expandió, supe que el sorgo es también de consumo humano y es muy saludable. Creo que incluso la falta del pan me llevó a comer más verduras. Hoy me siento feliz por ser una experta en gluten, basta con una miradita a las etiquetas de ingredientes para saber si lo contiene o no. Además de que cada vez existen más productos Gluten Free en el mercado.

Cada día, llegan más y más productos a México que ayudan a celíacos como yo a sentirse mejor, así como investigaciones sobre el tema que dos años atrás no existían.

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