Fotos: Pilar Gómez. Haworth, la aldea en la que vivieron Emily Brontë y sus hermanas, y alrededores, 2012.

“Be with me always – take any form – drive me mad! only do not leave me in this abyss, where I cannot find you! Oh, God! it is unutterable! I can not live without my life! I can not live without my soul!” *

Heathcliff, en Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas, apareció en librerías por primera vez en 1847, e invitó inmediatamente al desprecio de sus críticos y la ira del público victoriano. Criticaban la violencia, la aspereza y los tintes heréticos que su autora, Emily Brontë, había impreso involuntariamente en la  novela. La fuerza con la que trata temas de pasión y violencia ofendieron irrevocablemente a la sociedad que la recibió. No fue hasta finales del siglo XIX y principios del XX que la crítica vuelve a considerar la novela y la eleva a su estatus actual de clásico literario.

Los héroes principales de Cumbres Borrascosas, Cathy y Heathcliff, han entrado al imaginario popular como una de las parejas más emblemáticas de la historia de la literatura: se les coloca y admira junto a Romeo y Julieta y Mr. Darcy y Elizabeth Bennet. Los ridículos protagonistas de la serie de vampiros Twilight se deleitan imaginando que su historia de amor es como la de Cathy y Heathcliff. Resulta sencillo fingir que la novela es una de las más grandes historias de amor jamás contadas.

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Pero ¿qué se hace cuando los emblemáticos amantes son más villanos que héroes y su historia es una que combina indiscriminadamente el amor y el egoísmo, el odio y el deseo?.

Cumbres Borrascosas no es una novela de amor. La narradora es una sirvienta y el relato es para oídos de un extraño curioso. Cathy y Heathcliff no son los héroes, y aunque su historia está el núcleo de la novela, ésta no sigue el esquema encuentro-amor-matrimonio feliz que esperaríamos de una obra de Jane Austen. Cumbres Borrascosas es un apasionante y excéntrico retrato de dicotomías y contradicciones: amor/odio, Heatchliff/Linton, deseo/muerte, Wuthering Heights/Thrushcross Grange, naturaleza/cultura, Cathy/Isabella, racional/irracional.

Cathy y Heathcliff están en el centro del  juego de dicotomías de la autora: presentan una unidad compuesta –son lo mismo, crecieron juntos, pertenecen a la misma casa– pero su amor se ve fraguado por una lucha de contrarios, entre amor y muerte, racionalidad y locura. Como el resto de los habitantes de la casa Wuthering Heights (Hindley y su hijo Hareton), Cathy y Heathcliff, se caracterizan por su afinidad con la naturaleza salvaje, sus temperamentos impulsivos y violentos y su rechazo tanto de la educación como de la religión. Representan a la naturaleza o en el lenguaje de la psique freudiana: “el ello”.

Los nombres de estos personajes (Hareton, Hindley, Heathcliff y Catherine), hace notar la crítica Stevie Davies, reciclan letras de las palabras “tierra, brezo, hogar, corazón “(en inglés earth, heath, hearth, heart)  Estas palabras apuntan a la naturaleza de los Earnshaw y la parte de la psique freudiana que representan: lo natural, los instintos orgánicos, lo irracional y el amor.

En su Esquema del Psicoanálisis, Freud precisa que el ello contiene “todo lo heredado, lo innato, lo constitucionalmente establecido; es decir, sobre todo, los instintos originados en la organización somática” (Freud, 21). Entonces, el ello es, aquello que conforma originalmente la naturaleza del hombre. Sin embargo, puesto que el hombre se encuentra bajo la influencia del mundo exterior, dice Freud “una parte del ello ha experimentado una transformación particular”, se desarrolla un nuevo sector de la vida psíquica que ha de funcionar como “mediadora entre el ello y el mundo exterior”, el yo.

Tal como lo presenta Freud, pareciera que la existencia del yo se debe primordialmente a que el hombre no es un ser aislado sino que está en contacto perpetuo con la sociedad del mundo exterior. Es por ello que Cumbres Borrascosas resulta un análisis tan interesante de la naturaleza humana: pareciera que, puesto que los personajes que habitan Wuthering Heights están completamente aislados de la sociedad y del mundo exterior, pueden dar rienda suelta a los deseos orgánicos del ello sin necesidad de la mediación del yo.

En su infancia, Cathy y Heathcliff son mejores amigos. Corren libres y salvajes por los páramos, le hacen burlas al cura que viene a enseñarles a leer y prefieren el juego a estudiar sus Biblias en una tarde lluviosa. En la ausencia de un yo mediador, dan rienda suelta a sus instintos naturales, que se vuelven necesarios; que los dominan.

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Freud determina que los instintos orgánicos básicos contenidos en el ello son dos: el eros, o instinto de amor y el instinto de destrucción o thanatos.

En la novela, el instinto del eros encuentra su representación en Cathy, la caprichosa y egoísta “heroína” que sigue los caprichos de su voluntad según le convenga o parezca propicio. Este egoísmo denota la fuerza de su instinto de autoconservación y su amor yoico: acepta, por ejemplo, casarse con el acaudalado Edgar Linton puesto que hacerlo le traerá una posición más cómoda que casarse con el áspero Heathcliff, aunque admite que ama más a éste último. Más interesante que este comportamiento caprichoso sin embargo es su famosa afirmación de porqué ama a Heathcliff:

(Heathcliff) jamás sabrá como lo amo: y eso, no porque es guapo, Nelly, pero porque es más “yo” de lo que lo soy yo. De lo que sea que estén hechas nuestras almas, la de él y la mía son lo mismo; y la de Linton es tan diferente como lo es un rayo de luna de un relámpago o el hielo del fuego.

Cathy ama a Heathcliff porque se contempla a sí misma en él, porque le parece que son la misma cosa. Freud propone que el instinto contrario, el de muerte, se ajusta a la fórmula según la cual “todo instinto persigue el retorno a un estado anterior.” (Freud, 32) El “amor” de Cathy y Heathcliff sigue una formula parecida: hubo una unidad previa que fue destruida y ahora los amantes tienden hacia una nueva unión de manera necesaria.

Cathy y Heathcliff se aman por necesidad instintiva, no por razones racionales, sociales, sentimentales. Esto denota la fuerza del instinto del eros entre los personajes de la casa Wuthering Heights. Le dice Cathy a Nelly, la narradora:

Mi amor por Linton es como el follaje en el bosque: el tiempo lo cambiará, estoy consciente, al igual que el invierno cambia a los árboles. Mi amor por Heathcliff se asemeja a las rocas eternas que están debajo: una fuente de poca alegría visible, pero necesaria. Nelly, ¡soy Heathcliff!

El instinto de muerte o thanatos por otro lado se encuentra perfectamente ejemplificado por Heathcliff, a quien la misma Cathy describe como “Una criatura sin rescate, sin refinamiento, sin cultivo: un desierto árido de aulaga y roca”.

Además del instintivo deseo de unirse a Cathy, el principal impulso que mueve las acciones de Heathcliff es buscar la destrucción de aquellos que le han hecho el mal. Heathcliff vive y maquina para vengarse de Hindley, el hermano mayor de Cathy, por haberlo degradado y humillado tras la muerte de su padre (quien había adoptado a Heathcliff). Nelly, la narradora, le aconseja dejar el castigo de los injustos en manos de Dios y éste exclama:

“No, Dios no tendrá la satisfacción que tendré yo. ¡Sólo desearía saber cual es la mejor manera! Déjame solo y lo planearé: cuando pienso en eso no siento dolor”.

El instinto de destrucción es tan fuerte en Heathcliff que sólo puede ser feliz, o no sentir dolor, cuando piensa en la muerte de sus enemigos. Cuando ve frustrado su instinto del eros, pues piensa que la unión con Cathy es imposible, su salida es darle rienda suelta al instinto del thanatos e incluirse entre sus enemigos:

Escuché de tu boda, Cathy, hace poco tiempo; y mientras esperaba abajo en tu patio, medité el siguiente plan- atisbar un vistazo de tu rostro: una mirada de sorpresa, tal vez, y placer fingido; después, resolver mis cuentas con Hindley y luego evitar a la ley ejecutándome a mí mismo.

Acerca de esta combinación de instintos dice Freud, “En las funciones biológicas ambos instintos básicos se antagonizan o combinan entre sí. […] Un exceso de agresividad sexual basta para convertir al amante en un asesino perverso, mientras que una profunda atenuación del factor agresivo lo convierte en tímido o impotente” (Freud, 33)

Esta afirmación se encuentra ejemplificada en la novela en el último encuentro entre Cathy y Heathcliff, antes de que ella muera. Un ambiente de desesperación permea la escena y ambos instintos se confunden en las expresiones de los amantes, que tanto quieren estar unidos para siempre como que el otro sufra por la separación inminente. Cathy dice: “¡Me gustaría poder abrazarte hasta que estuviéramos muertos los dos! No me importaría lo que sufrieras. No me importan nada tus sufrimientos. ¿Porqué no habrías de sufrir? ¡Yo lo hago!”

El mundo que se construyen los famosos amantes de la novela, el mundo de la casa Wuthering Heights, es un mundo de voluntades obstinadas e instintos salvajes que dejan de lado la racionalidad y otras cualidades humanas básicas. La muerte de Cathy no anula el deseo de Heathcliff, y en uno de los pasajes más perturbadores y emblemáticos de la literatura inglesa desentierra y violenta su ataúd con tal de poder abrazarla una vez más. Los deseos de Cathy no anulan su muerte tampoco, y parte de la tierra habiendo destruido a los dos hombres que amaba.

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Buscando las tumbas de las hermanas Brontë en el tétrico cementerio de Haworth (para luego darme cuenta que se encontraban dentro de la iglesia, cerrada por las fiestas navideñas).

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