Foto: Hartman Wardani via unsplash.com

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Los más recientes ataques de ISIS en distintos países han desatado nuevas erupciones de islamofobia en occidente. Los atentados terroristas en París por si solos bastaron para que diferentes países europeos reconsideraran sus políticas de admisión de refugiados sirios y para que toda clase de medio de comunicación irrumpiera una vez más en consideraciones respecto de los peligros y amenazas del Islam como visto como una unidad homogénea.

La aversión  contemporánea al Islam no es nada nuevo y  desde luego que no es sorprendente: Europa ha vivido en terror de la invasión de los seguidores de Mahoma por ya varias décadas  y no deja de contagiarle el miedo a otras comunidades (recuerdo que en secundaria me pasaron en clase un ridículo y sensacionalista video que detallaba los peligros que presentaba la inmigración musulmana a la cristiandad europea).

Las reacciones sociales y las políticas públicas en las que se presenta esta aversión y desconfianza al Islam admiten un millar de matices y consideraciones particulares. Pero en el fondo, me parece, provienen de un solo miedo, del único miedo: el miedo al diferente, al desconocido, al otro.

En Estados Unidos, un precandidato a la presidencia sugirió que deberían admitirse al país solo aquellos refugiados sirios que fuesen cristianos. En otras palabras apeló a que se admitieran aquellos que son conocidos, similares, como él: rechaza casi instintivamente lo diferente.

¿Pero por qué le tenemos tanta aversión a lo desconocido? ¿Por qué huimos de lo diferente?¿Cuál es el origen de que nos aterrorice el encuentro con el otro?

Pregunta difícil de preguntar… aún más difícil de contestar. Si creemos que, en términos de la conciencia humana, en el principio está el YO (como esa unidad perfecta y completa  que es lo primero que conozco), mi encuentro con el OTRO (el no-yo) resulta una angustiante situación. Me doy cuenta de que no solo soy yo-uno solo, entero y conocido- sino que hay muchos, diferentes y desconocidos.

Según plantea Hegel, uno de los principales filósofos alemanes del siglo XIX, en realidad este estado primigeno de autoconocimiento y autoconfianza es imposible: no me conozco ni estoy seguro de quien soy hasta que me encuentro con el otro. El enfrentamiento con el otro, el no-yo, es necesario e inevitable.

Sólo puedo estar seguro de que existo y que soy humano si entablo relación con el otro, aquel que no soy yo.  Y el deseo de que ese otro de me reconozca es lo que abre paso a la  experiencia humana.

Necesito el reconocimiento del otro: necesito que me confirme que soy alguien y no algo, sujeto y no objeto. Que el otro no me vea como una cosa (para ser usada, consumida, destruida) sino una persona. El problema es que aunque deseo que me reconozcan no tengo ningún deseo de reconocer de regreso. Exijo todo del otro y no estoy dispuesto a dar nada. Lucharemos a la muerte hasta que uno termine siendo el reconocido y el otro el reconocedor: uno el amo, el otro el esclavo.

Podemos trazar fáciles paralelos con situaciones políticas contemporáneas: de ahí que occidente le rehuya al encuentro con aquello que sabe que es diferente: le aterra esa lucha de vida o muerte que teoriza Hegel. No quiere renunciar al reconocimiento, no quiere terminar siendo el esclavo. Lo mismo se puede decir de los estadounidenses blancos frente a la cultura negra, de los heterosexuales frente a los homosexuales, los hombres frente a las mujeres…

La cuestión es que occidente e islam no son el “yo” y “el otro”. Los musulmanes NO son radicalmente diferentes a los europeos, estadounidenses o latinoamericanos. Los blancos no son enteramente distintos de los negros ni las mujeres de los hombres. Todos somos individuos atados irrevocablemente a una misma humanidad: la alteridad es meramente accidental.

El miedo del otro, me parece, se deja de lado en el momento en que dejamos de diluir todo en generalidades. Cuando en lugar de ver a las personas como miembros de un conglomerado ajeno a nosotros, las vemos como eso: personas. El miedo al otro se pierde cuando nos encontramos entre particulares y nos damos cuenta no de lo que nos separa: sino de lo que nos conecta.

“El Islam” como grupo que representa ese temido “otro”, por ejemplo, incluye a una joven estudiante de filosofía, como yo; a un aficionado de la comida, como tú; a una amante de la moda, como ella. Tal vez compartimos esas pequeñas cosas que componen nuestro día a día: vemos Friends, utilizamos Snapchat y creemos que las mejores papas fritas son las de McDonalds. Tal vez compartimos mayores inquietudes, las mismas preguntas, los mismos sueños.

En el encuentro entre particulares dejamos de asociar  la diferencia con la maldad. Nos reconocemos mutuamente. Reconocemos la humanidad que compartimos.

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