Que si no es igual de cosmopolita que Nueva York, que si no es tan importante como Washington, ni tan fiestera como Los Ángeles… Digan lo que digan, Boston seguirá siendo el mejor cuadro otoñal de los Estados Unidos. He dicho.

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Porque en este viaje descubrí qué es el otoño de verdad. Esos paisajes pintados para el deleite de los turistas. Esos lagos que reflejan una ciudad de ladrillos rojos. Ese clima que te invita a ponerte un abrigo por gusto y no por necesidad.

¿Y qué es lo que se hace en Boston? Pues lo que hice yo: caminé todas las calles no sabiendo si mirar al horizonte o a la gama de colores que daban las hojas caídas en combate por la acera; probé, a riesgo de mi propia salud, todas las Clam Chowder que se cruzaban en mi camino (llegué al punto de preguntar en el 7eleven si ahí también la tenían); esperé una fila de tres horas para entrar al mejor restaurante de langosta de la ciudad solo conocido por los locales: el Neptun Oyster; me senté en la escalinata de la biblioteca de Harvard y me prometí volver siendo una estudiante solo para poder entrar a ese edificio.

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Seguí la linea roja en el Downtown pensando que es el mejor invento para turistas con una incapacidad de ubicarse en el globo terráqueo…como yo; probé el mejor vino blanco Pinot Grigio y he considerado llevarlo en mi botella de agua por el aeropuerto a riesgo que me impidan la entrada por llevar más de 110ml, -malditas reglas aeroportuarias-; me sorprendí por todas las opciones Gluten free que tiene esta ciudad; tomé unas copas en el bar donde se creó Facebook y me chocó el hecho que no tuvieran Wifi solo para conectarme y sentirme especial; unos amigos (Polock, Monet, Van Gogh, Cezanne, Rembrandt) me invitaron a su casa y pude ver sus obras colgadas en la pared en el Museum of Fine Arts; recorrí el estadio Fenway y entendí un poco el por qué del orgullo bostoniano de su equipo de béisbol los Red Sox; tomé una clase en Harvard solo para ver si habría un poco de neuronas subnormales tiradas por ahí para volverme más lista.

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Caminé todo MIT con la esperanza que la habilidad tecnológica y la matemática se transmitiera por ósmosis; conocí a gente increíblemente preparada que con un poco de suerte regresarán a México y nos ayudarán a poner el barco otra vez en alta mar; descubrí mi vocación de guía turístico en el Boston Duck tours y quise quedarme a trabajar ahí con ellos a pesar de no saber nada de la ciudad; casi se me pegó la cultura running al ver a todos esos jóvenes corriendo por las calles a todas horas; me sorprendió la incapacidad de sentir frío de los extraterrestres con turbo termostato que se hacen llamar bostonianos; rompí esquemas mentales al conocer la ciudad con la gente más amable que existe; navegué el río Charles teniendo la voz de Frank Sinatra por compañía y afirmando mi teoría sobre la diferencia entre la vida real y la de una película es un buen soundtrack de fondo.

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En fin, me enamoré del Boston otoñal, que según dicen, es el mejor. En un futuro me gustaría conocer el primaveral, pero estoy segura que esa será otra historia y otra canción…

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