No se puede vivir la muerte, pero la muerte sí puede vivir.

Era de madrugada y me dirigía a Pátzcuaro. Estaba agotado, pues es imposible concebir el sueño en un camión. Cerré los ojos intentando descansar hasta que el brusco frenón del camión me despertó. Vi mi reloj, eran las siete de la mañana del 1ro de noviembre y me encontraba en las angostas calles del pueblo michoacano. Al bajarme fui directo a una tienda de servicio para comprarme un café.

Empecé a caminar por las calles y el primer edificio que me hizo sacar la cámara fue El Sagrario, no soy arquitecto ni nada por el estilo, pero mi instinto me decía que era uno de los atractivos más bellos del lugar. Trataba de no entretenerme mucho, ya que tenía sólo un día para conocer todo lo que me fuera posible.

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Toda la ciudad estaba preparada para recibir el día de muertos. El olor de la flor de cempasúchil invadía todo el pueblo y era lo único que mi olfato podía percibir. El papel maché flotaba sobre las calles jugando con el viento. Los habitantes empezaban a salir de sus casas y montaban sus puestos. Me paré en unas tortas para desayunar y esperar a que el camión saliera. Nos llevaría al muelle para ir a la Isla de Janitzio.

Janitzio

014M6958Al llegar, vi aquellas canoas, típicas de la región, flotando en el lago donde los pescadores lanzaban sus grandes redes circulares tratando de conseguir un buen número de pescados. “No entiendo cómo nunca se me había ocurrido venir” pensaba. La primera impresión que tuve, y supongo la de todos los que me acompañaban, fue provocada por la estatua que se encuentra en la parte más alta y céntrica de la isla. -El monumento a José María Morelos- decía mi amigo. Suponía que al bajar sería lo primero en visitar, pero no, en vez fuimos al cementerio . La entrada del lugar me impresionó: predominaba el color naranja en las lápidas, de las cuales había enormes, medianas, chicas, pero ninguna sin adornar. Paseábamos por el laberinto de lápidas y veía como la gente se esmeraba en adornarlas, poniendo ofrendas de todo tipo. -El verdadero día de muertos ante los ojos- pensaba como título para la fotografía que acababa de tomar. 014M7143

—Si ahorita les resulta hermoso, vengan en la noche para que vean que esto no es nada—me dijo una mujer. Voltee para sonreírle, pero ella seguía con su trabajo, decorando su lápida. Nos quedamos paseando hasta que nos dieron las tres de la tarde. Le dije a mi amigo que fuéramos a comer a un lugar. Salimos del cementerio y nos adentramos de nuevo a la ciudad para dar con un restaurante de comida tradicional del lugar. Al terminar nos regresamos a Pátzcuaro para alcanzar el camión que nos llevaría a Tzintzuntzan.

Tzintzuntzan

Por un lado el sol descendía y por el otro se dejaba ver la luna. El atardecer iluminaba con sus diferentes tonalidades el lente de mi cámara. Vi la imagen que había capturado: la superficie de la foto era el lago y las curvaturas de las montañas, donde el sol escondía la mitad de su cara; le seguía el cielo con sus diferentes tonalidades, un naranja fuerte volviéndose más claro hasta dar con el azul; las nubes de un color entre anaranjado y blanco. Era un momento inigualable.

014M9686Las farolas de las calles de Tzintzuntzan ya estaban prendidas, pero aún no obscurecía. Alcanzamos a ver con un poco de luz del día las ruinas que se encuentran ahí. Es un pueblo de pocas casas y uno no lo sabe por el simple hecho de verlo, sino porque se escuchaba un silencio profundo y se respiraba con tranquilidad.   El sol se fue sin que me diera cuenta siquiera. Los pobladores y los pocos turistas que estábamos nos reunimos en el cementerio. Las únicas luces que nos mostraban el camino y que iluminaban nuestro entorno eran las muchas velas colocadas sobre las lápidas. Pensé en lo que había dicho la mujer del cementerio de Janitzio, sin lugar a dudas de noche se disfrutaba más el paisaje y el ambiente del día de muertos. -Vámonos- me dijo mi amigo  -A Santa Fe, ya es lo último-. Así que nos pusimos en marcha.

Santa Fe

Al llegar, concluí que todos los lugares a los que había ido celebran de manera distinta este día, a pesar de que se encuentran a pocos kilómetros de distancia. Tan corta fue la ruta y tan diversas fueron las experiencias, que me di cuenta de las cosas que puede esconder México. 014M7209

—Bienvenidos a Santa Fe— nos dijo una señora muy amable —¿No gustan pasar a ver el altar de la familia y echarse un tamalito?- Accedimos, pasamos a las casa y nos sentaron en unas sillas de mimbre enfrente del altar.

—¿Es la primera vez que vienen a Santa Fe?—nos preguntó la señora al entregarnos un plato con un tamal y un vaso con atole. —Sí señora, y a Michoacán—contesté. —Pues miren, ahorita se festeja el día de muertos y los pobladores abren sus casas para que los turistas entren, les ofrecen comida, champurrado o atole. Así que apúrenle, denme sus platos y vayan a ver más altares-.Le dimos las gracias y ella nos abrazó para desearnos suerte.

Seguimos caminando y entrando a casas. Salí con 3 kilos más de peso, pues era imposible decirles que no a la gente, tan generosa y amable.

014M7083Ya agotados, decidimos que visitaríamos una última casa antes de regresar a Pátzcuaro a descansar: —Señor ¿Le puedo preguntar algo? —Sí claro, dime. —¿Quién es el que está en la foto de su altar? —Es mi hijo, murió el año pasado, se cayó del caballo y le pisó la cara. —Cállate güey, no mames— me dijo mi amigo en voz baja. —Descuida, no hay ningún problema, no me molesta en nada- dijo el señor. Hubo un silencio incómodo, solo se escuchaba como masticábamos las tostadas que nos habían ofrecido. Me paré y me dirigí a la cocina, antes de entrar vi a la señora platicando con alguien, pero yo no veía con quién. La entrada de la cocina la había decorado con tiras de flor de cempasúchil, saqué mi cámara y la fotografíe. Al entrar a la cocina me di cuenta que solo estábamos la señora y yo. Me preguntaba a mi mismo con quién habría estado hablando la señora. Al regresar el señor y mi amigo seguían en la misma posición. 014M7128

—¿Apoco creen que el ciclo de vida se acaba con la muerte? —preguntó el hombre. -Pues sí—contestó mi amigo tardándose un poco. —Están muy equivocados muchachos, la muerte es solo un acontecimiento de la vida. No se puede vivir la muerte, claro, pero la muerte sigue siendo vida ¿O no Juan?-

Al decirnos esto, desvío la mirada sobre nuestras cabezas como si observará algo. Ambos volteamos a ver si se encontraba algo o alguien, pero no había nada. Nos volteamos a ver, veía en los ojos de Mauricio, mi amigo, un gran nerviosismo. Tragué saliva y volteamos a ver al señor.

—Bueno señor, de verdad muchas gracias por invitarnos a pasar a su morada, pero ya nos retiramos— dijo Mauricio pausadamente. —Fue un placer—Contestó.

Nos dirigimos a la puerta de la casa y escuchamos sobre nuestras espaldas “La muerte sólo existe cuando el olvido la sepulta” volteamos para darle las gracias, pero no había nadie, el señor ya no estaba ni en la silla en la que se encontraba.

Este viaje fue el despertar de querer conocer más sobre mi país. Es mucha la cultura que tenemos pero es muy poco el interés. Estaba muy acostumbrado a decirle “Halloween” en vez de llamarle Día de Muertos, pedir dulces y hacer bromas en vez de visitar los altares y los panteones de la ciudad. Me he dado cuenta que un sector de la población festeja este día como lo hacen los norteamericanos, perdiendo así, la intención y el sentido de lo que en verdad se debe de festejar en México. No solo quiero, sino que también busco que ese interés atrape al mayor número de personas que sea posible.

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