Si escribiera que Itzel Ávila es una profesional de la construcción de instrumentos de cuerda me quedaría muy corta. Ella es una violinista profesional que buscando la perfección en la ejecución de su instrumento se convirtió en laudera. La laudería es un arte antiguo, muy refinado y difícil, pues de su precisión depende la capacidad de un instrumento para generar sonidos. Entre más virtuoso es un ejecutante, más necesita de un buen instrumento que emita las sutilezas sonoras que solo los grandes músicos pueden producir. Por eso hay instrumentos de cuerda que alcanzan un valor mayor a un millón de dólares en el mercado. En esta entrevista, ella nos narra su historia, cómo es su trabajo y cómo hace para compaginar su vida como violinista, laudera, maestra, madre de familia y, por si fuera poco, una buena fotógrafa aficionada, todas las fotos que presentamos aquí son tomadas por la misma Itzel.

Liz:   ¿Qué hace una laudera?

Itzel: Hace instrumentos de cuerda. Yo me especializo en violines, violas y violonchelos. Los hace desde que son un corte del tronco burdo de un árbol, hasta la última gota de barniz que se le aplica, incluyendo el barniz mismo. Un violín es, a la vez, una artesanía, una obra de arte, de ingeniería y de alquimia. Y algo importante: los instrumentos se hacen a mano. La fabricación de buenos instrumentos de cuerda no puede ser un proceso en serie o industrial. Una laudera, hoy día, sigue una tradición que se depuró a principios del siglo XVIII en Cremona, Italia, al producir instrumentos de una perfección acústica y ergonómica nunca antes conocidas. Yo diría que es una tradición sagrada. Ha habido muchos intentos de innovar en la construcción de violines en los laboratorios tecnológicos más sofisticados, utilizando materiales nuevos e inverosímiles. Nada ha logrado desplazar a una tecnología que no requería más que la luz de las velas y las herramientas adecuadas. Puede haber algunas variantes en las técnicas, según las diversas escuelas de construcción, pero lo fundamental no ha cambiado.

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Liz: ¿Cómo descubriste tu vocación de constructora de instrumentos musicales?

Itzel: Por necesidad. Yo tenía quince años y era estudiante de violín del Conservatorio de las Rosas de Morelia. El violín que tenía entonces funcionaba bien para empezar, pero según fui progresando en el repertorio de música, el instrumento ya no respondía a mis necesidades. Era muy frustrante tanto no poder avanzar adecuadamente en el estudio del violín por las limitaciones que me imponía mi instrumento mismo, como no tener el dinero necesario para comprarme uno mejor. Por aquellos años se establecieron en Morelia una pareja de lauderos recién desembarcados de Cremona, la Meca de la laudería. Un día los visité con la curiosidad de saber cuánto podía costar un violín hecho por ellos, y esa fue la llamada del destino. Desde que entré al taller y los vi manos a la obra, me quedé fascinada. Las herramientas, los instrumentos de medición, la madera, el ambiente… todo me fascinó. Ricardo Pérez y Anne Sylvie Raynaud, se llaman. Tengo muy viva la memoria de lo que me dijo Ricardo una de las muchas veces que fui a verlos hacer instrumentos: si no tienes dinero para comprarte un violín, vas a tener que intentar hacerte uno. Y eso mismo hice. Primero con ellos dos de manera paralela a mis estudios en el Conservatorio, y años después en el taller de Miguel Zenker de la UNAM. En 2002 me gradué de violinista en esa universidad interpretando ya en un instrumento que yo misma había hecho. Pero claro que la historia no terminó ahí. Al contrario, ahí empezaba, porque nunca más dejé de hacer violines, y tan importante se volvió para mí seguir perfeccionándome en su interpretación como en su construcción.

Liz: ¿Cómo aprendiste a ser laudera?

Itzel: La laudería tiene de artesanía el que se aprende haciéndola, no estudiándola. Por supuesto que es importante dominar una técnica muy precisa, muy compleja y muy rigurosa, y en ese proceso los mentores son esenciales. Yo tengo el privilegio de haber aprendido y de haberme perfeccionado con lauderos extraordinarios de calibre mundial. En la ciudad de Montreal, a la que me mudé gracias a una beca del gobierno de Quebec para hacer una maestría en violín, trabajé con Michelle Ashley, y en las ciudades de Cremona y de San Francisco con Francis Kuttner. En el campo de la arquetería, me formé con dos magníficos arqueteros, André Lavoye, en Montreal, y David Tamblyn, en Toronto. ¡Hay que andar de saltimbanqui para formarse bien en este oficio! Y, de hecho, nunca deja uno de hacerlo: en encuentros, congresos y exposiciones en los que participo cada año. En junio próximo, por ejemplo, voy a participar en el taller de verano de Oberlin de la Violin Society of America, en Estados Unidos. Es una suerte de retiro de lauderos profesionales de varias partes del mundo en el que todos hacen un instrumento, compartiendo experiencias y técnicas entre pares. También fue muy formativo para mí el haber trabajado varios años para Wilder & Davis de Montreal y The Sound Post de Toronto. Estos son los dos talleres más prestigiosos de Canadá y reciben constantemente instrumentos valiosísimos para reparación, restauración o ajuste. Eso fue formarse en el campo mismo de batalla, sin posibilidad de equivocarse una sola vez.

Mi trabajo de voluntariado también ha sido muy formativo, aunque en otro sentido, sobre todo el que hice en Cuba. En dos ocasiones estuve con un equipo internacional de lauderos voluntarios reparando cientos de instrumentos en unos cuantos días, a marchas forzadas y en condiciones precarias, pero con la satisfacción de convivir y conocer músicos y estudiantes con talento y entusiasmo pocas veces vistos. En Cuba tuve la oportunidad de recorrerla, además, como laudera residente de la Orquesta Sinfónica Radcliff de Harvard, en lo que fuera la primera gira por la isla de una orquesta estadounidense desde el embargo económico de 1960.

Todas estas experiencias me permitieron, poco a poco, lograr el arduo privilegio de la independencia y tener mi propio taller en Toronto, una ciudad de una inmensa actividad musical. Hoy día, trabajo exclusivamente por mi cuenta.

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Liz: ¿Cómo es el proceso para construir un instrumento musical?

Itzel: Un instrumento de cuerda tiene varias partes: la tapa, el fondo, las costillas, el mango y la cabeza, más los accesorios. Cada parte se tiene que esculpir de acuerdo a medidas sumamente precisas (en laudería, un milímetro o un gramo son excesos inconcebibles). A veces se suele pensar que la forma curva de la tapa y el fondo se obtienen con calor o por la tensión. Pero no es así: cada una es una pieza esculpida en esa forma a partir de un corte específico de un tronco de árbol (la tapa es de abeto y el fondo de arce, lo mismo que la cabeza y el puente. Las partes oscuras son de ébano). Se cava en ellas hasta lograr el espesor y la forma requeridos. Eso y la estructura interna del instrumento, le permiten no solamente tener las propiedades acústicas necesarias, sino también soportar la presión del puente que, una vez que las cuerdas están tensas, es de varios kilos. Por eso decía antes que el laudero también es un ingeniero: un violín afinado y sonando es un interesantísimo complejo de fuerzas en acción (tensión, compresión, brazo de palanca, etc.). Y decía también que es un alquimista por la preparación de los barnices y las soluciones para tratar la madera, que son únicos en cada caso y permiten un margen enorme de creatividad.

Hacer un violín o una viola me toma aproximadamente cuatro meses, más el tiempo que se lleven las numerosas capas de barniz. Algunos procesos de un violín se pueden empatar con los de otro, pero no todos, de manera que no deja de ser un oficio bastante artesanal. Un violonchelo me toma más o menos ocho meses.

Liz: ¿Qué recursos has desarrollado, como ser humano, para compaginar tu vida profesional con tu vida personal?

Itzel: Pues los recursos son diversos. Por un lado hace falta mucha disciplina y pasión por el oficio. Mucha paciencia, también. No es que uno sea o no perfeccionista: es que en la laudería no puedes no serlo. Un margen de error de medio milímetro puede hacer la diferencia entre un violín maravilloso y uno mediocre. También vivir en Canadá ayuda, porque el invierno, además de friísimo, es largo, y uno se siente muy bien  en un taller acogedor, con buena música y buen té.

También me ha ayudado mucho el ser músico yo misma, por dos motivos: primero, porque sé lo que los intérpretes buscan en los instrumentos de cuerda, y si bien  esto puede a veces diferir un poco de los cánones de la laudería, el estar de los dos lados del oficio me permite aventurarme un poco. Y segundo, porque toco en una orquesta sinfónica, doy clases, conozco otros profesores… tengo, en fin, una red de contactos y amigos en el medio que me ha ayudado muchísimo a establecerme y salir adelante.

Por otra parte, contrario a lo que suele pensarse, tener una familia puede ayudar mucho. Una aprende a organizarse y a aprovechar al máximo cada segundo de cada minuto de cada hora que uno puede dedicarle a esto. Esa capacidad de organización minuciosa normalmente no se adquiere cuando uno tiene todo un día por delante y un horario flexible. Cuando no tienes eso, sabes lo que vale un segundo y lo aprovechas.  Y como también disfruto mucho el tiempo que paso con mi familia, pues entonces tengo que organizarme todavía mejor para poder estar con todos. Y lo mismo digo de mis amigos y de mi pareja. Me gusta estar con ellos, me gusta salir a pasear, me gusta bailar salsa, me gusta ir a conciertos. Una aprende que, a pesar del dicho popular, sí hay tiempo para todo, sólo hay que saber organizarlo y apegarse bien a los planes. Procrastinar es una consecuencia de tener tiempo para hacer las cosas. Cuando no tienes tiempo, las haces y ya.

Y en cuanto a mi pareja… Mi esposo y yo estamos juntos desde que yo descubrí la laudería; desde que tenía quince años. Él es profesor de literatura en una universidad de Toronto, pero es también melómano y apasionado de la música. Nos hicimos juntos, al paso del tiempo. No tenemos fórmulas para esto: es simplemente que apoyarnos uno al otro en todo es lo que mejor vida nos ha dado, como pareja y como individuos. Apoyarnos para estar juntos pero también para ser independientes, para compartir la vida pero también para tener una propia, para construir un hogar y una familia pero también para salir, para cultivar amigos y relaciones significativas. Yo creo que la vida, tanto sus adversidades como sus fortunas, requieren un equipo, y eso es lo que somos mi pareja y yo. Por eso, lo que parece un éxito individual es en realidad un mérito compartido. Y para mí, compartir los bienes es lo más gratificante de tenerlos.

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