Foto: María Florine, utilizada bajo una licencia de Atribución de Creative Commons

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Llegamos a Ecuador a comienzos de septiembre en una mañana gris y húmeda con calor tropical. Salimos hace ocho horas de Máncora, dejamos atrás el Perú por el paso de Huaquillas y ahora estamos a escasos minutos de llegar a nuestra primera parada en este nuevo país, Guayaquil.

Ser parte de los Kittyle

En Guayaquil nos espera Cris (‘la China’), que vivió conmigo durante un tiempo en Santiago. Cris estudia ciencias políticas y es la típica ecuatoriana orgullosa de su país, por lo que fue, lo que es y sobretodo por lo que será.

Pero lo más importante de Cris es su gran corazón, su disposición para hacer feliz a la gente y su acogedora bienvenida. Nos recibe con cara de sueño en el terminal de buses (no es para menos son las 7.30 de la mañana de un domingo) y al vernos despliega su amplia sonrisa, esa que acompaña a sus característicos ojos rasgados, una que te hacen sentir en casa. Cargamos las mochilas en el ‘auto’ con la misma personalidad humana que la dueña y vamos para su casa.

La familia Kittyle vive en una de las muchas selectas urbanizaciones que se disponen a la otra parte del río Guayas, en Samborondón. Esta zona es una miniciudad en sí misma, de hecho mucha gente no pasa por Guayaquil en días o incluso semanas puesto que aquí, en este lado del río, tienen todo lo que necesitan. A mi parecer, viven en jaulas de oro pero es la única manera de estar tranquilos en una ciudad con bastantes problemas de seguridad.

Al ser domingo todos duermen hasta tarde y nosotros pasamos el tiempo hablando en la cocina sobre la situación del país y las curiosidades que encierra. De repente aparece Jessica, la madre de Cris, que nos recibe con la misma calidez que su hija y nos invita a que la acompañemos a desayunar “al lugar de los domingos”. Allí seguimos con la agradable conversación y disfrutamos de lo divertida y jovial que es esta mamá ecuatoriana.

Después volvemos casa a preparar la comida y aprendemos, entre risas, a cocinar un clásico ecuatoriano, los bolones de maduro. Los bolones de maduro, como su nombre indica, son unas bolas realizadas con plátano y rellenas de chicharrón de cerdo y queso. Hay que tener en cuenta que el plátano para ellos es el banano grande y no muy dulce. Lo que nosotros conocemos en España como plátano aquí se le llama guineo. Y ojo, porque el plátano, y no el guineo, puede ser verde, pintón (a medio camino entre verde y maduro) o maduro y según el guiso se utiliza uno u otro.

Se hace la hora de comer y llega el abuelo de la familia, ‘Papi Bello’, como ellos le llaman. Un entrañable doctor en leyes, ya jubilado hace años que se deshace en cariños con sus nietos y sus hijas. En cierto modo me recuerda a mi abuelo, con su aspecto apuesto, conversación animada y jovial y su humor socarrón, pero sobretodo por lo que significa en la familia. Brindamos con un licor ecuatoriano (muy parecido a la mistela) y nos da la bienvenida a su familia. Y es que en realidad el tiempo que estuvimos con los Kittyle fuimos uno más.

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Foto: María Florine, utilizada bajo una licencia de Atribución de Creative Commons

Guayaquil. Colorida y acogedora

Tras la comida llegan las tías a tomar café y jugar a las cartas. Nosotros nos vamos para la ciudad.

Guayaquil se encuentra al sur de Ecuador, a las orillas del Río Guayas. Tiene una población de 2 millones de habitantes que se esparcen entre los diferentes cantones.

Nos dirigimos al cerro Santa Ana en el barrio de Las Peñas, como su nombre indica se trata de una loma por donde trepan pintorescas casas de colores coronadas por una ermita y un faro que alumbra las noches guayaquileñas. Es aquí donde entre escaleras, faroles de forja, fachadas de colores y vegetación tropical encontramos a Estef y Priscila, amigas de China, realmente muy simpáticas y con las que pasamos buenísimos momentos durante nuestro paso por Guayaquil.

Guayaquil sorprende, se trata de una ciudad comprometida con promover la cultura y gracias a ello disfrutamos de una tarde de cuentos, de un concierto de jazz y de la presentación de la película ecuatoriana, El Pescador. Sorprende también el Parque de las Iguanas, en donde decenas de estos ejemplares campan a sus anchas entre las palomas y las personas que se acercan a descansar bajo la sombra de los árboles. Si te acercas a las orillas del río justo bajo el cerro Santa Ana encontrarás casas coloniales de entre los siglos XVIII y XIX, cada una de un color con sus molduras y contraventanas blancas en ellas se encuentran galerías de arte, restaurantes, bares y hoteles-boutique con vistas pausadas. En alguna ventana se aprecian arremolinados en un perchero los típicos sombreros Montecristi, confundidos erróneamente con los famosos Panamá.

El color de este barrio bohemio se puede palpar en cada esquina. Aguas abajo encontramos el afamado Malecón 2000, proyecto urbanístico que dio un giro de 180º a la fisonomía y forma de entender la ciudad. Se trata de un paseo que recorre las orillas del Guayas que comienza en un centro cultural a lo Maremagnum barcelonés. Si recorres el paseo de principio a fin, además de disfrutar de la agradable vista del río y su brisa húmeda y fresca podrás observar por tu derecha como la ciudad de Guayaquil discurre con sus preciosos edificios neoclásicos en perfecto estado de conservación y adornados con altas palmeras, para una calle más allá mostrarte el ajetreo de una calle con edificios y rascacielos de los 60 al más puro estilo neoyorkino, para un poquito más adelante toparte con la vida cotidiana más popular del lugar.

Montañita. Entre surfer y hortera

 

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Foto: María Florine, utilizada bajo una licencia de Atribución de Creative Commons

Tras unos días en Guayaquil vamos en busca de unos días de playa en Montañita. Esta población en su principio de tradición marinera, se ha convertido en uno de los destinos top para los jóvenes no sólo en Ecuador sino también en todo Sudamérica, de ahí la gran presencia, sobre todo de argentinos. Ahora se trata de un pueblo de cabañas de aire tropical, donde las cañas de bambú, la madera y los techos de hoja de palma son la regla general.

Todas las calles son una invitación a emborracharte o a bailar, es una especie de Ibiza pero con ambiente surfero. Este ambiente no es casualidad, la ola de derechas que rompe en su costa es de las mejores olas de la zona y por ello está repleto de surfers de todas las nacionalidades, y yo soy uno más de ellos.

Pasamos 4 días en un camping cercano a la playa, compartimos experiencias con todos los viajeros errantes que encontramos en este lugar, la mayoría vendedores de artesanía y de estilo de vida hippie. Los días transcurren entre mañanas de sol y surf aderezadas con batidos de guineo y ceviches de marisco, y tardes de mojitos en la calle de los cócteles que terminaban siempre en borrachera y discoteca playera.

Nos toca mal surf, para ser sinceros, ya que las olas no están del todo bien pero me permiten darle clases a Ricardo y además probar diferentes tipos de tablas. En todo caso, siempre es genial estar surfeando en el Pacífico en bañador y que lo único que te preocupe es que el viento on-shore  se despierte un poco más tarde.

No te pierdas el siguiente capítulo: 644220_10151160730536904_2034953296_n

La puerta del Amazonas

Un viaje por Sudamérica donde la selva amazónica está presente en casi la totalidad del continente y no pasar por ella no tenía mucho sentido. Así que en Ecuador nos adentramos en la masa verde de la selva más grande del mundo.

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Lee el capítulo anterior:

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Máncora: pausada y tropical

Los días pasan relajados en Máncora. Este pueblo costero del norte del Perú tiene un estilo de vida marcado por las mareas, las olas y los vientos. De repente el viento baja y la ola perfecta de izquierdas me invita a surfearla por última vez. 

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