Ilustración: Pilar Gómez

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En el imaginario popular, el hogar es un símbolo de lo familiar. Es el espacio que ocupa el centro de nuestra realidad; en donde nos podemos sentir seguros y felices. Y el hogar, durante gran parte la historia de la humanidad, ha estado asociado fuertemente con la figura de la mujer. El hogar es su reino.

El ideal de la mujer perfecta es la del “ama de casa”: ella ocupa el centro de la vida familiar, encargada de mantener la cohesión entre todos sus integrantes y de las tareas domésticas (las cuales sirven para conservar la vitalidad del hogar y su condición de habitable). Los ejemplos abundan en la ficción: desde Vesta, literalmente la diosa romana del fuego que da calor y vida a los hogares, hasta ejemplos contemporáneos como Alicia Florrick o Marge Simpson.

Quizás el mejor ejemplo de esta conexión entre la vitalidad de la mujer y la conservación del hogar nos lo da García Márquez en Cien años de soledad. Esta novela -la cual originalmente se iba a llamar La casa– relata el apogeo y declive de la familia Buendía.

Aquel que ya haya leído el libro, sin duda recordará primeramente a algún José Arcadio o Aureliano como el personaje principal, ya que son ellos los que más interactúan en el terreno público de Macondo. Sin embargo, de muchas maneras el personaje principal es Úrsula Iguarán, esposa del primer José Arcadio. Úrsula es el personaje que está más tiempo en la novela. La casa y el destino de los Buendía están firmemente ligados a su vitalidad. Al envejecer, el esplendor de la casa mengua. Es curioso como el auge de la familia Buendía se debe a su capacidad de reproducir con cada generación a un José Arcadio o Aureliano, hombres hechos y derechos que cumplen con su papel de proveedores. El declive, por el contrario, se debe a su incapacidad de producir más de una Úrsula, siendo el resto de las Buendía incapaces de tomar el rol de ama de casa o, mejor aún, “el alma de la casa”.

Es hasta finales del siglo XIX, con el fin de siecle y el movimiento New Woman, cuando el ideal del ama de casa comienza a ser cuestionado. La literatura jugó un papel importante como vehículo de esta crítica. Específicamente, el auge de las revistas  representó el  del cuento corto. Si la novela era el género ideal para el estudio psicológico y el desarrollo de personajes, el cuento corto era más efectivo para expresar ideas simples gracias a su brevedad, lo cual originó que fuera la forma literaria más usada para denunciar los problemas sociales de la época y, en específico, las desigualdades de género.

Es durante estos años que salen a la luz The Yellow Drawing Room de Mona Caird y The Yellow Wallpaper de Charlotte Perkins Gilman. En ambos casos, el amarillo, discordante con los parámetros de decoración de la época victoriana, es el color de la estancia en donde la libertad de la protagonista florece.

En The Yellow Drawing Room, Mona Caird nos presenta las dos posturas en conflicto en el argumento que sostienen Vanora y su pretendiente. El pretendiente, perdidamente enamorado de la vivacidad de Vanora, permanece horrorizado por su deseo de independencia. La casa, argumenta, es una prisión para la mujer, sí, pero una prisión cercada por los barrotes dorados del amor y el  deber. Vanora finalmente rechaza a su pretendiente, que no logra ver a la esposa como una persona, sino como una figura que sirve de sustento para la esfera doméstica.

Perkins, por el contrario, expone el tema a través de la trama del cuento mismo y, aunque esto le quite claridad a la denuncia, realza la brillantez de su quehacer literario y la sutileza proporciona una crítica más efectiva que  la que logra  Caird. El cuento comienza cuando la esposa de un médico es trasladada a una casa de verano para recuperarse de lo que su esposo califica de depresión nerviosa post-parto. El cuarto en el que permanece confinada está decorado por un tapiz amarillo. El tapiz es caótico, el patrón es irregular, está lleno de arañazos y, según la protagonista, desprende un olor hediondo.

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 Foto: matryosha via Foter.com / CC BY

Al principio, la protagonista se siente incómoda por permanecer en el cuarto del tapiz. Le pide a su esposo que la traslade de lugar: petición que el esposo desecha, al considerarla un síntoma más de su supuesta histeria. Poco a poco, la protagonista se maravilla con el tapiz, se pasa horas tratando de descifrar los distintos patrones que conforman el desorden mayor. Confinada por tanto tiempo, empieza a alucinar que el patrón está conformado por una mujer detrás de unos barrotes. El último día de su aislamiento, la protagonista se encierra con llave y trata de liberar a la mujer arrancando el tapiz de las paredes. Cuando su esposo entra con la llave, la encuentra arrastrándose alrededor del cuarto, tocando el tapiz y gritando: “soy libre al fin, a pesar de ti”. El esposo se desmaya, mientras la protagonista continúa arrastrándose alrededor de su cuerpo inerte.

El cuento ataca el tema del hogar por dos flancos. En primer lugar, el descenso a la locura de la protagonista sirve como crítica a las explicaciones fisiológicas de la época. El esposo, aunque amoroso, está cegado por su visión médica e interpreta la depresión de su esposa como algo anatómico y no como un problema del espíritu. El reclamo va en contra de las teorías científicas que surgieron como respuesta al feminismo de la época, las cuales trataban de explicar porque la mujer era un ser inferior al hombre y, por lo tanto, carecía de autodeterminación.

La autodeterminación corresponde a la segunda crítica del cuento. De nuevo, el color amarillo, disruptivo en la esfera doméstica, representa la liberación de la mujer. Al principio, la protagonista se siente horrorizada por la libertad, pero poco a poco se da cuenta que su depresión no proviene de un problema médico, sino por las reglas a las que debe de estar sujeta ahora  que es madre, representados por el subpatrón de los barrotes. Los diferentes patrones que encuentra a lo largo del relato representan el camino a la autodeterminación. El final, si bien es interpretado como su descenso a la locura, también significa su liberación de una vida que no  le ofrecía ni independencia ni libertad: una mujer libre no cabe en el modus vivendi victoriano.

La discordancia entre la vida doméstica y la plenitud de la mujer vuelve a aparecer en To Room Nineteen de Doris Lessing, unos 80 años después de ser tratado por vez primera por Caird y Perkins. Lessing comienza describiendo la vida de Susan y Matthew Rawlings, la pareja perfecta: se aman, se caen bien, son atentos el uno con el otro, etc. Sin embargo,  cuando Susan deja su trabajo, se percata de una vacuidad presente en la casa, la cual asume se debe a las tareas domésticas y al cuidado de sus hijos. Luego de una fiesta, Matthew le confiesa haberle sido infiel con una compañera del trabajo. Susan decide dejar atrás el tema, pero se siente irritada: no por la infidelidad en sí, sino porque ésta representa la libertad que tiene Matthew y que le falta a ella.

Luego de un tiempo, todos sus hijos entran a la escuela, por lo cual ahora tiene las mañanas libres. Sin embargo, se sigue sintiendo vacía. Está más irritable con sus hijos y su relación con Matthew se torna fría. Su espíritu está ineludiblemente ligado con la casa en la cual la vida de su esposo e hijos florece. Un día decide contratar a una niñera y escaparse por las mañanas al cuarto diecinueve de un hotel en la ciudad. En él, lo único que hace es sentarse, disfrutar de ella misma. El “alma de la casa” es ahora la niñera a la que contrató, por lo que puede escapar. El cuarto contiene el ser de Susan. Luego de unos meses, descubre que Matthew le ha pagado a un investigador para saber qué hace por las mañanas. Al enterarse de esto, el hechizo se pierde. Susan regresa al cuarto diecinueve a suicidarse, el único lugar donde ella pudo ser para sí misma.

Los tres relatos señalan un problema. El ama de casa, por más comodidades que goce, sigue siendo un ser ancilar, que no vive para sí misma, sino para su esposo e hijos. Hay personas (hombres y mujeres excepcionales) que gozan de interpretar este papel, pero para una mujer que quiera gozar de independencia puede tornarse en una existencia vacía, carente de sentido y de libertad. Es un rol necesario para el funcionar de nuestra sociedad, pero esto no significa que todas las mujeres deban tomarlo, ni que ningún hombre puedan participar de él. Los tres relatos ejemplifican cómo la literatura puede tener un propósito social: criticar las tradiciones e instituciones que son injustas con alguna parte de la población, hasta una tan universalmente aceptada como el ama de casa. Para la historia de los movimientos feministas, el disociar a la mujer del hogar representó uno de los primeros pasos en el largo camino -en el que seguimos avanzando- hacia la equidad de género.

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