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Leí Mujercitas de Louisa May Alcott por primera vez entre los diez y trece años, no recuerdo muy bien. Mi primera copia era una de esas ediciones de Porrúa ‘Sepan Cuantos…’ de doble columna, es decir una de esas travestías literarias. Años después me enteraría de lo terrible que era la traducción: nombres intercambiados, pedazos enteros suprimidos al gusto sádico del traductor y frases que perdían todo su humor en el intento de castellanizarlas. Pero a pesar de lo menguada que estaba la novela la amé indiscutiblemente y para siempre desde la primera lectura.

Es ese libro para mí. Y por más que lea novelas más experimentales, más “profundas”, más políticas, más recientes, siempre lo será. Es un libro que puedo abrir en cualquier capítulo y sumergirme inmediatamente. Al cual vuelvo cada que me siento triste, desilusionada o estresada. He descubierto que las pequeñas aventuras caseras de Amy, Beth, Meg, Laurie y Jo son el mejor remedio cuando extraño casa, cuando me siento inútil, cuando cuestiono todo. Hay una simplicidad  reconfortante en los haberes y quehaceres de estas cuatro hermanas y su mejor amigo.

Al igual que Jo en Mujercitas, Louisa May Alcott dedicó los primeros años de su carrera como escritora a escribir historias sensacionalistas de muy poca sustancia que pagaban muy bien. Escribió su obra maestra en un momento de nececidad, cuando un editor le recomendó escribir una historia para niñas. Sin pensarlo mucho, la autora tomó inspiración de sus propias aventuras infantiles y modeló a sus personajes a partir de sus hermanas y ella misma. Su hermana Abigail se convirtió en Amy, Lizzie en Beth, Anna en Meg y ella misma en Jo: la independiente e ingeniosa heroína que sin duda, es la razón por la los lectores se sigue enamorando de la novela.

Jo March es en todos los sentidos el polo opuesto de la heroína victoriana tradicional que es virtuosa, callada, débil y dulce. Jo (porque Josephine le parece demasiado romántico) es impetuosa, necia y temperamental, ama correr, escribir y estrechar la mano de la gente que conoce aun cuando su hermana Meg le recuerda que “ya no está de moda”. Su mal genio e impulsividad la meten en problemas más de una vez. Pero ésta es precisamente la razón por la que la admiramos: no es molestamente perfecta, comete errores y queda en ridículo, pero se levanta, se sobrepone; mejora.

Lo mismo se puede decir del resto de los personajes, Amy que es tan imperiosa como Jo, Meg que lucha contra su vanidad, y Laurie, brillante y simpático, pero arrogante y testarudo. Son personajes que se sienten reales, demasiado reales: sus caídas nos duelen, sus penas nos deprimen, sus enfados no contrarían. ¿Quién no se indigna profundamente junto con Jo cuando Amy quema su manuscrito? ¿Quién no llora la muerte de Beth? ¿Quién no lamenta hasta la fecha que Jo haya rechazado la propuesta de matrimonio de Laurie?

Mujercitas cuenta cosas sencillas: pequeñas ocurrencias de la vida diaria de cuatro hermanas y su vecino. Pero la sencillez de su trama oculta una profundidad y grandeza en una escala mucho más amplia: una preocupación genuina por resolver quién es el ser humano y cómo debe vivir su vida. Revela cómo son esas pequeñas cosas: las molestias de la cotidianidad, nuestras relaciones con hermanos, vecinos y amigos, las que hacen de la vida humana un asunto tan complejo, bello y emotivo.

Y por eso vuelvo a leer y releer las aventuras de Jo March y sus hermanas: son un pequeño rincón donde puedo descansar y retomar fuerzas  para enfrentar de nuevo esa confundida mezcla de decisiones que es mi vida.

¿Ustedes tienen algún libro al que vuelven cada que se sienten desorientados o tristes?

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