Fotos: Jacobo Casado

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Parque Nacional Machalillas. Playa de Los Frailes

Nuestro último día en la costa ecuatoriana lo pasamos con Cris y Dome que vienen a recogernos desde Guayaquil a Montañita para llevarnos a una playa virgen un poquito más al norte de Puerto López.

Hace una mañana de domingo animada en Montañita, todo el mundo sale a desayunar ceviche en los puestos de la calle porque se supone es lo mejor para el chuchaqui (la resaca), así que a ello vamos para retomar fuerzas y dirigirnos al destino de hoy.

A media mañana, con un día nublado aunque de calor aplastante ponemos rumbo al norte en Brian, el coche de Cris. La carretera transcurre entre aldeas de pescadores, bahías y tramos de densa selva verde con valles frondosos que acaban en playas solitarias, pasamos por poblaciones más importantes y turísticas como Puerto López y el paisaje se convierte en un bosque tropical seco, curioso es como cambia la estampa en pocos kilómetros.

La Playa de Los Frailes es una playa de arena blanca de aguas esmeraldas donde la vegetación llega casi a la orilla. No es la típica playa tropical de postal, no hay palmeras ni hace sol pero la bahía de media luna invita al relax y la reflexión.  Paseando en solitario llego a las calitas aledañas donde me siento a observar el vuelo silencioso de los pelícanos e intento ubicarme como un puntito en el mapa del mundo para luego sentirme diminuto ante la inmensidad del océano y el planeta Tierra. Me siento muy lejos de casa y de los míos pero me recorre un escalofrío al darme cuenta de lo afortunado que soy. Deshago el camino recogiendo el coral que llega a la orilla desde el arrecife sumergido unos metros más allá, pensando a quién le regalaré cada trocito a mi vuelta a casa. La noche nos alcanza a la entrada de Guayaquil mientras cantamos bachata y merengue.

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Baños: la aventurera

Nos cuesta abandonar la comodidad del hogar de los Kittyle, pero debemos seguir con nuestra aventura si queremos cumplir plazos. Es hora de despedirse de una familia que llevaremos siempre en el corazón, suena a tópico y cursi, pero recibimos de ellos un trato familiar que difícilmente imaginábamos cuando cruzamos la frontera y que hace que nuestra estancia en el sur de Ecuador sea inolvidable. El bus sale a Baños a medianoche y nos esperan unas 8 horas de viaje trepando la cordillera andina. De repente a eso de las tres de la madrugada el bus parece que tiene problemas y acaba dejándonos tirados en una curva en medio de ninguna parte, bajo una noche sin luna. El chófer y el auxiliar intentan arreglarlo sin éxito con el consejo del resto del bus que parece que tengan un máster en mecánica y lo único que hacen es divagar sobre algo que no tiene solución si no es pasando por un taller. Finalmente la solución es abordar los buses que pasan en dirección a nuestro destino. Indignados, aceptamos con resignación el viajar tirados en el pasillo de un bus que va hasta Ambato. Llegamos a Ambato a eso de las 8 y tenemos que coger otro bus aquí hasta nuestro destino final que tarda una hora más. Baños se encuentra a 1800m de altitud en alguna parte de la sierra ecuatoriana, en las faldas del volcán activo Tungurahua de 5016  metros, el cual hizo erupción por última vez en 2006 dejando centenares de damnificados.

La población está aislada, como si de una isla se tratase, por el río Pastaza, afluente del Amazonas y sólo está conectada con el resto del mundo por una serie de puentes que salvan la garganta del río. El emplazamiento es espectacular y aunque remoto no impide que el pueblo bulla con el turismo que llega en busca de naturaleza y deportes de aventura como el rafting, la escalada, el canopy o el parapente. Sin embargo, nuestro presupuesto sólo nos permite disfrutar de la belleza paisajística del lugar. Montañas escarpadas y valles estrechos, volcanes e infinidad de cascadas. Vegetación abundante y verde que recuerda en cierto modo al norte español es lo que ofrece este enclave idílico.

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La casa abierta y multicultural de Juanka

Siguiendo las indicaciones de Isa, una gaditana que lo dejó todo en España hace tres años para viajar por el mundo y que conocimos vendiendo artesanía en Máncora (Perú), encontramos una casa blanca de dos plantas de tejado a dos aguas. El piso de arriba con balaustrada de madera oscura y una hamaca que pendula suavemente con la brisa fresca de los Andes.

Llamamos al telefonillo entre curiosos y tímidos. Nos abre la puerta una chica australiana de cuyo nombre no me acuerdo que nos mira con cara de “sé a lo que venís“. Preguntamos por Juanka y tratamos de explicar el porqué de nuestra visita. Ella actúa como si en realidad nos estuviese esperando y dice que podemos volver con nuestras cosas más tarde para instalarnos.

Cuando cae la noche volvemos a la casa con las cosas que habíamos dejado en una agencia de turismo mientras hacíamos un tour por las cascadas de la zona. Al entrar nos recibe Juanka, grandote de pelo largo y cara redonda, con expresión bonachona y acogedora lo único que dice es    “tengo a diez surfers más (por couchsurfing), así que instalaros por donde podáis y bienvenidos a casa”. Es cierto, en el interior hay muchísima gente de diferentes nacionalidades todos de paso, todos distintos pero con un punto en común las ganas de conocer el mundo y la gente, las ganas de vivir una vida intensa.

La puerta del Amazonas

Una de la cosas pendientes que teníamos en el viaje era conocer la selva del Amazonas o por lo menos acercarnos. Un viaje por Sudamérica donde la selva amazónica está presente en casi la totalidad del continente y no pasar por ella no tenía mucho sentido. Así que, es aquí en Ecuador donde nos adentramos en la masa verde de la selva más grande del mundo.

Salimos pronto de Baños en dirección al oriente, conforme vamos dejando atrás la altitud y los angostos valles andinos se convierten en una extensa llanura verde hasta donde alcanza la vista el calor aumenta y la humedad se vuelve difícil de sobrellevar.

La primera parada la hacemos para visitar una reserva de monos, aquí conocemos a los capuchinos y lanudos y jugueteo con el curioso y pícaro mono payaso que se sube y se baja de mis hombros y cabeza como si yo fuese un árbol más.

Después de la simpática visita continuamos hacia el interior de la selva donde la carretera serpentea entre una vegetación que cada vez se hace más densa y donde intento adivinar que clase de plantas estoy viendo, sólo reconozco plataneras, algunas especies de palmeras, bungavillas e ibiscos lo demás son árboles, flores y plantas completamente desconocidas para mí. Posiblemente sea el paisaje más exótico que haya visto nunca.

Entre curva y curva llegamos a un poblado indígena Kichwa a las orillas del río Puyo, el asentamiento son unas cuantas casas circulares de madera y techo de palma donde conocemos las tradiciones y costumbres de la tribu. Probamos la chicha, una bebida hecha a partir de fermentar yuca y que para ellos es su cerveza. Disparamos con cerbatana y nos pintamos la cara con achote, un fruto del cuál sacan una tinta roja. Conocemos los remedios naturales y las propiedades purificadoras de las plantas como la uña de gato o la sangre de drago. La guinda de la experiencia es “navegar” río abajo en las estrechas canoas indígenas y dejarnos llevar por los sonidos y los colores de la selva. Observar a los martines pescadores y a los colibríes pasar a escasos metros de nosotros ajenos a nuestra presencia.

Llegamos a comer a una cabaña perdida en medio de la selva, a las orillas de un riachuelo donde nos refrescamos, el lugar es idílico. Tras la comida andamos por la espesa selva en busca de una catarata escondida entre la maleza, el lugar es increíble y caigo en la cuenta de que estamos en medio de la nada, a donde miro solo veo árboles enormes que compiten por conseguir los rayos del sol. Imagino que para ellos debe ser la misma sensación que estar en medio de Manhattan en hora punta, como si luchasen por conseguir su espacio vital en esta megaselva superpoblada por millones de especies. La tormenta tropical estalla en miles de gotas que caen con fuerza, nosotros corremos por la selva empapados disfrutando de un momento de tremenda libertad donde el ruido del agua ensordece y el olor a lluvia recién caída despierta los sentidos.

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No te pierdas el siguiente capítulo:

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Quito. La perla andina

Como conquistadores, con algo de emoción y el pecho hinchado cruzamos la delgadita línea que separa el Sur del Norte y ya me siento un poco más cerca de casa .

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Lee el capítulo anterior:

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Postales: Guayaquil y Montañita

Guayaquil,  ciudad colonial, sorprende por su compromiso  con promover la cultura, y Montañita se ha convertido en uno de los destinos top para el surf en Sudamérica. 

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