Jacobo cruza la línea ecuatorial en el pueblo Mitad del Mundo, situado a una hora de Quito

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Conseguimos llegar gratis a la capital ecuatoriana, Quito, después de poner una reclamación a la empresa de buses por lo ocurrido en el trayecto Guayaquil-Baños , así que ahorramos algo de dinero.

El trayecto se hace ameno, durante tres horas y media atravesamos los paisajes ecuatorianos. Sierras verdes, con vacas y caballos pastando en sus laderas y praderas. Bonitas casas de campo salpican las montañas. Similar al norte de España, pero con una excepción: los enormes volcanes que se pueden observar como telón de fondo. El más imponente, el Cotopaxi de 5mil 897 metros con su cumbre nevada que contrasta con sus faldas marrón chocolate.

Quito, fundada por Sebastián de Benalcázar en 1534, se sitúa en un precioso valle andino rodeado por cumbres nevadas de volcanes y bosques de eucalipto.

Es una ciudad que ha crecido de manera longitudinal y que con tan sólo millón y medio de habitantes tiene una extensión de aproximadamente 50 kilómetros de norte a sur. El clima es templado, soleado, de noches frías y muy ventoso. Reposa a 2800 metros de altitud y quizás por eso tiene una luz mágica que lo baña todo de optimismo.

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El volcán Cotopaxi. Foto: Jaime Golombek utilizada con una licencia de Atribución de Creative Commons

Visitamos la Mitad del Mundo, un pueblo situado al norte de Quito que ha sabido aprovechar su situación geográfica para atraer turismo. No hay más que un monolito y la línea del Ecuador, está bien, no es más que eso, pero para nosotros, y sobre todo para mí, cruzar al hemisferio norte tiene un significado mayor que para cualquiera de los que allí aprietan los botones de sus cámaras.

Como conquistadores, con algo de emoción y el pecho hinchado cruzamos la delgadita línea que separa el Sur del Norte y ya me siento un poco más cerca de casa aunque el cruce oficial sea dentro de unos días cuando partamos hacia Colombia y dejemos definitivamente el sur atrás.

De vuelta a Quito quedamos con nuestro anfitrión, Mauricio Reinoso, ex compañero de colegio de Ricardo.

Llevan 8 años sin verse y en el bus que nos lleva a su casa se ponen al día, es cuando me entero que Mauricio estudió Literatura y se lo dejó por su pasión, el arte marcial Bujinkan, del cuál es maestro.

También trabaja como Community Manager en una empresa de comunicación. Su casa en la zona “aniñada” (pija) es muy grande, agradable y bien decorada donde nos instalamos para pasar tres días descubriendo las distintas caras de esta ciudad.

Podemos decir que en realidad hay dos ciudades, la nueva Quito y la vieja Quito o como yo la llamo la Quito colonial.

En la parte nueva encontramos una ciudad por lo general bien organizada, con edificios nuevos, muchos de apariencia cara rodeados por jardines. Las urbanizaciones y bloques de apartamentos trepan hacia las laderas encontrándose con los bosques. Hay centros comerciales y todos los servicios de una gran ciudad.

Es en esta parte de la ciudad donde visitamos la casa-museo del conocido como “Pintor de Iberoamérica”, Guayasamín. Su historia y su obra que plasma la injusticia social y refleja a su querida latinoamérica, sus culturas y sus señas de identidad, como el mestizaje, me fascinan. Disfrutamos también con la “Capilla del hombre” donde Guayasamín nos invita a reflexionar sobre la humanidad a través de sus murales y obras más destacadas. Último proyecto que el artista no pudo contemplar acabado antes de morir en 1999.

La Quito colonial enamora, pasear por sus empinadas calles con casas coloniales de diferentes colores de las cuales se asoman balcones con geranios y faroles de forja y ver como la vida transcurre detenida entre el pasado y el presente es una experiencia única.

El ambiente es festivo, la gente disfruta en familia de un día soleado y nítido. Hay vendedores ambulantes, puestos callejeros de comida típica y librerías interesantes con libros cubiertos por una densa capa de polvo.

Llegamos a la Plaza Grande, inmaculadamente blanca, inmaculadamente bonita y centro neurálgico de esta zona de la ciudad. Al lado izquierdo, la Catedral blanca y con cúpulas verdes de estilo morisco. Al frente el Palacio de Gobierno, también blanco, colonial con un porche de columnas de piedra y coronado con un reloj que parece detenido en el tiempo. A la derecha el Palacio Arzobispal de estilo colonial también y convertido en un centro comercial con pequeñas tiendas y cafés selectos.

A partir de aquí, cada esquina esconde una iglesia a cada cuál más espectacular y visitamos tantas como se interponen en nuestro camino. Aunque todas tienen algo, me quedo perplejo con la que, posiblemente sea la iglesia más bonita que he visto nunca, la de La Compañía de Jesús.

Ya su pórtico de piedra de estilo barroco impresiona pero es cuando te adentras en el mundo de pan de oro que encierran sus muros cuando enmudeces. Se trata de una verdadera joya del arte religioso. Es como si el retablo cubriera todas las paredes y techos y el detalle de cada rincón hace que no sepas cuando salir. El templo jesuita que data del 1605 es en mi opinión una de las mayores expresiones del Barroco y merece ser visitada al menos una vez en la vida.

Después de tanto arte religioso y callejeo colonial el hambre pide un poco de atención así que nos vamos al mercado a comer hornada, que es cerdo al horno con alguna salsa que no alcanzo a distinguir, y para pasarlo un refrescante y dulce jugo de coco. Para finalizar el día en el barrio colonial, que fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978, subimos al Panecillo. El Panecillo es una colina coronada por una Virgen Alada construida con 7000 piezas de aluminio.

Desde aquí, con una vista panorámica de la ciudad rodeada por  los volcanes y a los pies del famoso Pichincha, con la luz de media tarde bañando el valle de San Francisco de Quito decimos adiós a la capital ecuatoriana y por ende sellamos el recorrido por el país donde el sur y el norte se encuentran. Mañana estaremos rumbo a Colombia.

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Centro histórico de Quito.  Foto: Lisa Weichel utilizada con una licencia de Atribución de Creative Commons

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No te pierdas el siguiente capítulo:

La luna del Caribe en Tayrona

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Desde que llegamos a Colombia la luna ha acompañado nuestras noches. Al principio aparece anaranjada como si de una niña tímida que entra en un baile se tratase. Las estrellas se apagan, ha llegado la reina del Caribe la que acompaña a nuestro aguardiente en la arena.

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Lee el capítulo anterior:

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La puerta del Amazonas

Un viaje por Sudamérica donde la selva amazónica está presente en casi la totalidad del continente y no pasar por ella no tenía mucho sentido. Así que en Ecuador nos adentramos en la masa verde de la selva más grande del mundo.

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