Fuimos hechos con letras, los Fernández y las letras somos uno mismo, la literatura nos eligió a nosotros.

Gracias a la biografía de mi abuelo materno descubrí un tío escritor, famoso, vivo y francés. Tengo dos primas más de ese lado que dedican sus estudios a la literatura y entre las tres hicimos un círculo de gozo y orgullo por la sangre en común con alguien reconocido. El rayito azul de esperanza se inculcó en cada uno de nuestros espíritus: si nuestro pariente es miembro de la Academia Francesa, lo mínimo es que algún día algunas hojas tecleadas por nosotros lleguen a los estantes de librerías, esperemos, fuera del pueblo.

“Hay que corregir la biografía escrita con las patas por las tías y entregársela”.

“Mejor un poema”, sugiere la maestra en Poesía.

“Una carta contándole cómo lo descubrimos”, idea de la doctora en Literatura Comparada.

“Una foto de la familia”.

“Un árbol genealógico”.

“¡Un árbol genealógico!”

Las narices de las tres se sumergieron en investigación sobre el familiar francés. Primer escritor abiertamente homosexual en la Academia Francesa (buen contraste con los Fernández mexicanos conservadores). Su papá, del mismo nombre que mi abuelo, amigo y (según cuentan algunas lenguas) también amante de nadie más y nadie menos que  Marcel Proust.

Justo en estos días me dejaron de tarea en la maestría “The Idea of Order at Key West”. Mientras leía con ojos entrecerrados el poema modernista, el nombre de mi abuelo, Ramón Fernández, saltó a mi vista y saltó todo mi ser. Wallace Stevens puso el nombre (claramente no hablando de mi abuelo sino del padre del intelectual y vivo Dominique) como referencia a la crítica literaria. Otros días después, mi prima, desde la biblioteca de UCLA encuentra la descripción del antepasado Ramón por Marguerite Duras en The Lover. En el mismo santuario de libro en Los Ángeles encontró la biografía de Ramon escrita por su hijo Dominique con detalles sobre la colaboración de su padre con los nazis.

La oportunidad de acercar las raíces separadas territorialmente surgió en mi viaje a París. Llevaba los documentos impresos y casi perfumados a la capital gala. Pequeño detalle: ¿cómo entregarlo? Un plan sencillo de ir a la Sorbona donde Dominique es catedrático, pasar por los corredores repletos de sabiduría y encontrármelo sentado en su oficina con una sonrisa y tiempo disponible para mí.

OK, probablemente terminaría siendo un día lluvioso y la amabilidad exacerbada característica de los parisinos me haría dar vueltas por la universidad o, todavía más probable, el guardia no me dejaría pasar. El folder quedaría entre sus manos para luego pasar por las del cajón de su escritorio donde está archivado hasta lo inarchivable y con suerte, volaría el folder a la de una secretaria con uñas cortas y limpias. Y de plano, si las estrellas se alineadaran a mi favor y algún dios decidiera actuar en mi beneficio, el folder llegaría al escritorio de Dominique donde él, con sus lentes puestos le daría una ojeada. A lo mejor prorrumpiría en una leve carcajada por la hilaridad de documentos de su familia lejana en México, y continuaría sus estudios de Italia, de Rusia, de algún personaje histórico.

Eso no pasó. Un domingo de sol antes de ejercer mi plan, en un balcón frente a la torre Eiffel, la novia del tío de 70 años de mi novio parisino lo cambió todo. Ella es también amiga de la ex esposa del mismo tío, así que, ¿por qué no? los tres llegaron juntos a la comida familiar de mi novio: al cabo la ex esposa prepara unos camarones a la nomeacuerdoqué que fascinan a todos. “Si tenemos el mismo gusto, ¿cómo no vamos a hacer amigas?” y las dos se reían con la cabeza hacia enfrente y hacia atrás con la boca abierta y la copa en la mano.

Wiri wiri, wiri wara, ¿Y tú a qué te dedicas? ¿Te gusta París? ¿A dónde te han paseado? ¿Cuál es tu plan los próximos días? Ahí es cuando aprovecho para contar mi historia, mi plan, presumo a mi tío famoso. “¡Ah! ¡Pero claro que lo conozco! Es amigo de Machin (Fulanito de Tal en francés). Te consigo su número y su dirección y así vas directamente con él”. Sentí burbujitas de champagne en mi nariz y las mejillas rosas. Ella seguía parloteando: “La última vez lo vi en el evento de churulucú”.

El número escrito en una mano y el teléfono en la otra. Mi cuñada me ayudó y creamos la introducción que iba algo así: “Hola, soy tu familiar de México. Mi abuelo y tu papá eran primos hermanos. Estudio Creación Literaria y me encantaría que nos viéramos para platicar de familia y de letras”. Después de practicarlo 5 veces enfrente de mi cuñada y su tolerancia, marqué.

Me escuché y al parecer me salió un acento francés claro, bonito; ¡muy bien, Fernanda! Pas mal pour ton premier appel téléphonique. De repente, me contesta. Me pregunta que repita el nombre de mi abuelo. Luego ya no le entiendo. “¿Podemos hablar en italiano, por favor?” El muy amable repite la pregunta en italiano y yo, con la cabeza atorada en un hielo, los nervios en la cara y la temblorina en todos lados, le contesto en francés. Hace el switch de italiano a francés y le vuelvo a rogar, “mejor en italiano”. Él, entre la risa y el interés, cambiaba de idioma sin problema con tal de seguirme preguntando cómo conseguí el número, quién era mi bisabuelo, cuándo nos veíamos.

Martes en su departamento a las 5 de la tarde. ¡En su departamento en Pigalle! Y que por favor le llevara un árbol genealógico.

16:30 ya estaba en Pigalle. A una cuadra de su casa, me senté en una banca y me comí la mitad de una granola para evitar cualquier distracción relacionada con el hambre en mi esperada rendez-vous  (gozo/sufro de un metabolismo acelerado). Caminé muy lentamente y me metí a las tiendas abiertas, a la de percusiones, a la de pianos. 16:49 y estaba enfrente de la puerta del edificio. Marqué la clave y me quedo 7 minutos enfrente del interfono 4 FERNANDEZ.

Me abrió la puerta a un departamento centelleado de libros y luz natural. Pelo blanco hacia atrás estilo Einstein, ojos azul muy claro, arrugado y vivaz. Árbol genealógico en la mesa con la carta de mi prima la doctora y el poema a mi abuelo de mi prima la poeta; la plática en italiano alegre (gracias a los planetas me trabé menos que en el teléfono). “Déjame tomarte una foto para mandársela a mis hijos”. Me acomoda frente al ventanal y me cambia de ángulos.

“Facciamo la selfie”, le digo. De estar con una sonrisa perpetua cambia mecánicamente a una pose de escritor serio, sabedor. Chismeamos de la familia cual reencuentro de comadres. La pérdida de riqueza (por el lado mexicano); las memorias de mi abuelo, Ramon Fernandez, del abuelo en común, embajador de Francia y gobernante de la Ciudad de México dos veces y esa muerte tétrica en una comida oficial. Me cuenta de los contactos que él había tenido con parientes de América, sobre todo la tía desagradable que lo tachó de “mal católico” por tener sólo dos hijos (quisiera saber qué le diría unos años después que se declaró gay, ¿”pésimo católico”?) y la duda de por qué su abuela francesa había decidido romper relación con la familia de su joven y difunto marido.

Para despedirse me regaló un libro de grande formato, de pasta dura, bajo el tema de Napoli y me lo dedicó como a la “cara cugina lontana” aunque de primos no seamos nada y soy más bien su sobrina en tercer grado. Ahora nos mensajeamos para Navidad y tiene planes de venir a México en el 2017 porque le traducen la biografía de su papá, mitad mexicano, amigo de Alfonso Reyes, metido en política controversial y dueño de una pluma crítica reconocida.

En México será nuestra segunda selfie.

dedicatoria fer ballesteros

 La dedicatoria de Dominique 

Comentarios