Arte: Pilar Gómez

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El amor en la ficción llega a ser glorioso y mágico y seductor. También llega a ser empalagoso, ridículo y superficial. En cualquier caso es eso: ficción.

Cuando pensamos “historias de amor”, pensamos en elocuentes gestos y pronunciamientos decisivos. Pensamos, tal vez, en Romeo y Julieta, ese par de adolescentes que tras unos cuantos días de conocerse se inmolan en el nombre del amor. En cultura popular más reciente probablemente recordemos a Ally y Noah de “Diarios de una Pasión” y ese icónico beso en la lluvia; a Edward y Bella de Crepúsculo y sus incesantes juramentos de amor eterno; a Jack y Rose en el Titanic gritándose sus nombres cada cinco segundos; o a Gus y Hazel de “The Fault in our Stars” y ese nudo en la garganta que quisimos negar al terminar el libro.

El amor fuera de la ficción no es glorioso, ni siempre mágico, ni siempre parecido al aquel de los grandes mitos: pero está ahí, silenciosamente latiendo al centro de nuestra humanidad. Es sencillo y complicado, eterno, transitorio y diferente cada vez. Dos personas que se encuentran el uno en el otro, que quitan, comparten y completan.

Me encanta descubrir evidencias de esta real y complicada naturaleza del amor en las obras y biografías de mis escritores favoritos: vestigios de esos encuentros reales entre mentes brillantes que para bien o para mal, compartieron partes de sus vidas.

Les comparto tres de mis favoritas:

1. Søren Kierkegaard y Regina Olsen: el compromiso nunca consumado 

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Él, un depresivo y enfermizo filosofo danés, llegaría a ser uno de los grandes. Ella, la joven de catorce años de quien él se enamoró perdidamente a los veinticuatro, influiría de una manera irrevocable y vinculante el resto de su vida y obra. El amor entre Regina y Søren es inseparable de cualquier consideración seria y filosófica de la obra del pionero del existencialismo. Se descubre entre las líneas de sus cavilaciones estéticas, éticas y teológicas.

Kierkegaard cuenta en su diario cómo por fin le declaró su amor a Regina mientras ésta tocaba el piano en su casa: “¡Oh!  Qué me importa la música, eres tú lo que quiero, te he querido por dos años”. Con la bendición de su padre estuvieron comprometidos de septiembre de 1840 a octubre de 1841. Entonces, sin previo aviso Kierkegaard rompió el compromiso, mandándole a Regina su anillo y  una carta informándole del asunto.

Regina, desconsolada y sorprendida corrió a su casa sólo para no encontrarlo. Le dejó una nota rogándole que no la dejara. La ruptura de la relación los destrozó a los dos: Regina desolada, se aferraba a la esperanza de que volvieran a estar juntos y amenazaba con suicidarse si Kierkegaard no la aceptaba de nuevo. Kierkegaard, por su parte describe cómo lloraba diario en su cama sin ella. Posteriormente se le rompería el corazón al enterarse de su boda con otro prominente intelectual, Johan Frederik Schlegel.

Que Kierkegaard amaba genuinamente a Regina es evidente en sus escritos. A la fecha no se sabe exactamente por qué rompió su compromiso. Hay muchas posibilidades y probablemente todas sean ciertas: Kierkegaard tenía una convicción profunda de que estaba maldito y su vida sería corta y miserable; a la vez se creía un profeta con una misión intelectual y espiritual no compatible con el matrimonio; y ciertamente estaba convencido de que su vida sería una lucha en contra de la melancolía y depresión que no quería imponer a ninguna esposa.

Al morir Kierkegaard le heredó su obra y pertenencias a su “antigua prometida, Regina Schlegel”.

2. Elizabeth Barrett Browning y Robert Browning: el admirador le escribe a su ídolo

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Él, uno de los poetas e intelectuales más reconocidos del siglo XIX. Ella, autora de los poemas de amor más bonitos de todos los tiempos (expresión absolutamente subjetiva, pero denles una hojeada y díganme que no). Ambos ahora constituyen una de las parejas literarias más prolíficas de todos los tiempos, pero por ahí de 1845, ella era una joven y exitosa autora y él su mayor admirador. Su romance resulta evidencia indudable de que si le sigues escribiendo incesantes tweets a Harry Styles, algún día te amará y compondrán bella música juntos (o no).

Robert Browning se enamoró de su futura esposa tras leer su  poesía y le escribió incesantes cartas profesando sus sentimientos hasta que ella correspondió. En enero de 1845 Robert le escribió: “I do, as I say, love these Books  with all my heart– and I love you too.”

Ella era, sin duda, brillante y talentosa, pero también enfermiza, casi inválida y con un padre sobreprotector que amenazaba con desheredar a aquellos de sus hijos que osasen casarse. El éxito de su cortejo resultaba poco probable.

En un giro particularmente novelesco los autores desafiaron al neurótico padre de Elizabeth, se casaron en secreto y se mudaron a Italia, donde continuaron viviendo y escribiendo el resto de sus vidas. La obra de ambos a partir de conocerse refleja profundamente su relación. Me encanta pensar como algunos de los poemas más bellos del idioma inglés fueron posibles porque un admirador se atrevió a escribirle a su ídolo.

2. Mary Wollstonecraft Shelley y Percy Shelley: los forajidos 

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Ella escribió una de las novelas de horror más famosas de todos los tiempos. Él fue un prominente poeta romántico. Percy conoció a Mary cuando tenía veintidós años y una esposa embarazada. Ella era hija de su mentor, William Godwin, y tenía tan sólo 16 años. Se cuenta que en cuanto la conoció se enamoró perdidamente de ella y amenazó repetidamente con suicidarse si ésta no correspondía sus afecciones (una constante en los amores literarios del siglo XIX, como ven).

En julio de 1814 , Percy y Mary decidieron imitar a los héroes de una de las novelas de Godwin y huir a Suiza, con la precaución de invitar a Claire, hermana de Mary, que sí hablaba francés. Comprensiblemente la esposa del primero y el padre del segundo se enfurecieron. Tuvieron que regresar eventualmente, pues, como a toda gente joven de viaje por Europa, se les acabó el dinero. Para entonces Mary ya estaba embarazada, aunque perdería ese y muchos subsecuentes bebés.

En 1816 volverían a Suiza con la invitación de Claire, ahora amante de nada más y nada menos que Lord Byron. Las parejas de intelectuales se establecieron por la temporada a las orillas del lago de Ginebra y una noche se retaron a escribir historias de terror. Mary fue la única que concluyó la suya, y a la fecha, Frankenstein permanece un clásico atemporal.

El par de amantes contrajo matrimonio tan sólo tres semanas después de que se descubrió el cuerpo ahogado de la primera esposa de Shelley. Permanecieron juntos hasta la muerte de Shelley en un accidente de barco, un mes antes de su cumpleaños número 30. Un solo hijo sobrevivió de su relación,  Percy Florence Shelley.

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