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¿Les ha pasado que crean lazos sentimentales con objetos inanimados? Pueden ser trivialidades como amor por un celular (que probablemente la mayoría lo tiene), por una una mantita, un peluche, u objetos más “etéreos” como una película o un perfume. Habrá quienes crean esos lazos con una ciudad, un restaurante o una esquina acogedora. Para mí, la conexión más fuerte que he creado es con mi habitación.

Hará falta poner en contexto: durante gran parte de mi vida compartí cuarto con mi hermana mayor. Al ser ella la grande, y yo la pequeña, adquirimos roles que nos definieron: ella designaba quién dormía en qué cama y yo me resignaba a leer con la poca luz de una lamparita para no despertarla; ella indicaba qué área del clóset le pertenecía a cada quién y yo me rebelaba dejando prendas de ropa tiradas por doquier.

No me malinterpreten, no era que me sintiera oprimida (siempre), o que mi hermana fuera una tirana (todo el tiempo), pero mi inclinación por sentirme independiente y deseo de tener mi propio espacio me llevó, hacia el final de mi adolescencia, a explorar el tercer piso de mi casa, el cual tenía un pequeño cuarto de servicio que realmente se usaba como bodega. Tras mover cajas y sortear juguetes de mi infancia desperdigados por el suelo, me encontré con una habitación, si bien pequeña, acogedora, con potencial… y con baño particular.

Mi primer paso fue hacer habitable un baño con muchos años de desuso. A fuerza de tallar, dar varias capas de pintura y un par de vueltas a tiendas de decoración–desde el súper hasta el H&M Home–logré dejarlo bonito y funcionando. Después siguió mi discreta pero decidida tarea de limpiar y reacomodar los objetos de ese cuarto por toda la casa, digo discreta porque mi madre–que sabía que algo me traía entre manos– se oponía (y aún no está del todo convencida) a que dejara la segunda planta y a mi hermana. Como si estuviera saliéndome de la casa o negando mi apellido.

Comencé a escabullirme para pasar todo el tiempo posible ahí dentro, por lo que sin darme cuenta de cuándo y aún antes de pasar una noche en él, ese cuarto se volvió mi lugar preferido, mi santuario de lágrimas, mi rincón de meditación, el mejor lugar para ver el atardecer, el más aislado para escuchar mi música preferida; el dueño de mis quincenas, literalmente. Con los pocos ahorros que lograba, compraba pintura para llenar de diferentes colores las paredes, incluso llegué a dibujar un mural que cubría una pared del piso al techo y que emulaba una callecita francesa; me tomó más de un año terminarlo y otro más en despintarlo.

Con la emoción delirante de una persona enamorada, empecé a conseguir tablones para hacer repisas que construí con la ayuda de buenos amigos, guacales de madera como mesitas y anaqueles, y el buen día que mis padres se resignaron y me permitieron subir a dormir –vivir– en él, invertí en una linda silla blanca, cuadros decorativos y pequeñas monadas desde ceniceros –aunque no fumo– hasta cojines coloridos.

Tal vez quienes han visto nacer y crecer algo que estiman comprenderán el cariño que le tengo a este pequeño espacio de 3×3. Con todo y que no llega bien el Internet; o que me bofeo cada que bajo y vuelvo a subir con un vaso de agua; o que no me escuchan en el piso de abajo si se me fue el agua caliente o se me olvidó la toalla; o que en mi clóset –que es más bien un ropero– debo usar ganchos de bebé para que quepa la ropa; o que el interruptor de la luz principal está afuera del cuarto. Con todo y eso adoro a mi cuarto como ningún otro lugar que he encontrado.

Quizá por ser mi primer ejercicio de independencia (aunque esto pueda sonar ridículo, si pensamos que vivo a unos cuantos escalones del resto de mi familia), o tal vez por tratarse de mi primer intento de decorar un lugar a mi gusto; o tal vez la razón es más sencilla; ha sido mi más grande acto de rebeldía.

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