Hace apenas unos años que Dubai se volvió un centro de atención para los turistas y comerciantes: una ciudad en crecimiento que compite por ser la ciudad más segura del mundo, un lugar donde su recurso monetario más importante, el petróleo, se les agotará en cosa de años y buscan una fuerte y constante fuente de ingresos: el turismo. Es por eso que la ciudad ha tenido un enorme crecimiento en los últimos años, quizá si regresara en apenas 12 meses, no reconocería muchas de las zonas que visité.

Dubai es sinónimo de suntuosidad, elegancia, crecimiento, Ferraris y camellos. Una ciudad que quiere ser la número uno en todo lo que pueda: el edificio más alto del mundo, la isla artificial más grande del planeta, el acuario con el cristal más grueso, el mall más grande (aproximadamente 1,400 tiendas)… pero lejos de todas estas luces, existe un Dubai que dejaría boqui-abierto a cualquiera, con unos de los atardeceres más bonitos que he visto, un cielo estrellado hermoso, una calma para disfrutar el momento y un mar que parece de seda cuando lo toca el sol.

Es cierto que existen todas las comodidades que nos podamos imaginar, que la gente es muy amable, que los perfumes de los árabes, aunque de escencia fuerte, te hacen suspirar, que puedes encontrar prácticamente todo tipo de comida, que dentro del Emirates Mall te puedes mover en carro, y que las zonas turísticas junto con sus playas, sus parques acuáticos, parques de diversiones y deportes extremos atraen a cualquier turista que esté dispuesto a pagar sus precios.

Pero lejos de todas estas comodidades, Dubai sigue teniendo su parte antigua que, aunque reconstruída, no pierde su esencia: con un mercado en el que sabes que no debes de tocar nada a menos que pienses comprarlo ya que el vendedor no se te quitará de encima, donde debes regatear el precio hasta que pienses que es justo, y donde las especias siguen siendo más baratas que en México (el azafrán vale mucho la pena), un Dubai donde se mezclan las nacionalidades, las tradiciones y la cultura, con tiendas de Indios, árabes y alguno que otro chino.

Mi lugar favorito dentro de estos contrastes resultó ser, sin duda, el desierto. Dunas con tonos naranjas, cafés y amarillos, arena suave y fría, animales libres en su hábitat y una de las mejores experiencias que he tenido: pasar la noche en un campamento Beduino. Con la noche fría con el cielo despejado, una fogata con pocas horas de vida, shishas sabor a aniz, lámparas para alumbrar los pasos y una tienda con colchonetas en el piso y tres capas de cobijas para agarrar el sueño. Un amanecer hermoso, paseos en camello despúes del desayuno y finalmente, a un largo baño para quitar la arena hasta de las orejas.

Dubai es un destino para sacarle jugo, disfrutarlo desde el lugar más recóndito hasta el At the top desde donde se puede ver toda la ciudad, para aprovechar comodidades que difícilmente tendremos en casa y al mismo tiempo para encontrarle las similitudes con nuestra cultura. Para probar dátiles rellenos, sopa de lentejas con Paprika, asistir a carreras de camellos, olvidarnos del alcohol y disfrutar de ver a la gente.

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