Foto: Pierre Rougier via unsplash.com

El monstruo se acercaba a mí con sus dos largas piernas lisas, que lo sostenían extrañamente sobre el suelo, cubiertas de una especie de piel brillante color arena. Estas delgadas patas se unían a un cuerpo informe del que emergían otras dos extremidades igual de largas y cubiertas de esa misma membrana desagradable. Sobre la masa informe de la que sobresalían los extraños apéndices, otro más grueso y corto sostenía en la punta de este extraño ser, que adiviné como su cabeza: una masa de carne casi esférica cubierta de varios orificios,  aunque en mi turbación sólo pude contar cinco en la cara que me mostraba.

Dos de ellos eran viscosos y brillantes y no dejaban de moverse, pero el orificio más grande de esta entidad informe se encontraba en la parte inferior de aquella inquietante protuberancia. Parecía estar en carne viva, pues cuando lo abría, el rojo casi sangriento de su interior contrastaba horriblemente con el blanco de su esqueleto, también expuesto en dicha apertura. Sin embargo, el monstruo parecía abrir y cerrar a voluntad dicha herida, que no sangraba, sin dejarla cicatrizar nunca. La parte superior de su extraña cabeza mostraba un aspecto sobrecogedor, pues estaba cubierto de un vello ralo y desordenado, para el que que no logro determinar una función específica mas que contribuir a la fealdad de esta visión terrible.

La criatura producía unos extraños gemidos que parecían provenir de su estómago y expiraban al ser proferidos por la apertura que ya mencioné, modulados de alguna manera por otro apéndice moviente, largo y rosado, cubierto de un líquido viscoso y transparente dentro de la abertura inferior de su cabeza. Mientras se acercaba para llevar a cabo no sé qué nefandos planes sobre mi indefensa existencia, me percaté de que cada uno de los dos apéndices colgantes se ramificaba en cinco extremidades puntiagudas, de diferente longitud cada una y concebidos por alguna mente distorsionada para cumplir designios cuya maldad es comparable solamente a lo perverso de su creación. Sin embargo, la criatura pérfida pasó de largo, ignorando mi presencia anodina.

Anhelé que la visión que acababa de presenciar hubiera sido tan sólo una alucinación, pero el tiempo mostraría cuán equivocado estaba.

Con el tiempo, mi especie habría de descubrir que la llegada de este organismo inconcebible marcaba del fin de nuestra época, obligándonos a no posponer más la inevitable migración que apesadumbraba nuestra existencia. El paulatino éxodo de mi especie abrió camino a la propagación de esta insólita criatura gemebunda, cuyo nombre fue determinado por los extraños sonidos que profería desde el orificio en que se adivinaban sus entrañas: «gmnñ, mlnr», gemidos que traducidos a una expresión inteligible derivaron en la voz lingüística «ser humano». Un ominoso y remoto presagio que anuncian las estrellas augura que esta nueva especie dominará la Tierra como nosotros lo hicimos durante eras. Pero es bien sabido que lo que saben las estrellas, nadie lo puede asegurar.

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