Army of One II por Mariana Armella

Puede que pienses que la relación más importante que vas a tener como freelance es con tus clientes. Después de todo, como analizamos en el artículo anterior, el cliente es aquel maravilloso ser que cree en tu talento y en la importancia de tu trabajo, pero sobre todo, está dispuesto a pagar por él. Piénsalo dos veces, puede que esto no sea tan cierto.

Se aprecia muchísimo que haya alguien que ponga su confianza en ti, pero llegará el momento en el cual comprenderás que no puedes hacer todo sola: que necesitas de alguien que te ayude a materializar las ideas, alguien que pueda entender tu visión, tu filosofía de trabajo y hacer lo que sea necesario para satisfacer tus exigencias, y por ende, las de tus clientes. Es ahí que entenderás que estos últimos siempre tendrán un lugar muy especial en tu vida, pero tu corazón le pertenece por completo a aquellas personas que dedican su día a día a hacer hasta lo imposible por que siempre salgas triunfante de tus proyectos: tus proveedores. ¿Suena romántico verdad?

No lo es para nada.

Encontrar a un buen proveedor es como conseguir al amor de tu vida en Tinder; puede pasar, pero te va a costar y es muy probable que te lleves un par de experiencias desagradables en el camino. Esta comparación puede llegar a sonar burda, pero al analizarla a profundidad no es nada alejada de la realidad.

Veámoslo de esta manera: abres la aplicación y de primer golpe quedas abrumada por la cantidad de opciones para elegir: todos en su más ensayada pose de galán mostrando sus mejores atributos foto tras foto. Misma situación si llegarás a necesitar, por decir algo, a un carpintero: prácticamente hay uno en cada esquina, todos dispuestos a trabajar contigo, todos con una experiencia de generaciones que deriva directamente del taller de San José.

No es que seas crédula ni ingenua, pero a alguien tienes que contratar. Así que analizas tus posibilidades, el presupuesto, los tiempos de entrega, te dejas guiar por tu instinto y eliges esperando lo mejor, pero siempre preparada para lo peor.

La primera vez que contraté a alguien fue para construir un perchero para un cliente. Era la primera pieza que vendía en mi vida y me sentía muy emocionada al respecto. Elegí al carpintero que me prometió acabado en laca automotriz de alta resistencia. No podía esperar para ver mi perchero, mi flamante pieza con acabado de Cadillac recién salido de agencia. Terrible mi desilusión al darme cuenta que efectivamente la pintura era como de carrocería… pero de microbús.

Con una mirada reprobatoria de desilusión y una paciencia sobrehumana, hablé con el carpintero. Le dejé saber que el resultado me parecía inaceptable y le devolví la pieza para que la repitiera una y otra vez hasta que me di por vencida y me llevé el perchero mal terminado.

Pasé el resto de la semana lijando su falso acabado automotriz y aprendiendo a laquear hasta que el resultado fue de mi agrado. La laca no era ni cercana al acabado de un coche, pero por lo menos pude librar la situación, aunque perdí tres días de trabajo en una sola pieza y pasé un mes tratando de quitarme los restos de laca de lugares inimaginables.

Tiempo después, el mismo cliente me contrató para que le diseñara el vestidor de su cuarto. Me encontré nuevamente en la tan temida situación de elegir carpintero.

Éstas eran las opciones:

El carpintero detrás de la puerta #1. Altamente recomendado por personas con años de experiencia en la materia. Entendimiento elevado en cuestiones constructivas y con experiencia de trabajar con diseñadores. Valía su peso en oro y para mi desgracia, no tenía miedo en cobrármelo completito.

El carpintero detrás de la puerta #2. Empleado del hijo de una amiga de mi abuela, el cual es dueño de una maderería. Con experiencia en instalaciones de un nivel similar de complejidad al de mi proyecto. Su cotización era alarmantemente más baja de lo normal.

¿A quién elegir? Sentía la presión sobre mis hombros y el sudor correr lentamente por mi frente. Después de mi experiencia anterior, no podía equivocarme, debía tomar la decisión correcta y el tiempo se estaba agotando. ¿Quién será el afortunado que obtenga el trabajo?

¡El carpintero detrás de la puerta #2!

Me decidí por él simplemente porque el proyecto no ameritaba un mayor nivel de capacidad al que él ya tenía y en verdad, su precio era muy bajo.

Por un momento me sentí como un agente especial de SWAT que recién cortó el cable rojo de una bomba a segundos de que ésta fuera detonada, esperando que haya quedado desactivada, sólo para segundos después volar en mil pedazos y ni siquiera tener el tiempo suficiente para saber que tomó la decisión equivocada… y vaya que fue la decisión equivocada.

Después de casi un mes de expectativa para la entrega, me encontré sentada en la sala de mi cliente esperando al camión en el cual llegaría el carpintero para hacer la instalación. Tres horas, dos cafés y un millón de disculpas después, me di cuenta que el maestro me había dejado plantada.

Los días consiguientes estuve marcando sin cansancio sólo para descubrir que su celular había sido desactivado y en el número telefónico que me había dado de su casa no lo conocían.

Como una última patada de ahogado me dirigí al lugar donde trabajaba sólo para enterarme de que había desaparecido por completo robándose las herramientas del taller. Parecía ser que el señor tenía un problema serio de adicción a los solventes, cosa muy común en el gremio, lo que lo había llevado a comportarse de esta manera. No sentí ni la mínima lastima por él.

No sólo tenía que dar la cara a mis clientes, que en ese momento no era la cara más inteligente, si no que había perdido el anticipo. ¡Me habían engañado! Me vieron la cara. En ese momento, mi situación era más desesperanzadora que cualquier canción de Yuri.

Sin opciones y sin ganas de meditarlo más, vacié mi cuenta de ahorros y contraté al carpintero detrás de la puerta #1. Cada palabra que había escuchado enalteciendo su trabajo era real. Mi cliente quedó feliz y al final, yo también. En pobreza extrema, pero feliz.

A la fecha, ambos siguen teniendo presencia activa en mi vida. Mi cliente sigue contratándome y pude llegar a un trato con mi carpintero y de esta manera alcanzar un precio más competitivo y por ende, más trabajo para los dos. Créanme, después de lo vivido, no lo cambio por nada del mundo.

Supongo que con los proveedores, al igual que en Tinder, no hay consejo que funcione para todos los casos. Todo es prueba y error. Acabarás con una lista negra inmensa, pero estoy segura que con un poco de suerte, siempre acabaras por encontrar a la persona perfecta para ti.

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