Un niño, un profesor, un libro y una pluma pueden cambiar al mundo”

– Malala Yousafzai

Un proyecto para apoyar la educación en la Sierra Tarahumara

Mi maestra de tercero de primaria era una mujer gruñona que creía en subir los decibeles de su voz para que nos entraran los conocimientos al cerebro. Fuera de ese detalle, mi primaria fue bastante grata, no como las horribles historias de niños amarrados a pupitres con cinta canela que conozco.

Recuerdo los juegos, las excursiones a museos y fábricas, las escapadas que hacíamos al prohibido tercer piso, la avispa amiga que nos perseguía, el taller de flauta y canto, el libro amarillo de lecturas con un perro blanco en la portada, la colección de cuentos de la biblioteca (especialmente uno que enseñaba a hacer trucos de magia), los honores a la bandera, los eventos del día de la madre o del padre y las miles de manualidades –tiliches– que esto conllevaba, las pastorelas, huir del registro matrimonial de la kermés, los tazos, el desfile de primavera, cuando me caí y se me abrieron las rodillas y un montón de memorias más.

En otras partes de la ciudad los recuerdos parecen sacados de una mente con la imaginación de Tim Burton y George Orwell. En la escuela de Mariana se rumoraba que el profesor de sexto se comía a los niños, en la de Dany que en el armario del material didáctico había cadáveres y en las de todas nosotras se decía que aparecían fantasmas de monjitas o de niños muy pálidos en  lugares misteriosos, como el baño de mujeres o las bambalinas del auditorio. En el salón de Mariana instalaron cámaras que los alumnos tomaron como un chiste llamándolas Big Brother y armando escenas donde se nominaban entre sí frente al artefacto, aludiendo al programa de moda de la época. Dany recuerda el retrato de un niño pintado al óleo, al que no había que mirar a los ojos porque si no pasabas a ocupar su lugar en el cuadro, donde lo encerró una bruja disfrazada de religiosa.

Pero no todo era terror, Mariana recuerda con cariño los altares de muertos que armaba con sus compañeros, el chocolate multitudinario que extrañamente sabía como hecho en casa, la feria del libro, colarse a las tardeadas de los niños grandes, una cancha interminable donde hacía deportes y una maestra que les enseñó a cambiar lo que no les gustaba y a valorarse. Dany, por su parte, no gustaba de jugar el clásico resorte, pero se hizo de unas amigas que hacían dibujos increíbles en Paint con las que formó el club de las Chicas Superpoderosas e intentó crear una agencia de detectives privados.

Tuve la oportunidad de asistir a la escuela y aprender conocimientos que ni siquiera imaginábamos que existían, como que el tiempo puede fragmentarse y nombrarse, o que las letras tienen valor numérico descifrable, pero ¿qué habría pasado si nuestras familias nos hubieran dicho que la situación económica era muy mala y necesitaban que dejáramos la escuela para que nos les uniéramos en el mundo laboral? Eso es lo que le pasó a Reyes, un niño rarámuri de 13 años que no puede costear su último año de primaria y debe ir a trabajar al campo, en la pizca de manzana, para ayudar en la economía familiar, lo que lo deja expuesto a varias problemáticas de la región en la que vive, como violencia, discriminación y narcotráfico.

En México hay más de 21 millones de niños que viven en situación de pobreza, 6.1 millones que no asisten a la escuela y 2.5 millones que trabajan. Es decir, en este momento una parte de la población infantil no está jugando a los encantados, ni comiéndose un sándwich, ni repitiendo en coro las tablas de multiplicar, en su lugar, están trabajando para ayudar con los gastos del hogar.

Más allá de la necesidad económica de la población y las carencias del sistema educativo de México, no todas las escuelas, ni todos los maestros ponen sus esfuerzos en ir más allá de lo que señala el programa académico, de hecho, son pocos los que ven a sus alumnos como individuos únicos y, a la vez, como parte de una comunidad en la que tienen que vivir armónicamente, no en conflicto.

Por eso dos amigas -Dany y Mariana- y yo nos enamoramos de Tamujé Iwigara, una escuela intercultural en la Sierra Tarahumara que además de enseñar las clásicas materias de español, ciencias naturales y matemáticas –que está obligada a impartir al  estar avalada por la SEP–busca que sus alumnos sean seres humanos profundamente reflexivos, conscientes del entorno en el que viven y respetuosos de la otredad, de hecho en la escuela conviven niños rarámuris y mestizos de diferentes religiones y diversos ambientes.

Tamujé Iwigara promueve el diálogo para la solución de conflictos. Los primeros veinte minutos de clase inician con un espacio donde los alumnos platican con confianza lo que quieran compartir y además, practican meditación y yoga, cuentan con una biblioteca, hortalizas de tomates, una granjita, clases de música y deportes y una vez al mes realizan excursiones y reciben a un invitado especial. Es un lugar que no se limita a los esquemas establecidos y de verdad se interesa en el proyecto de vida de cada uno de sus alumnos y el cuidado de nuestro planeta.

La escuela se mantiene gracias a los papás de los estudiantes y donaciones de bienhechores, pero esto sólo alcanza para que la escuela subsista, sin la posibilidad de crear nuevos proyectos, como ampliar la biblioteca o poner una cancha deportiva. Tampoco le da la oportunidad de otorgar becas a sus alumnos con necesidad económica, como es el caso de Reyes.

Por esta razón creamos un proyecto en Fondeadora que busca pagar los gastos fijos de Tamujé Iwigara durante un año y becar al pequeño Reyes para que continúe en la escuela y no tenga que ir a trabajar al campo.

La escuela primaria fue un aprendizaje lleno de aventuras que a todas nos encantó vivir. Comunidad Educativa Tamujé Iwigara –dirigida por Elena Rich– y nosotras –Mariana Diéguez, Daniela Guzmán y yo– creadoras del grupo Utopista, creemos que la educación es vital para que las personas tengan un proyecto positivo de vida y el mundo mejore en el largo plazo. Si tú piensas igual te invitamos a ser fondeador, cambiar la vida de Reyes y la de 38 niños de la Sierra Tarahumara.

Fondeadora de Reyes en www.oddcatrina.com

Para más información,

visita nuestra página de Fondeadora o escríbenos a utopistamx@gmail.com

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