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Hay un color que no me ha sido infiel, es el color amarillo.

Jorge Luis Borges

Siempre he pensado que Do Mayor es de color azul, que Fa suena rosado y que La Menor tiene tintes rojizos. Cuando me mencionan alguna obra musical en Re Mayor, como el ubicuo Canon de Pachelbel, no puedo más que pensar en tonos verdes: como los de un bosque tranquilo o los de una colina en no-sé-dónde-en-Suiza donde si algo sobra son vacas. Y nada más pensar en piezas en Sol Mayor (como los manoseados minuetos de Bach y Beethoven) mi mente me lanza un color anaranjado brillante: como el de la yema de un huevo frito. Un poco cercana a Sol, la tonalidad de Mi Mayor me ha parecido siempre de un amarillo intenso, como el del pico de un quetzal. Y, por no dejar coja a la escala diatónica, debo decir que Si Mayor nunca me ha parecido de ningún color, aunque, ahora que lo pienso, tal vez el blanco es el que mejor le encaja.

Sin embargo, ¿no será que Sol me parece naranja justo porque el astro rey con todo y sus rayos es anaranjado? ¿o que Re es verde porque comparten una vocal y una consonante que hace inevitable relacionarlos? ¿y que Mi suena amarillo por la misma razón? No me cuesta mucho reconocerlo. En mi caso, las relaciones color-tonalidad son producto de una asociación secundaria, que se puede explicar por razones causales. Los rayos del sol al atardecer son anaranjados, por lo tanto, cuando pienso en Sol, pienso en el naranja. Pero, al parecer, hay casos en que los sonidos realmente desencadenan la percepción de colores en algunos individuos. No me pregunten cómo, porque a mí no me pasa.

Para este fenómeno se ha acuñado el término sinestesia, que (perdonen el excursus etimológico pseudo-erudito) proviene de las voces griegas συν ‘junto’, y αἰσθησία ‘sensación’, algo así como ‘sensación conjunta’. El fenómeno general de la sinestesia involucra todo tipo de cruces sensoriales (en Wikipedia se mencionan más de 10 manifestaciones) en los que los estímulos recibidos por alguno de los cinco sentidos desencadenan una respuesta en alguno de los otros cuatro. Al parecer, un tal Solomón Shereshevsky, periodista ruso, experimentaba estímulos en los que se asociaban los cinco sentidos, habilidad que le permitía recordar prácticamente todo por las fuertes impresiones sensibles que recibía diariamente.

En el caso de la sinestesia musical, de la cual yo carezco, se asocia cada tonalidad con ciertos colores, pero esto de manera inmediata. Para un sinestésico, la nota Do podría desencadenar la percepción del color rojo pero si le preguntásemos por qué Do suena rojo, el sujeto no podría dar una razón específica y causal de dicha relación más que la inmediata percepción de ambos estímulos asociados.

Por eso sé que no soy sinestésico. Con demasiada facilidad puedo encontrar una razón para explicar las asociaciones que hago entre una tonalidad musical y un color. Pero hay quienes a lo largo de la historia han confesado poseer la capacidad sinestésica entre música y colores, afirmación que sólo hasta ahora podríamos poner a prueba recurriendo a exámenes neurológicos rigurosos. Algunos de ellos, realizados recientemente, sugieren que la sinestesia se da de manera general en edades muy tempranas y se pierde de manera progresiva con la maduración física y neurológica del individuo, pues el cerebro comienza a procesar separadamente la información sensorial. Sólo algunos casos muy raros mantienen después de la infancia temprana alguna forma de sinestesia, aunque es difícil encontrarlos, pues al parecer no se dan cuenta de que su manera de percibir el mundo no es común.

Así que, si crees que eres sinestésico, ten cuidado de confesarlo frente a un neurólogo, porque no tardara en meterte a un laboratorio para confirmar tus reclamos.

No sorprende enterarse de que muchos de los que han reclamado poseer sinestesia sean artistas. Lo que no puede dejar de sorprender es la proporción de sinestésicos rusos: Nabokov, Scriabin, Rimsky-Korsakov y Kandinsky, por mencionar algunos. Tal vez el proverbialmente frío clima de Rusia afectó en algún grado su desarrollo neurológico, produciendo la manifestación de este raro fenómeno. Pero esto es pura especulación (seguramente falsa), porque yo no sé dos pepinos de neurología ni sé qué comen los niños en Rusia cuando hace frío.

Abunda en las redes una anécdota muy curiosa, recolectada por Rachmaninov. Al parecer, este compositor ruso alguna vez presenció una discusión entre sus colegas Alexander Scriabin y Nikolai Rimsky-Korsakov, ambos sinestésicos confesos a quienes la tonalidad de Re les parecía de color amarillo brillante. Rachmaninov se mostraba escéptico al respecto, pero Rimsky-Korsakov le hizo un comentario revelador acerca de su propia obra: en una escena de la ópera El caballero avaro, cuando uno de los personajes abre un cofre lleno de oro,  Rachmaninov musicaliza el fragmento con el acorde de Re Mayor. Para Rimsky-Korsakov, Rachmaninov relacionó de manera inconsciente lo dorado del oro brillante con la tonalidad de Re Mayor.

Sin embargo, no parece que Rachmaninov haya sido sinestésico y, por lo tanto, lo anterior sería una mera coincidencia curiosa. Además, nunca hay una correspondencia rigurosa entre los colores que cada sinestésico asigna a las distintas tonalidades musicales. Entre los mismos Rimsky-Korsakov y Scriabin había diferencias sustanciales, sólo coincidiendo respecto a Re Mayor.

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El caso de Scriabin es especialmente interesante, pues su personalidad no era menos que exótica. Además de afirmarse capaz de percibir tonalidades musicales asociadas con colores, decidió inventar un instrumento que transmitiera su experiencia sinestética: una especie de órgano que, en lugar de producir notas musicales, proyectaría colores de acuerdo con la asociación del compositor. No satisfecho con ello, Scriabin incorporó su asociación de colores y tonalidades a la teoría mística que profesó durante su vida, con influencias tan variadas como Nietzsche y la teosofía. Scriabin planeaba incluir dicho instrumento en su obra culmen Mysterium que, según los planes del compositor, debía interpretarse a los pies del Himalaya durante una semana completa, seguido por nada más y nada menos que el fin del mundo y el surgimiento de una nueva raza que reemplazaría a la humana. Sin embargo, Scriabin murió antes de completar la obra y ésta no se llegó a interpretar de acuerdo al plan original de su autor.

Otro caso curioso de sinestesia musical es el de Oliver Messiaen, compositor francés que incluso llegó a incluir en sus partituras indicaciones acerca del color que debía intentar transmitir el director de la orquesta que interpretara su obra. Al igual que Scriabin, Messiaen profesaba algunas creencias filosóficas y religiosas que guiaban su trabajo como compositor. Un rasgo particular de Messiaen era su ferviente catolicismo, que se manifiesta en toda su obra: prácticamente todas sus composiciones poseen un carácter religioso y místico de corte católico, con excepción de aquellas que versan sobre un tópico algo menos trascendente: los pájaros. (Messiaen era un apasionado ornitólogo.)

Expresándose acerca de su obra más conocida, el Cuarteto por el fin de los tiempos, Messiaen caracterizó el color de la música como azul-anaranjado. Como ejemplo de su asociación sinestésica entre colores y tonalidades tenemos el siguiente fragmento de su pieza para piano Catalogue d’oiseaux. La partitura incluye una de sus muchas menciones al color de la música, como indicaciones para guiar la interpretación de quien la ejecuta o dirige.

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La progresión de acordes que Messiaen realiza en esta obra, junto con las indicaciones que incluyó, pretenden transmitir al oyente la impresión sensible de una puesta de sol con tonos rojos y púrpuras, así como el canto de los pájaros mientras el sol se oculta, en específico el canto del carricero común (Acrocephalus scirpaceus, para los que como Messiaen les interese un tema tan aburrido como la ornitología)

Queda como tarea personal de quien lee el decidir si la música de Messiaen o Scriabin logra despertar los estímulos neurológicos correspondientes a los colores que ellos mismos asociaban con cada nota. O tal vez las habilidades sinestésicas de estos personajes no eran más que otra de las muchas excentricidades propias de los artistas, entre las que se incluyen la fascinación casi patológica por los pájaros y la convicción de que el fin del mundo llegaría después de hacer música en el Himalaya.

*Portada y adaptaciones de diagramas: Pilar Gómez

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