La rosa de Guadalupe es ese programa que siempre se nos viene a la mente cuando pensamos en la poca o nula calidad que nos ofrece el repertorio televisivo nacional. Los diálogos son malos, las actuaciones tienden a ser forzadas y la trama repite una fórmula monótona cada capítulo.

Aparte de estos defectos, hay algo de fondo que nos resulta chocante de La rosa de Guadalupe: por más que nos parezca o no, La rosa de Guadalupe es un retrato de cierta parte de la sociedad mexicana.

Gracias a la cercanía con los Estados Unidos y la globalización de la información, la juventud mexicana se ha visto bombardeada por series estadounidenses. El que quiera saber que está de moda habla de Daredevil o Better Call Saul. Lejos quedaron atrás los días en que la familia se reunía a ver El Chavo o que la telenovela del 2 era el tema de conversación en las mañanas.

Desde hace tiempo, las series estadounidenses han tomado un giro hacia la complejidad moral: los protagonistas de las series son antihéroes que pierden los valores establecidos porque se han dado cuenta de que el sistema de valores difícilmente corresponde con la realidad. Walter White, Tyrion Lannister y Don Draper son sólo algunos ejemplos de este tipo de protagonistas.

Esto evidentemente contrasta con la moralidad de La rosa de Guadalupe. Cada capítulo tiene una fórmula que recuerda a las sitcoms de antes de los 90’s: cada capítulo termina con una moraleja. En La rosa…, el conflicto se desenvuelve cuando uno de los personajes abandona el camino de la moralidad: Arturito prueba una nueva droga, Marianita queda embarazada, Chuchita es acosada en Facebook por un depredador sexual, etc.

Es de destacar que la gran mayoría de los capítulos de La rosa están dirigidos justamente a la juventud mexicana, a la que advierte de los peligros del mundo actual. Las drogas, las redes sociales y la libertad sexual -nos advierte La rosa-  son seductoras, pero conllevan peligros que más vale evitar. Esto no puede oponerse más al mensaje que nos brindan las series estadounidenses. Mientras que éstas tienen como fin lograr que el espectador empatice con un personaje que no comparte los valores del grueso de la sociedad, La rosa de Guadalupe es moralizante: su fin es conseguir que los disidentes compartan los valores que rigen a la sociedad, advirtiendo los peligros que conlleva el tener valores diferentes.

Lo que es peor: justo el punto de La rosa es que nuestros problemas no pueden ser resueltos por nosotros mismos: dependemos de la providencia de nuestra Morenita de Guadalupe para llevar nuestras vidas a buen puerto. El individuo no es el factor determinante de sus actos: es un hijo pródigo que siempre tiene que ser salvado por su madre.

La visión de La rosa de Guadalupe es la visión que el mexicano promedio tenía hace un par de décadas. El programa se ha convertido ya en un anacronismo, en una visión del mundo que ha quedado estancada en el pasado y que trata de evitar lo inevitable: la disolución en la pluralidad de valores  contrastantes que nos presenta el mundo globalizado.

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