Foto: Yaoqi Lai via unsplash.com

Posiblemente  la nuestra es la era  más obsesionada con la comida: “realities” de competencias de chefs, programas de cocina, pequeños clips de recetas rápidas en Facebook, fotos de postres en Instagram, artículos sobre los componentes de los alimentos, vídeos y “gifs” de platillos excéntricos…

 Con este  centenar de contenidos relacionados con la comida  en toda especie de medio, viene también  un bombardeo constante de programas de ejercicio, “realities” de retos físicos con hombres y mujeres  de cuerpos atléticos, o su caricaturesco contrario, los concursos para bajar de peso. Infomerciales con miles de artilugios o pastillas para bajar de peso, clips con rutinas de ejercicio en Facebook, vídeos de accidentes divertidos en los gimnasios en Youtube, cientos de fotos en ropa deportiva en Instagram que han hecho de los “yoga pants”  parte del vocabulario del día a día. A la cultura obsesiva de la comida de nuestros tiempos, le acompaña la cultura del gimnasio (espacio cada vez más común cuyas sucursales proliferan como las bacterias que se encuentran en el sudor de sus usuarios), y ésta no es más que una prolongación del verdadero acompañante de la obsesión por la comida: la búsqueda por la delgadez.

Así como se estimula mediáticamente al consumo desenfrenado de alimentos, también se estimula a sobre manera la delgadez. Proliferan dietas tan rigurosas que toman el carácter de terrible sacramento.  El mundo desarrollado tiene la misma fuerza aplicada al consumo como a la dirección opuesta del ayuno.

Ningún ayuno tan excesivamente diligente como el de la anorexia nerviosa, problema que ataca con mucha mayor frecuencia a mujeres (por esta razón me referiré con pronombres femeninos al respecto). La anorexia nerviosa y la bulimia son conductas relativamente nuevas y que son herencia de una cultura obsesionada con la delgadez. Bajar de peso es una meta que estoy casi seguro que incluso tú persigues. Meta que de suyo no es necesariamente maligna y que normalmente está motivada por cuestiones de salud pero cuyo contagio puede llegar a extremos terribles para la salud. Lamentablemente las acciones más saludables y las menos saludables tienen la misma motivación: estar más delgado.

Según René Girard,  antropólogo francés y autor de múltiples obras dedicadas a la imitación como eje de la conducta humana, los primeros ejemplos de la obsesión por la delgadez se remontan al siglo XIX. Fue Isabel de Baviera mejor conocida como Sissi, Emperatriz de Austria y esposa de Francisco José I de Austria, quien estableció los valores femeninos prototípicos para el siglo XXI. La vida de casada y de madre la hacían miserable, por lo que buscaba una identidad propia y desobligada de cualquier responsabilidad ceremonial (algo que luego se convertiría paradigma del individualismo contemporáneo). Encontró su principal pasatiempo  en un tipo especial de culto al cuerpo. Eugenia emperatriz de Francia, esposa de Napoléon III, era gran amiga suya y siempre que la carrera de sus respectivos cónyuges las unía buscaban retirarse a un cuarto privado para poder comparar sus cinturas, competencia que llegó a ser conocida por el resto de las damas aristocráticas que las admiraban.  Esta competencia provocó que el cuarto de Sissi fuese condicionado para poder hacer ejercicio dentro de él, paralelamente se sometió a una dieta de pescado hervido y frutas. La competencia entre las emperatrices contagió al resto de las damas que admiraban su belleza, elegancia y excentricidad única.

Girard nos hace ver que no es ninguna coincidencia que las primeras descripciones clínicas de anorexia, redactadas por Louis-Victor Marce en 1860, fueron hechas al poco tiempo de la gran influencia de Sissi y Eugenia. En ese entonces la anorexia era vista como una enfermedad que atacaba a la clase alta únicamente. Poco a poco la imitación alcanzó  primero a la clase media tras la Primera Guerra Mundial, y después al resto de las clases.

La anorexia contemporánea afecta un amplio rango de estratos sociales. Los grados a los que puede llegar el ayuno anoréxico sólo se asemejan a la diligencia religiosa de los monjes ascetas. Sin embargo ninguna religión jamás ha impuesto este tipo de privación tan grave a ninguno de sus adeptos. Nosotros podemos entender la compulsión por bajar de peso ya que es una meta que secretamente es nuestra también. Pero ¿quién tiene la culpa de este fenómeno? Y si no es culpa, entonces ¿de dónde nace esta conducta? Hemos agotado todo para buscar a un culpable: la sexualidad, las clases sociales, la tiranía del hetero-patriarcado o los ominosos medios.

La mentira se cuenta así. Las mujeres de hoy viven en un espacio que ellas deben de determinar: el individualismo contemporáneo nos dice que si estamos satisfechos con nosotros no debemos buscar fuera de nosotros nada, incluso lo que falta debe de buscars dentro de uno mismo. Pero cuando nos damos cuenta de que no somos los número uno en nada, nos sentimos perdidos en la multitud. En lo que amamos o queremos siempre hay alguien superior, en su aspecto físico, en inteligencia, en poder económico y en estos días: en delgadez.

Parte del delirio de la anorexia o de la mentira de la anorexia es que se piensa que es para uno mismo. Se llega a terribles extremos por nosotros mismos y para la consolidación de nuestra identidad y la relación que ésta tiene con nuestro cuerpo. La anoréxica ve en su proyecto algo extremadamente íntimo pero no se da cuenta de que no lo es en lo absoluto. Ella está vertida en el reconocimiento de los demás, de sus modelos, de otras competidoras parecidas a Sissi y Eugenia.

Su individualidad, su libertad radical la traiciona y la esclaviza a la opinión de los demás. Hoy más que nunca, cuando la opinión de los demás es tan accesible en las vibrantes redes sociales, y cuantificable en “likes” y “follows”.

Contrario a lo que la etimología de anorexia indica (sin apetito), una mujer anoréxica tiene un apetito: un deseo inquebrantable que está por encima de sus necesidades más básicas. Este deseo de centrarse en ella misma es indistinguible de fijarse en los demás. Tiene un apetito insaciable de comparación y reconocimiento ajeno. La publicidad tan comentada  y demonizada (que sin duda alguna es parte de este fenómeno) realmente responde a estos nuevos absolutos de la obsesión por la comida y es por esto únicamente que es tan efectiva. Alude a lo más básico de nuestras conductas miméticas.

No existe ni en las anoréxicas ni en el resto de la humanidad un deseo original o espontáneo, siempre imitamos, y eso no se admite orgullosamente. La anoréxica imita e intenta superar modelos publicitarios o mediáticos de manera más radical. De manera similar al rechazo hípster de lo popular, la anoréxica “rechaza” la obsesión actual por la comida pero al hacerlo sólo remarca la obsesión que ella misma tiene respecto a la alimentación.

Esterilizamos la anorexia y la bulimia con términos médicos pero son parte de nuestra cultura hoy, y una evolución cultural alimenticia que encontró un nicho especial en muchas mujeres. Sin caer en una cacería de brujas respecto a quien es culpable y por qué las mujeres son especialmente afectadas, estas reflexiones deberían servirnos a nivel personal  para preguntarnos cómo hacemos nuestra esta cultura de la obsesión de los alimentos.

No para dejar de comprar agua embotellada como si fuese un producto dietético que acompaña nuestras rutinas en el gimnasio y nuestros “stretch pants”, pero para no quedar sin apetito.

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