La clasificación de “soprano dramático” me parece insuficiente cuando se trata de ubicar a Sonia Solórzano, haría falta incluir: poderosa e imponente, por mometos muy cómica y siempre eficazmente expresiva. Ella es una de las cantantes fundadoras de Voz en Punto, un ensamble vocal a capella que es una de las agrupaciones mexicanas más reconocidas a nivel internacional por su alta calidad interpretativa y creatividad musical, ganadores de la Medalla Mozart otorgada por la Embajada de Austria y dos veces triunfadores en la Tribuna de la Música Latinoamericana CIM/UNESCO, por ejemplo. Sonia, cuya versatilidad le hace posible  cantar con la Orquesta Sinfónica Nacional en el Palacio de Bellas Artes, con el Mariachi Vargas de Tecatitlán o con la Marimba Nandayaba, ha recibido críticas positivas de Ward Swingle, vocalista de The Swingle Singers, los medios alemanes Höchster Kreisblatt, Kultur-Fächer y el ensable británico The King´s Singers, uno de los mejores ensambles vocales del mundo. En esta entrevista nos relata con mucha gracia y honestidad el proceso de vida que la llevó a convertirse en la gran artista que es hoy.

Liz: Sonia ¿Cómo fué que descubriste que tenías ese vocerrón y tanto talento interpretativo? 

Sonia: Nací en la colonia Clavería en una familia disfuncional, siendo la mayor de cuatro medios hermanos en una clásica y gregaria “tribu”, para bien y para muy mal, pero eso sí, llena de música, pintura y arte en general. Fué mi madre la que sembró en mí la semilla de la búsqueda de la expresión a través de lo que fuera y  claro, yo escogí el arte: la música.

A los 8 años empecé a tomar clases de piano pero tuve un accidente que afectó uno de los tendones del dedo índice de la mano derecha. Mi maestra de piano, “viejita loca”, me dijo que era imposible que yo tocara el piano algún día (cosa que no fue cierta, ya que llegué a tocar a Chopin, Schubert, etc.) y fue por esto que descubrí mi voz a los diez años. La Malagueña se volvió un éxito en toda reunión familiar donde impactó mi canto no solo por el volumen y sonoridad sino por la manera de sentir la música.

Liz: ¿Cuándo decidiste abrazar tu vocación de cantante? 

Sonia: Desde niña quise ser cantante, a los 14 años decidí pensar y meditar acerca de mi vida ¿Qué podía hacer? No tenía dinero, en muchos aspectos era pobre, estábamos atravesando por una crisis ocasionada por el anhelado abandono de mi padrastro –Me dejas fría, hijo– le diría mi madre. Después de aquel año tomé la firme decisión de seguir estudiando, siempre fui buena alumna, de 9 y 10. Busqué cantar, pintar, actuar, escribir y llevarlo hasta sus últimas consecuencias.

Ya en la secundaria empecé a vivir lo que yo quería. Mi maestro de música descubrió mi voz y fuí la solista del coro. ¡Ah, pero no cualquier solista! Era Sonia Solórzano, conocida por toda la escuela porque en cada ceremonia importante cantaba el himno nacional, aunque estaba más preocupada por mis zapatos agujerados que por la música. Sonia Solórzano: la protagonista de todas las obras de teatro, ganadora del primer lugar nacional a nivel secundaria como mejor actriz. ¡Ándale! ¿Cómo ven? Además de todo esto,  se me ocurrió leerle la mano a una amiga para encontrar el anillo que su mamá había perdido, pues total, que lo encontró  gracias a mi “experimentada quiromancia” ¡Órale! Todo empezó como un juego y después se conviertió en una aguda sensibilidad para acercarme a mi mayor pasión: el ser humano, sus emociones y pensamientos. Fui muy famosa, a tal grado que toda la escuela coreaba mi nombre después de interpretar un solo en el coro.

Después, en la preparatoria, reafirmé en todos los sentidos la decisión de ser artista. Es allí donde descubrí el poder que tiene sobre mí el teatro y mi voz como medio para acercarme y tener influencia en el ambiente que me rodea. Al mismo tiempo que era líder y alumna destacada me sentía sola. Me dí cuenta que en mi mundo solo existía yo, con todos mis sueños solo para mí, ni un hombre cerca, ni un padre, ni un abuelo, ni un verdadero hermano,  todo era de mí para mí. Eso me empezó a dar miedo, conflictos con mi madre, mis hermanos y las 5 familias que vivíamos juntas: ¡zona de Guerra! ¡Sálvese quien pueda y como pueda! Desde pelear por territorio o por víveres indispensables para sobrevivir –¿Quién se comió el jamón? ¡Caray, era medio kilo!– Hasta luchar día a día por recursos para salir a enfrentar la vida buscando el clásico “boletito del metro”, mínimo para poder llegar a la escuela. Ni hablar de zapatos y ropa, que a mí ni regalada me caía, ya que las dimensiones de mi pie y cuerpecito no eran muy comunes. Típico que hasta del monedero de mi madre sacaba culpas y unas cuantas monedas para largarme soñando no volver jamás, y así regresaba a casa con la insistente preocupación del “boletito del metro”.

Y qué decir del material de la escuela, tenía todo el material de artes plásticas ¿Quién dice que los milagros no existen? –Por instrumento musical ni te preocupes, aquí esta la enorme pianola–decía mi madre. Sí, el piano en medio de la sala como iluminado por una luz de desahogo y esperanza entre todo el caos de plena guerra.

Una mañana decidí ser cantante, estudiar en la Escuela Nacional de Música de la UNAM (ENM). Mi madre me dijo: “Hasta aquí llegué, no puedo más,  no tengo de dónde, si quieres seguir estudiando va por tu cuenta…” ¡Órale, que fuerte! Pues sí, fue por mi cuenta, a trabajar y estudiar. Fui taquillera de un teatro, trabajitos aquí y allá disque de actriz, disque de maestra, pura seguridad que yo tenía. Ahora me río, pero logré sacar para el “boletito del metro”;  las tortas y el refresco; ¡ah! y también para el altero de fotocopias de la música que tenía que estudiar.

Liz: ¿Cómo fue que nació Voz en Punto?

Sonia: Todo tiene su recompensa y llegó la mía. Fue en la ENM donde encontré el amor, el hombre de mi vida, la parte de mí que esperaba: un muchacho con un talento extraordinario, José Galván. Parecía que ya nos conocíamos, nos miramos y ya sabíamos todo lo que viviríamos juntos pocos años después. Dos locos por la música, un volcán de sentimientos a punto de estallar, largas horas de camino al Metro General Anaya, que más tarde se convirtieron en largas horas de estudio verdadero y largas horas de “estudio” en el cuarto de azotea de su departamento de la Roma Sur (eso sí con colcha y almohada, para más comodidad) Esa era nuestra fuerza para seguir adelante con nuestros sueños, José Galván y Sonia Solorzano forman una sociedad fuerte y tenaz, primero grandes complices y después de diez años: esposos. ¡Ya era justo! Como buenos empresarios decidimos ahorrar capital y  vivir en un solo departamento, era lo correcto.

Voz en Punto, el Ensamble Vocal de México fué nuestra fábrica de sueños, nuestra mejor carta, la reina del ajedrez que nos enfrentaba a la  diaria competencia. Primero ganamos nuestro propio reconocimiento y luego el de la gente que nos rodeaba.

–¿Qué estudian?– Nos preguntaban.

–¡Música!

–Sí, sí, pero ya en serio ¿Qué estudian?– ¡Avanza la ignorancia!

Estuvo muy cerrada la competencia pero Voz en Punto ganó. Para mí acabó la guerra y reinó la paz. En esta nueva etapa de mi vida la noticia culmen llegó con los resultados positivos de la prueba de embarazo: saltos, gritos y ansiedades cuando pensaba: ¡estoy embarazada! Necesité muchos cuidados  para poder seguir cantando  junto con mi bebé, una dieta rigurosa, mareos, ascos, todo eso pasó muy rápido. Las caminatas, escaleras, ensayos y conciertos poco a poco se hicieron más pesados, pero la alegría de sentir dentro de mí a ese ser pequeñito me animaba a seguir adelante y, aunque ya tiene 10 años, sigue siendo mi bebé y me sigue animando a seguir cantando. Todo se logra, lo que piensas se convierte en realidad. ¡Amo la vida, cuando canto lo estoy gritando!

Comentarios