Foto: Ryan McGuire de Gratisography

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Nicole cobra conciencia de sí misma. Está en la escuela, sus medias pitan. Sí, emiten un sonidito. Nicole se siente avergonzada, porque todas sus compañeritas la miran  molestas: sus medias no dejan de pitar. De repente, Nicole se encuentra en Periférico, la enorme vía que casi rodea todo Guadalajara, y está viendo pasar los carros, esperando la ocasión de pasar. Sus medias siguen pitando. Siente algo peludito tocar sus dedos. Voltea hacia abajo y un conejito erguido en dos patas le ha tomado de la mano, no le dice nada, pero sus ojitos brillantes como canicas parecen pedirle ayuda para cruzar la calle. Las medias pitan. Nicole y el conejito se preparan para cruzar. Nicole despierta.

No puedo dejar de encontrar simpático y creativo este sueño que mi prima me relató hace más de quince años. Para mí, es un reflejo perfecto del carácter ocurrente que manifiesta su otra mitad, la consciente, la que convive con nosotros día a día.

Las imágenes que formamos en sueños son exóticas, sin filtros, fascinantes y primitivas. En los sueños perdemos el miedo de formar combinaciones infinitas de posibilidades. De día, al acto consciente de formar representaciones mentales de experiencias del pasado, de lo que nos gustaría que hubiera sido el mismo, de lo que deseamos o tememos, de lo que proyectamos para el futuro, a veces lo llamamos soñar despierto. Otra manera de llamar a la imaginación.

El ingenio humano que se refleja en inventos, aparatos, sistemas, construcciones y obras de arte existió primero como una imagen mental en la cabeza de alguien. La imaginación, tema que exploraremos este mes, es precursora de la creación. ¿Hasta qué punto puede la imaginabilidad llevar a la posibilidad? La respuesta es infinita. IMG_1086-1.PNG

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