Ilustración de Fernanda Ballesteros

−¿Dónde has publicado?

−En dos sitios de internet y en mi blog.

−¿Es todo?

Balbuceé en un chapuzón de excusas: las letras no dan para comer, trabajo en otras cosas, bla bla.

−Ése es el problema de los escritores, que no se pueden dedicar a escribir porque no se ganan la vida. Hay que apoyarlos.

En pocas palabras con su acento regio me platicó que a los 13 años leyó 6 veces la enciclopedia para venderla y así ayudarle a su papá que pasaba por una crisis económica. Su hermano y él rompieron récords nacionales en ventas. Fue por medio de la lectura que encontró su pasión y ahora él es uno de los poquísimos empresarios que apoya la literatura mexicana.

Me explicó que como amigo de mi familia (aunque era la primera vez que lo veía) me iba a ayudar a encontrar una oportunidad de trabajo como graduada en maestría de Literatura. Por ejemplo, un puesto de profesora en la Universidad de Nuevo León y/o en la biblioteca Alfonsina.

Y a la nena apegada al novio y estrenando depa no se le antojó moverse de la capital. Agarra la oportunidad con el índice y el pulgar, la hace bolita y la tira por la ventana cerrada. El papel arrugado queda frente a ella para recordarle la decisión que hizo con ojos pegados con cinta scotch, oídos volteados y lengua torcida. Aún así, me dio segunda breva.

−Arréglate bien porque mañana va a estar la crema y nata de la cultura en México. Vamos al homenaje a Eraclio Zepeda en Bellas Artes. A ver qué oportunidad te sale. Te voy a presentar como mi sobrina.

Peinada en el salón, vestido de terciopelo y espalda derecha. Llegué antes que él y ahí andaban sentados en el café de Bellas Artes el presidente de Chuchucutá de la Cultura, el renombrado Chunganito de Tal, un señor en conversación profunda con un libro ignorando las voces más ruidosas a su lado de dos periodistas a media entrevista con alguna celebridad literaria de cuyo nombre tristemente ignoraba.

Mi nuevo tío llegó con su asistente casi al mismo tiempo que nadie más y nadie menos que el que conocemos como el Peña Nietito, el gobernador de Chiapas. El asistente de mi tío, un erudita con tres doctorados, había trabajado en Bellas Artes, se las sabía de todas, todas, y nos llevó (el “nos” incluye al gobe y a su flota) por pasillos secretos y salas de pisos administrativos. Después de algunos pasos por la zona misteriosa del edificio art decó, nos hicieron la seña de “más allá sólo los importantes”. Dimos la media vuelta el asistente y yo y nos fuimos a la sala del evento.

Me senté donde fuera y al lado de mí, un barbudo con lentes y aspecto artistón. Crucé tres palabras y le había atinado, un director de cine. Entre indirectas lo dirigí a la acción de pulsar el botón azul para agregarme a Facebook y fortalecer un poco mi red de contactos.

Volvió mi tío de su reunión express y me cambiaron a la zona que llamaríamos VIP, quedé en segunda fila casi al centro, justo atrás del Peña Nietito. El video sobre el escritor fallecido iluminó el rostro del público y dio inicio oficial a la ceremonia.

Entre los cercanos al homenajeado estaba Jaime Labastida, amigo desde la niñez. Labastida es de esos que en la biografía de Wikipedia le ponen tantas funciones buenas que te da envidia/coraje (tú con llegar a tener un wikiartículo te sentirías omnipotente y éste presumiendo ser experto no en una, sino en cinco profesiones: poeta, periodista, ensayista, filósofo y académico mexicano). Habló con el alma sobre el fallecido y con sus palabras nos picoteó los ojos a los asistentes y nos adentró en su nostalgia.

Menos a los políticos. El gobernador de Chiapas y su amiguito, sentados al centro de la sala y en primera fila, a pocos metros de la viuda desamparada, y sin un gramo de vergüenza rompieron la barrera del silencio para contaminar la sala de un susurro demostrativo de la rectitud y de la educación de los que rigen el país.

Xavier Lozoya, químico investigador desconectado del arte, fue el rey del micrófono. Nos arrancó risas, nos llevó a conocer a un expresidente, nos dibujó la amistad con Eraclio independiente de ambos mundos.

Cuando le tocó hablar a Elva Macías, la esposa poeta, agradeció a mi tío por hacerse cargo de la biblioteca de su marido. Él la compró para convertirla en un acervo cultural a la mano de los chiapanecos como lo hizo con la colección de Fernando Benítez en Monterrey. Los niños regios lloran al perder el concurso de ir a conocer la biblioteca del tío Jorge denominada como Fundación Dr. Ildefonso Vázquez en honor a su papá. Los alumnos estrella llegan a un espectáculo de esculturas, de bailarines indígenas, de libros y libros.

La ceremonia terminó para dar pie a una cena en un restaurante inglés. Una mesa redonda volaba entre el candelabro, la alfombra y las paredes tapizadas.  Diez sillas pesadas con espalda alta y reposabrazos garigoleados enmarcaban al tío Jorge, a la champagne rosada y a mí.

−Platícame algo, a ver, ¿qué le voy a decir a tu papá que me contaste?

Mientras tanto, me enseñó la revista de empresarios ejemplares de Nuevo León donde salía él como impulsador de la cultura. Salían fotos de la biblioteca en Monterrey, la motivación de mi tío para apoyar la cultura, su vida laboral.

Llegaron los invitados: la viuda de Eraclio Zepeda, la hija con la respectiva hija y el marido, dos amigos de la familia y el senador de Chiapas. La poeta nos hizo transportar en el tiempo y en lo que admiramos de lejos entrañables como amor verdadero. Elva no tenía ni 20 años cuando se casó a escondidas con Eraclio y se fue a China con él por diez años. Sólo se mandaba cartas con su hermana. Ya de vuelta en México, con una niña de ocho años, su papá ni siquiera la reconoció al instante cuando la vio en casa de un familiar.

Eso es lo que pasa cuando dos poetas se enamoran: se casan a escondidas y se fugan de su realidad para crear su propio mundo entre la pasión y lo exótico, elementos oportunos para bajar la musa, sentarla al lado y escribir versos. Naturalmente, tienen una hija artista también, pintora, para variar en las representaciones de las emociones humanas dentro de la misma familia.

La velada pasó entre cortes de carne de nivel superior, vino, los relatos sobre Eraclio de la hija artista, los planes sobre el proyecto del acervo de Eraclio, la transformación próxima de la casa de los traviesos enamorados en Tuxtla Gutiérrez como sede de la biblioteca. Al final de la cena me mencionaron como parte del proyecto y se concluyó el objetivo de la noche.

Con el chofer fuimos a dejar a mi tío y luego al asistente. ¿Y a usted señorita, dónde la dejamos? Era jueves en la noche, era la hora de entrada al antro y ya venía precopeada y bien comida. Me dejaron frente a la puerta del bar dos coches negros, un guardaespaldas del coche de atrás me abrió la puerta frente a las bocas abiertas de mis amigos que me veían llegar con el estilo del tío Jorge.

   

Comentarios