Foto: Ismael Nieto via unsplash.com

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El derrocamiento del derecho materno fue la “gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo”. El hombre empuñó también las riendas de la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción (Frederich Engels).

Para nosotros, la monogamia es la estructura familiar tradicional, que además posicionamos como un deber en nuestra vida: ‘encontrar nuestra media naranja’. Quizá no nos percatamos de que, en el fondo, ello pudo haber tenido un oscuro origen. En primera instancia, los sufrimientos de la mujer a lo largo de la historia, su primera sumisión, podrían atribuirse a la institución de la monogamia y al origen de la familia.

Al menos así lo planteó Frederich Engels en  El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, al exponer las evoluciones sociales del hombre prehistórico. Engels habla de cómo el hombre se volvió un ser reducido a términos de producción y trabajo. Así, tal cual, el hombre sería su trabajo, lo que pueda producir con él y nada más. Según la teoría comunista de Engels, la mujer se volvió propiedad privada –o bien, artículo de la casa –  debido al trabajo del hombre. Es claro que el asunto es ruidoso.

Entonces, ¿qué tanto la monogamia y el origen de la familia ‘tradicional’ se pueden considerar como la primera sumisión de la mujer? Y ¿qué trato se le debe dar a la monogamia, a la familia y a la mujer en la sociedad actual? Si decimos que el trabajo del hombre y la propiedad privada han hecho de la mujer un simple artículo del hogar, entonces la monogamia ha sometido y degradado a la mujer. Podemos agregar que esto representa un arma para que las feministas radicales pretendan erradicar la monogamia e inclusive a la familia.

En cambio, si la monogamia ha colocado a la mujer en un estatuto prodigioso, encargándose de la casa y así preservando de alguna manera la sociedad, entonces la monogamia y la familia han beneficiado a la mujer. De este modo, tendríamos que limitar a las mujeres de cierta forma, a permanecer en aquel estereotipo. Por otro lado, si el papel de la mujer frente al del hombre no se ve afectado por la monogamia, la discusión terminará allí y deberemos preguntar, ¿Qué fue lo que propició una sumisión a la mujer a lo largo de la historia? Pues la sumisión es un hecho y un supuesto del que parto aquí, pues dudo mucho se pueda negar.

Aquí, la transición de los esquemas primitivos y comunales a los ‘tradicionales’. Engels elabora una teoría histórica que afirma que la organización de las primeras sociedades era comunista. En otras palabras, absolutamente todo era de todos y no había tal cosa como ‘tu cerveza’ y ‘mi café’, sino que puedo yo también beber de ‘tu’ cerveza cuando me pegue la gana y tú puedes tomar de ‘mi’ café. Esto sucede inmediatamente después de que el hombre deja de ser nómada. El hombre maneja ya la agricultura y se ve dispuesto a permanecer asentado en determinados territorios. Hasta fabrica chozas para vivir y todo. Al igual que el resto de las cosas, las relaciones sexuales también eran comunales: nada de  ‘tu’ novia y ‘mi’ pareja. Un hombre podía tener tres o más parejas sexuales y, así mismo, la mujer podría tener tres parejas o las que se quisiera.

Esto no representaba ningún problema para los hombres prehistóricos. Era sencillamente otro modo de organización. Si había que seguir un rastro de sangre, simplemente hacía falta  observar qué mujer parió cuáles hijos y así, sin más. Claro, el hombre no podía saber cuáles eran sus hijos, pero la  descendencia era fácilmente establecida  por línea materna y ésta  era la única reconocida.

La promiscuidad sexual llevó a la sociedad a convertirse en un matriarcado, transformando a la mujer en “la madre” de la tribu. Los hombres se regían como las abejas o las hormigas: el macho trabaja y queda asignado a la reproducción, mientras que la ‘hembra reina’ gobierna. A final de cuentas, en sociedades primitivas encontramos un cierto culto a la fertilidad representada por una forma femenina: esculturas de hace miles y miles de años, pertenecientes seguramente a pequeñas tribus.

¿Pero qué pasa cuando la tribu se establece en un territorio, donde los hombres trabajan diferentes campos obteniendo diferentes producciones?

Según Engels, el varón se ve inclinado a dejar sus campos de cosecha y sus bienes a alguien después de su muerte. Hoy en día sucede lo mismo: muchos altos directivos piensan dejar su empresa en la familia. Los mirrreyes dan por sentados que su papi les va a dejar la empresa y no tienen que echar una pizca de esfuerzo. En fin, la sociedad actual no es el tema. Los varones no pueden tener legado sanguíneo debido a la incertidumbre provocada tras la promiscuidad. No teniendo una línea certera de sus hijos, el hombre se da cuenta que con su muerte todo su trabajo irá al traste.

La incertidumbre ante la muerte hace que todos los humanos tengamos un poderoso deseo de trascendencia: el que algo verdaderamente nuestro se preserve en la existencia más allá de nuestra corta vida. Algunos lo buscan en los hijos, en la religión y en nuestro trabajo.  Pero quién sabe si el hombre primitivo tenía algo como trascendencia religiosa y ya se vio como no tenía reconocimiento verdadero de sus hijos. Tampoco su trabajo era reconocido por alguien porque los bienes eran comunes a todos. Todo esto llevó a un parte-aguas de la humanidad.

La mujer se ve arrastrada por la fuerza del hombre a volverse ella misma una propiedad privada al igual que los campos. De este modo, dejando a la mujer asignada a la casa y privada del contacto sexual con otros hombres, el varón asegura la línea sanguínea. La mujer –siguiendo la teoría de Engels – se ha configurado a lo largo de la historia gracias a esta primera sumisión y se ha visto alejada del trabajo, de la vida pública e incluso de algunos ritos religiosos. Estas son sólo algunas restricciones que se le han impuesto, sin mencionar la violencia con la que se le ha amenazado.

Para Engels, la mujer de su tiempo (s. XIX), encontrada con cierta comodidad en la casa, posee una posición significativamente inferior a la de aquella mujer perteneciente a la barbarie, “que trabaja de firme, se ve en su pueblo conceptuada como una verdadera dama y lo es efectivamente por su propia posición”. El sistema matriarcal poco a poco evolucionó en el patriarcado de la civilización que ya todos conocemos. La monogamia aparece claramente como el factor que trae la “esclavización” de la mujer por el varón y no como un acuerdo entre ambos sexos. Quizá, si aceptamos la teoría de Engels, las mujeres deberían buscar restablecer su auténtica posición en un matriarcado en donde la promiscuidad se dé a la vuelta de la esquina.

El esquema comunista de Engels es excepcional y tiene una gran fuerza explicativa. Si hubiera de objetar algo, sería su reduccionismo de fenómenos sociales a meros términos de producción. Sin embargo, me parece que esta objeción no es suficiente para hacer caer la teoría. Y es que no es fácil asegurar que el hombre no sea, en el fondo, más que su trabajo.

Quizá debemos aceptar el relato de Engels: la monogamia tiene que ver con la sumisión de la mujer. No nos es permitido hacernos de la vista gorda afirmando que la monogamia y el trato a la mujer han sido cosas distintas e irrelacionables a lo largo de la historia. Pero me gustaría decir que, si bien la monogamia ha propiciado la sumisión a la mujer, no  representa la total causante de esta.

La monogamia no es equivalente a todos los malestares de la mujer. Podríamos decir que su sumisión, en tiempos de la barbarie, era inevitable. Lo que gobernaba en dichos tiempos, era la ley del más fuerte (físicamente) y la mujer hubiera quedado – globalmente y en la mayoría de los casos –sometida por ello. Así mismo, debemos considerar todos los factores que pudieron dar pie al derrocamiento del matriarcado, a fin de que no se piense erróneamente que, eliminada la monogamia, queda eliminado el machismo o la sumisión de la mujer. Actualmente podemos dar prueba de que la monogamia no implica obligatoriamente que la mujer quede privada del trabajo público. Independientemente de si se crea o no en la monogamia como la forma familiar y social más adecuada, debemos asentar bases y dar a la mujer el lugar que le corresponde, con todos sus derechos a partir de sus capacidades que –históricamente se ha demostrado–,   no son para nada diferentes o inferiores a las del hombre.

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