Foto: Guilian Frisoni utilizada bajo licencia de Creative Commons

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Empezar a leer La feria (1967) de Juan José Arreola no es una tarea sencilla. No porque su estilo sea complicado -aunque su vocabulario, lleno de regionalismos, sí que lo es- ni porque la trama sea difícil de seguir, sino porque al hojear las primeras páginas del libro el lector se llena de incertidumbre. Y la incertidumbre es lo peor que le puede pasar a un lector: el no saber qué se está leyendo, cómo se debe leer y cómo interpretarlo paraliza a quien, al empezar una obra, busca encontrar un mensaje que le otorgue una nueva manera de interpretar la vida.

La feria  no es un libro convencional. La única novela que escribió Arreola en vida (y llamarla novela, también, es poco convencional) está dividida en 288 fragmentos que al parecer no tienen nada que ver, excepto que retratan la vida de los habitantes de Zapotlán, un pueblo al sur de Jalisco.

Los fragmentos no siguen una línea del tiempo rigurosa ni hay un personaje central reconocible. La mayoría se compone de soliloquios o diálogos, por lo que las descripciones escasean y la introspección psicológica de los personajes, propia del género novelesco, es inexistente

¿Cómo es posible, entonces, que podamos llamar a este libro novela? ¿Si hay tal desorden entre los fragmentos, podemos argumentar que el libro tiene unidad? ¿La totalidad de los fragmentos nos quiere dar un mensaje en concreto?

Es cierto que los fragmentos se componen de una variada tradición oral y escrita recopilada por Arreola. En la contraportada de la edición que poseo incluso se afirma que el orden en el que están puestos los fragmentos es completamente al azar ¿Por qué no, entonces, leerlo como se lee un libro de chistes, abrir el libro en cualquier página, leer un fragmento cuando se antoje y dejar el resto para otro día?

Lo genialidad de este libro radica en la capacidad de Arreola de presentarnos un texto tan dispar pero que en el desorden goza de unidad y sentido. Si bien es difícil de encontrar, el lector que preste atención encontrará con pequeñas similitudes y conexiones entre los fragmentos que a grandes rasgos esbozan una historia, aunque eso sí, plural y caótica.

Hay unos fragmentos que en su conjunto siguen una historia y que se encuentran salteados a lo largo de la obra, como los del zapatero y los de don Fidencio; otros que comparten la misma estructura y personajes, con el propósito de ofrecernos una situación humorística, como los del confesionario y los de Don Isaías; algunos que son únicos en toda la obra, y por último fragmentos de diferentes puntos de vista que comentan o nos brindan información novedosa de un mismo suceso.

Son estos últimos los que evidencian que La feria es un libro que se debe leer de cabo a rabo. Constituyen el esqueleto del libro y es en ellos donde se puede visualizar la trama principal. El resto de los fragmentos jamás o casi nunca se conectan con la trama principal. Esto no significa que no estén puestos ahí por ninguna razón.

La feria  no cuenta con un personaje central ni hay ninguno que cuente con todas las características que normalmente tiene uno: por ejemplo, el zapatero es el personaje que más aparece en el libro, pero su función está tan desconectada de la trama del libro que ni siquiera podríamos decir que es un personaje importante; en cambio, Don Abigail es un personaje que sí cumple una función importante para la trama, pero que apenas alcanza cuatro o cinco menciones en el libro.

Otra característica interesante que hace única a La feria  es que no cuenta con un narrador omnisciente. Casi todos los fragmentos son soliloquios o diálogos entre personajes, y en los muy pocos pasajes que están narrados en tercera persona se ve claramente que están contados por alguien que tiene un conocimiento parcial de los hechos y que nos narra a manera de opinión, por lo que se deduce que estos narradores son habitantes del pueblo de Zapotlán, insertos en el trajín de la ficción.

De esta manera, al negarse su capacidad como narrador, Arreola se imposibilita de tener voz en el libro. A través de las diversas  opiniones sobre el mismo suceso en el libro,  la desconexión entre fragmentos contiguos y la carencia de un personaje central Arreola nos presenta una pluralidad de maneras de interpretar la misma realidad. El centro de La feria no es un personaje porque a Arreola no le interesa presentarnos una visión monolítica de la vida, el centro de La feria es el pueblo.

Arreola logra algo muy valioso y que pocas veces se ha logrado con tanta maestría: retratar de manera tan abarcante la realidad de una población. La realidad que nos presenta se ve a través de varias ventanas, no es una realidad lineal: si bien hay un tema central, la fragmentación permite presentar una realidad más plural, no todo tiene injerencia  en el desenvolvimiento de la trama. Así como en Children of Men, en donde la cámara no siempre sigue al protagonista, sino que se detiene a retratar otros aspectos para retratar el mundo donde toma lugar la historia, Arreola está interesado en retratar para nosotros la vida de los habitantes de Zapotlán.

La fragmentación del libro le permite tocar a Arreola diversas instancias de una manera más flexible: a través de las desventuras del zapatero aprendemos de las técnicas y tradiciones de la agricultura del sur de Jalisco, a la manera de una novela costumbrista. Los fragmentos del confesionario nos dan muestra de pequeños sonetos típicos de la época, cargados de un humor que aligera la lectura del libro. Las intervenciones de Don Isaías son retomadas de pasajes bíblicos que reflejan la religiosidad de los habitantes de Zapotlán, etc. Ningún fragmento está de más: o refleja un aspecto de la vida del México rural, o contribuye a la trama principal del libro.

La escritura fragmentaria no sólo es una ventaja en cuanto a la construcción del mundo, también le permite a Arreola presentarnos información  necesaria para la trama de una manera más flexible. Sin mucho esfuerzo, por ejemplo, nos da el contexto histórico necesario para comprender las penas de los indígenas mexicanos rurales de la primera mitad del siglo XX, todo en las primeras cinco páginas: el primer fragmento nos muestra la evangelización de los indios en tiempos de la Nueva España, el cuarto los problemas que tuvieron los indios con la alienación de sus tierras producto de la Reforma en el siglo XIX y el quinto la ineficacia de los movimientos revolucionarios para regresarles las tierras a los indios.

¿Refleja La feria  algo universal acerca de la condición humana?

Si bien la lectura de esta obra es difícil para alguien que no sea mexicano y casi imposible para alguien que no tenga al español como lengua materna, esto se debe solamente al lenguaje que Arreola usa  (chagüiste, menosorquia, etc.) y a las referencias geográficas que hace, pero eso no significa que la condición humana que refleja no sea universal: la opresión del pueblo es un tema común a todas las civilizaciones. Aparte de universal, es magnífica. Los detalles que revela a través de los fragmentos separados de la obra principal detallan a grandes rasgos lo que es México. La novedosa manera en la que nos presenta estos rasgos y la cantidad de características que toca, aunado al tema principal del libro dan para considerar a La feria  como un libro que debe estar en el canon central de la literatura mexicana. Su lugar es  al lado de Pedro Páramo y las obras de Alfonso Reyes. Que ocupe un escalón menor es inmeritorio.

 

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