Foto: Lauren Peng via unsplash.com

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El arte es de muchas maneras, fundamentalmente un diálogo: entre lo racional y lo irracional; entre lo bello y lo horrible; entre lo finito y lo infinito. Pero es ante todo un diálogo entre creador y espectador: entre quién escribe y quien lee, quien interpreta y quien escucha, quien inventa y quien recibe. Ya señalaba yo esto algunos artículos atrás, citando la famosa definición que da Alfonso Reyes de la literatura: “un intercambio entre una postura activa y una pasiva”.

Admitir que toda pieza de arte, sea musical, cinematográfica, literaria, gráfica, “buena” o “mala”, es un diálogo entre la mente creadora y la mente receptora implica admitir que la manera en la que yo (o tu o Juan) recibe y adopta cierta pieza no es accidental. Importa. Es parte de lo que la constituye como obra de arte: pone en evidencia su poder de afectar.

Hasta aquí todo muy bien, pocos pensadores a lo largo de la historia del arte han disputado su poder de afectar al sujeto. En general, esta característica del arte se ha celebrado. Algunos, como los filósofos y poetas de la tradición romántica, han exaltado dicho poder hasta sus máximas consecuencias metafísicas: el  arte como el punto de contacto con el elusivo absoluto. Otros más comúnmente han defendido la posición del arte como una indiscutible fuente de beneficios morales. Poetas  de tan diversas épocas y  contextos como Petrarca, Shelley y Schiller, mantienen unívocamente que la lectura de los clásicos literarios impulsa hacia la virtud.

Pero admitir que el arte incide en nuestras vidas, que trae cambios, que mueve a la acción es una concesión mucho más escabrosa de lo que admitimos generalmente. Casi todos estamos listos para unirnos a Petrarca, Shelley etc. y brincamos ante la oportunidad de exponer  los muchos beneficios que hemos obtenido hasta de las obras de arte más triviales. Una amiga me contaba de una amiga que con toda la seriedad del mundo ideó un plan social cuyo objetivo era repartir copias de Harry Potter por los barrios más pobres de Monterrey, con el fin de asegurar que todo mundo tuviera oportunidad de gozar los beneficios de dichas novelas. Un breve paseo por la sección de comentarios de un video cualquiera de Taylor Swift o One Direction nos enfrentará con declaraciones impresionantes respecto de como la música del artista en cuestión “me salvó de la depresión, del suicidio, de la soledad”. Y así miles de ejemplos más o menos serios.

Lo que no estamos tan listos para admitir es el efecto contrario.

Porque es tan solo lógico concebir que si bien el arte (de cualquier tipo y calidad) puede “salvarnos” del aburrimiento, de la soledad, del vicio, de la depresión, asimismo puede “condenarnos”. Esta consideración es, al igual que la anterior, viejísima: ya Platón desterra de su ciudad ideal a los poetas cuyas obras pudieran incitar a sus ciudadanos a cualquier sentimiento de baja estampa.

No es que mi intención sea realizar una apología de la censura del arte que propugna Platón en la República. En lo absoluto.Pero me parece importante resaltar que, nos guste o no, el arte tiene el poder de afectar más allá de lo que el creador pretenda. Afecta de maneras nuevas, insólitas, impensables.  Extiende invitaciones de todo tipo: buenas y malas, profundas y banales, comprensibles e incomprensibles. Así debe de ser si queremos que sea libre.

Así, The Cátcher in the Rye, un libro que para mí fue inconsecuente, resultó fundamental en la construcción de la ideología del asesino de John Lennon. Mientras que para ti Lolita es una obra magistral que invita a la más elevada contemplación estética de la prosa, puede resultar para otro una autentica invitación a la pedofilia. No hay mucho que se pueda hacer.

Insisto, nos cuesta trabajo admitir que el arte de cualquier tipo pueda tener una influencia nociva en nosotros. Por décadas el rap ha luchado contra imputaciones de que incita a la violencia, que promueve la actividad criminal. Y es ridículo concebir que de suyo escuchar The Marshall Mathers LP de Eminem me hará una “mala persona” (tan ridículo de hecho, como pensar que me hará una mejor persona escuchar Mozart). Sin embargo, no se puede evitar  que ahí afuera en el mundo exista algún jovencito desequilibrado que escuche a Eminem gritando “BLEED, BITCH, BLEED” y conciba sus palabras como una invitación a  la acción: una invitación a matar brutalmente a su novia, su esposa, su mamá.

El poder de afectar positiva o negativamente a alguien es algo que tiene todo artista entre sus manos, lo quiera o no. Algunos lo toman a la ligera o lo niegan. Otros toman como solemne tarea tener la mejor influencia posible, ser el mejor ejemplo a seguir.  Otros más reflexionan respecto de este poder dentro de su arte y crean a su vez magnificas obras. Este es el caso de una de las grandes canciones de Eminem, Stan. En ella, el artista admite por primera vez que sus nocivas y violentas letras pueden afectar a particulares  de maneras que él no puede controlar. Claro, ésta admisión no significa que por ello renunciará a su integridad artística y dejará ser el artista que es.

Al final del día, la manera en la que el arte nos afecta es imposible de calcular. Cada uno de nosotros es un mundo particular de afecciones, ideas, sentimientos, idiosincrasias. Respondemos a una obra de arte de maneras distintas, específicas, “únicas”, inconmesurables. Fuera del control del autor e inclusive muchas veces del nuestro. El arte no impone ideas y cursos de acción ajenos a nosotros: nos muestra lo que ya estaba allí con diferente luz.

Ya decía Emerson:

“En toda obra del genio reconocemos nuestros propios pensamientos rechazados: regresan a nosotros con cierta felicidad enajenada.”

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