Foto: Alejandra Ayala

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Olvidar es humano: de alguna manera nos deshacemos de una gran cantidad de los momentos que vivimos, de las ideas que tuvimos, de las fantasías que soñamos. A veces olvidamos lo malo, a veces también lo bueno. Cuando era pequeña solía pensar que era posible deshacerme voluntariamente de pesadillas y momentos particularmente incómodos. Para tal propósito me  inventé una especie de basurero mental, literal un basurero mental. Después crecí (o algo así) y Pixar me informó que así no funcionaban las cosas y que el proceso de olvidar es muy diferente al que imaginaba yo de pequeña. Al ver Intensamente (2015), me enteré de que en realidad las esferas de nuestras memorias son llevadas por una especie de umpa lumpas guardianes de pensamientos  a un precipicio donde se desvanecen, como le pasó a nuestro amigo elefante  Bing Bong. Obvio.

Después de este traumático golpe de realidad, rehusándome a pensar que mi mente es un lugar en el que los amigos de la infancia son asesinados por el olvido de manera tan brutal, me topé con un tal Platón, que resultó ser ligeramente más poético que Pixar y mi basurero mental. Este personaje  le da al olvido forma de rio: el Río Lete, uno de los cinco ríos del inframundo de la mitología griega. Los cinco ríos tienen ocupaciones específicas (y tétricas): Aqueronte es el río de la pena; Cocito, el de los lamentos; Estigia, el del odio; Flegetonte,  el del fuego; y, el estelar, Lete rio del olvido.

 Platón menciona estos ríos en el libro X de la República, en la narración de un mito que explica el recorrido del alma por el inframundo tras la muerte.  Dentro de este camino, el rio Lete (del griego Λήθη, olvido) tiene la función de purificar las almas que llegan: sus aguas hacen que el alma relegue toda memoria de su vida pasada de modo que pueda reencarnar en otro ser vivo.  El alma se baña en sus aguas y olvida, así nomás. Volverá a vivir en otro ser y volverá a olvidar. Este es un proceso eterno: cíclico. Inescapable. Y uno olvida para siempre, nada de que se levanta el hechizo con un beso o un poético déjà vu mirando al horizonte.

La salida de este eterno retorno es un poco más difícil que la entrada: lo que hay que hacer es conocer las verdades últimas de la existencia, en otras palabras, nada más y nada menos que la Verdad. La palabra griega para verdad es: “ἀλήθεια”, el prefijo “a” supone la negación del resto de la palabra, “λήθεια”, derivado de olvido. Queda claro que el olvido, aún desde la etimología, aparece como un impedimento para alcanzar la verdad.

El rio Lete es la representación artística del concepto del olvido, pero no siempre se le considera, como Platón, meramente un obstáculo en el camino hacia la verdad. A lo largo de los años, distintos artistas  y pensadores han hecho alusión a las aguas del divino río por razones muy distintas. Algunos desean el alivio que traen las aguas del olvido, mientras que otros ven  la desaparición de los recuerdos como un estorbo.

… l’oubli puissant habite sur ta bouche, et le Léthé coule dans tes baisers (“El olvido potente habita en tu boca, y el Lete fluye en tus besos”) dice Charles Baudelaire en su poema Le Léthé en Les fleurs du mal . El poeta francés atribuye a una mujer los hechizos del agua: en ella olvida, ella es su Lete. Detrás de este tipo de afán se encuentra la idea de que el exceso de recuerdo es un impedimento para la tranquilidad interior y una vida plena y feliz.

 Nietzsche ve este problema y admite la frustración que puede traer el constante recuerdo del pasado. El “vivir el momento”, #svuv, #yolo se frustra dada la constante evocación de lo que ya no es. Sin embargo, también contempla el otro lado de la moneda. Ignorar las memorias terminaría por dar un carácter suprahistórico a la vida, lo cual desemboca en unos cuantos problemas logísticos, como ver el pasado y el presente como uno mismo.  Al final del día, el hombre se ve obligado a usar al pasado como una herramienta para la vida, pero no debe excederse, puesto que este agobio no hará más que truncar su vida.

En el cuarto canto de Don Juan, Lord Byron escribe lo fácil que es sucumbir ante el sentimiento por naturaleza, de poder evitarlo se requeriría un viaje al inframundo. No siempre podemos olvidar como quisieramos, pero es tan sólo natural, nos recuerda Lord Byron:

“… And if I weep, ‘Tis that our nature cannot always bring Itself to apathy, for we must steep Our hearts first in the depths of Lethe’s spring, Ere what we least wish to behold will sleep…”*

El afán de olvidar es una fuente de inspiración artística: el ansia de olvidar se convierte en la musa de muchos. En este mundo ajeno al drama mitológico sin semidioses, ciclopes o ninfas, carecemos de pociones con similares poderes… tenemos líquidos con efectos similares, sin embargo, sus efectos son variados y duran tan sólo unas horas.

 ¿Qué sería si lográramos olvidar? Sin duda, un baño en el río Lete nos despojaría de nuestra identidad, pues uno es en gran parte sus recuerdos. Además, eliminaría la posibilidad de uno de los sentimientos más hermosos, agridulce en esencia,  la nostalgia.

El mismísimo canta-autor más elocuente y profundo de nuestros tiempos nos dice lo difícil que es olvidar…más difícil que fumarse un habano en American Airlines, más difícil que una flor plástica marchita, 
olvidarte es mas difícil que una flaca en un Botero… No lo pude haber dicho mejor, gracias Arjona.

El equilibro entre el recuerdo y el olvido no es algo que se obtenga fácilmente, especialmente porque son procesos inconscientes. Sin embargo, hay algo que sí podemos controlar y es la jerarquización que le damos a los recuerdos, a lo que guardamos en nuestra mente, lo que no podemos olvidar.

Lamento darle la razón a la tía Rosy que cada año nuevo nos deleita con su sabiduría mediante  un conmovedor discurso y dice las siguientes palabras: “las páginas que se han escrito en el libro de tu vida no las puedes arrancar”. Pero es verdad: unas gotitas del río Lete no son la solución.

De lo que se olvida no se aprende, y de lo que se aprende no se olvida.

*“… Y si lloro, es que nuestra naturaleza no puede siempre llevarnos a ser apáticos, para ello debemos primero sumergir nuestros corazones en las profundidades del manantial del Lethe, y así lo que menos deseamos contemplar, dormirá”.

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