Foto: Pilar Gómez

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Nuestra mente es una cosa curiosa, complicada. Ya sea descrita como pequeña caja o expansión infinita, en ella confluyen sin mucho orden toda serie de pensamientos contradictorios y aleatorios de significación variable.

Nuestras ideas vienen enredadas y en continuo. Podemos estar un segundo dedicados a la mundana actividad de barrer y sin previo aviso, remontarnos a nuestra infancia, reflexionar temas existenciales, pensar en quesadillas, profundizar sobre nuestros amores perdidos y recordar que no pagamos la luz. Es por ello que  la idea de desenmarañar el complicado hilo de nuestras ocurrencias ha sido siempre una tarea fundamental para el hombre. No por nada la leyenda “¡Organiza tus pensamientos!” nos parece una prometedora  invitación en la portada de un libro o como título de un video en internet. Hemos inventamos todo tipo de métodos y guías para estructurar nuestras ideas: mapas conceptuales, esquemas, diagramas. Y antes de todo eso, inventamos la escritura.

La escritura nos permite darle orden a nuestras ideas de una manera indiscutible. Ese enunciado resulta infinitamente más ordenado en la página  que dentro de mi cabeza, créanmelo. Ahí adentro convivía junto con preguntas respecto de que serie estará viendo mi hermana en el cuarto de al lado, interés por el último whatsapp que me mandaron y una creciente certeza de que este párrafo ya se desvió de su propósito original.

Uno ordena sus pensamientos en la página. Por eso el famoso “¿qué estaba diciendo?” de cualquier conversación solo aparece en la escritura de manera artificial. Bueno, ¿qué estaba diciendo? Ah, sí: la escritura nos permite presentar de manera ordenada algunos de los pensamientos que aparecen en maraña dentro la cabeza humana.

Hasta que no lo hace.

Ahora, en lo que respecta a la mente humana, la novela siempre ha tenido un papel privilegiado. Es decir, como género literario, siempre ha tenido un interés particular por lo que llamaremos la “vida interna” de los personajes. En el corazón de toda novela encontramos  los pensamientos, emociones, sensaciones, recuerdos y fantasías de uno o más personajes relatados con especial atención y cuidado.

Generalmente el autor se tomará la molestia de ordenar todas estas ocurrencias de manera que hagan sentido: “Ella había pensado que tardaría menos tiempo en escribir el artículo, pero con un poco de angustia se dio cuenta de que no lo tendría listo antes de las tres. El ruido del cuarto continuo la distrajo momentáneamente y se preguntó que podría cenar ese día.”  Para hacer esto el autor debe introducir etiquetas narrativas que delatan su presencia: “ella pensó”, “ella se preguntó”, “ella se dio cuenta”. Aún si el personaje reporta sus pensamientos en primera persona el autor generalmente utilizará estas etiquetas para dar orden a la efusión de sus ideas: “yo creía”, “luego me acordé”, “entonces sentí”.

A la vuelta del siglo XX  autores como James Joyce, Dorothy Richardson y Virginia Woolf tenían la creciente sospecha de que este método de acercamiento a la “vida interna” de un personaje no agotaba ni poquito el inescrutable mundo de nudos cognitivos que es la mente humana.  Estos autores, que luego serían llamados modernistas, se dieron a la tarea de imitar fidedignamente el proceso de la mente humana: el flujo de la conciencia.

El término “flujo de conciencia” (stream of consciousness en inglés), con el que luego se describiría la obra de estos autores, fue acuñado por William James (notable filósofo que fue aún más notable por ser hermano del novelista Henry James) para describir lo que he intentado describir a lo largo de este artículo: la idea de que los pensamientos y las sensaciones de la mente humana son un flujo continuo.

Al intentar representar este proceso, los modernistas produjeron novelas magistrales como el Ulises de Joyce y Mrs. Dalloway de Woolf. Estas novelas decididamente NO se toman la molestia de ordenar las ocurrencias, memorias y fantasías de sus personajes de manera que hagan sentido. En lugar de eso sumergen al lector de porrazo en la mente del personaje sin ninguna advertencia o consideración por sus sentimientos.

“Mrs. Dalloway dijo que ella misma compraría las flores.” comienza Mrs. Dalloway. “Pues Lucy tendría trabajo más que suficiente. Había que desmontar las puertas; acudirían los operarios de Rumpelmayer. Y entonces Clarissa Dalloway pensó: qué mañana diáfana, cual regalada a unos niños en la playa.”

La epónima señora Dalloway está preocupada con la fiesta que dará esa tarde. Pero nadie nos proporciona este contexto. O nos dice que Lucy es la sirvienta, o nos informa quien rayos es Rumplemayer. Enseguida, la señora se remonta sin previo aviso a su juventud. La fresca mañana  le ha recordado otras frescas mañanas, vividas anteriormente en alguna casa de verano con un tal Peter Walsh:

“¡Qué fiesta! ¡Qué aventura! Siempre tuvo esta impresión cuando, con un leve gemido de las bisagras, que ahora le pareció oír, abría de par en par el balcón, en Bourton, y salía al aire libre. ¡Qué fresco, qué calmo, más silencioso que éste, desde luego, era el aire a primera hora de la mañana. . .! como el golpe de una ola; como el beso de una ola; fresco y penetrante, y sin embargo (para una muchacha de dieciocho años, que eran los que entonces contaba) solemne, con la sensación que la embargaba mientras estaba en pie ante el balcón abierto, de que algo horroroso estaba a punto de ocurrir; mirando las flores mirando los árboles con el humo que sinuoso surgía de ellos, y las cornejas alzándose y descendiendo; y lo contempló, en pie, hasta que Peter Walsh dijo: “¿Meditando entre vegetales?”¿fue eso?, “Prefiero los hombres a las coliflores” ¿fue eso?”

En este párrafo las memorias y pensamientos de la señora Dalloway se entretejen y combinan, un recuerdo incitando el  siguiente. La mañana le recuerda otra mañana, en Bourton, en su juventud. Recuerda el aire fresco del verano cuando abría las puertas de par en par, y mientras estaba parada en un balcón a los dieciocho años. Recuerda como tenía un mal presentimiento y como el tal Peter Walsh le increpó algo parecido a “¿Meditando entre vegetales?”. El insistente “¿fue eso?” nos indica cómo ni la misma Clarissa Dalloway puede confiar en su memoria.

Enseguida la narrativa nos regresará violentamente a la mañana actual en la que Clarissa Dalloway no tiene dieciocho años, del día en el que dará una fiesta. El cambio repentino y la falta de contexto nos desorientan como lectores. Pero podemos atisbar en la complicada estructura de la novela que pretende proporcionarnos un acceso íntimo y directo a los los pensamientos de la Clarissa Dalloway (y más adelante de Septimus Smith) algo que se asemeja, aunque sea solo un poco, a la desordenada naturaleza de nuestra mente.

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