Fotografía: dave.see via Foter.com / CC BY

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Existe un dicho muy popular que establece “de la vista nace el amor”. Este dicho, aunque cierto, a la hora de comer resulta muchas veces poco acertado. Degustar un platillo con todos los sentidos requiere una mente abierta. Sobretodo cuando viajas. Sería bueno que todas las comidas fueran agradables de ver, tocar, oler, oír y sobre todo probar. Sin embargo, todos tenemos manías para comer y automáticamente descartamos platillos que por su textura, presentación u olor nos parecen poco apetecibles o incluso desagradables.

Es una verdad universal que dejar el plato vacío, no probar lo que el anfitrión ofrece o hacer cara de asco frente a un platillo sin siquiera probarlo, es una falta de educación y una ofensa para las personas que se encuentran alrededor. No toda la comida que llegarás a comer va a estar respaldada por estrellas Michelin, por un algún libro de viajes o por recomendación de alguien conocedor. Mucha será callejera, lo único que había disponible u ofrecida por algún amigo, anfitrión o familia. Y siempre es probable que lo primero que veas no sea de tu total agrado.

Entrenar al paladar no es nada fácil, pero tengo algunos consejos para probar cosas nuevas y no “morir” en el intento.

Pongamos un caso hipotético. Te encuentras en un viaje de trabajo en el extranjero, y la familia de tu jefe (que resulta ser de ese pais), te invita a comer. Muchas de las cosas que ves en la mesa son platillos que nunca has probado, algunos no son del mejor ver y otros están preparados justo como no estás acostumbrado (no podemos decir que como “no te gusta”, porque aún no lo sabes).

¿Qué hacer?

1.  ten una sonrisa en la cara

Aunque debería ser tu mantra para todo lo que pasa en tu vida, a la hora de comer no hay nada más molesto que ver a alguien haciendo caras de asco a la comida que aún no ha probado. Si bien dice mi mamá “hay mucha gente muriéndose de hambre y uno desperdiciando la comida…” sería bueno modificarle a un “tanta gente muriéndose de hambre y uno quejándose por nada”.Además, es posible que el platillo te guste, o al menos que desate una buena anécdota que siempre será mejor recordar con alegría. Así que considéralo el primer paso y el último: no se vale poner una cara molesta.

2. ¡hazte a la idea!

Recuerda que la comida es placer para muchos y lujo para otros. No hay forma que sepas el trabajo que le costó a alguien ofrecerte lo que puso frente a ti. Será mejor que respires profundo un par de veces, mientras llenas tu mente de tranquilidad y resignación: no harás sentir mal a quien está detrás de la creación de tu platillo.

3. disminuye el tamaño de la porción

Dejando de lado la perfectamente razonable excusa de alergias, la mejor manera de no ser descortés o desperdiciar la comida en tu plato es disminuir la porción. Quizá puedas ayudar a servir el plato o decir que no tienes mucho apetito. Pero empieza a probar un poco de todo lo que te ofrecen. Probablemente algo de lo servido no es de tu agrado, pero con una porción pequeña será fácil terminarla y no dejarla para que se tire.

4. comparte el platillo con alguien más

Ahora imaginemos que estás en un restaurante y no con la familia de tu jefe. Antes de pedir todo lo que veas en el menú como si fuera maratón o tu última cena, comparte el plato con alguien más. Así podrán probar un poco de todo y repetir lo que más les gustó sin que ambos exploten en el intento.

5. siempre lee bien antes de pedir.

No lo negaré: me ha pasado. He pedido platillos de los cuales no tengo ni poquita idea de que son, y al final resultan ser algo tan poco comestible que cada bocado se vuelve una tortura.

La anécdota que más cuento fue cuando en un viaje pedí un café y en el restaurante me lo sirvieron con un huevo crudo encima. Todo por no leer de qué se trataba el platillo. Así que lee con cuidado o pregunta a los meseros antes de pedir algo en vano.

Si no hablas el idioma y ellos tampoco el tuyo, intenta ser lo más claro posible con señas, si no repite interminablemente el paso 1 y 2.

6. toma agua y más agua.

Existe una frase que mucho repetía un compañero en mi carrera: “no tengo hambre, tengo sed”. Aunque los fines para los que él la usaba eran diferentes, su recomendación la considero muy valiosa: cuando no estés seguro si te gustará o no lo que hay frente a ti siempre es bueno tener un vaso de agua cerca. Si el presupuesto es bajo: toma más agua; si la comida no es muy buena: toma un trago por bocado; si la comida es excelente: evita atragantarte.

7. agradece siempre.

De nuevo un mantra para la vida. Se agradecido, ya sea por haber disfrutado de un manjar o una tortura culinaria.

Sea cual sea el caso, lo que el anfitrión te ofreció no fue sólo el combustible para seguir tu trayecto sino una historia que contar. Así que ¡Gracias!

¿Qué tal te parecieron nuestros consejos? No olvides dejar tus comentarios en la sección de abajo o escribirnos a info@oddcatrina.com

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