Arte: Jerónimo Graue

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Estamos en plena purga de documentos y papeles viejos en la casa de las Gómez. Acabamos de encontrarnos con una joya de cartita escrita por nuestra hermana más grande para Rocío, circa 1996. Dice:

Rocío, estoy Mui Triste Porque estas enferma. Yo ya me enferme yse loque se siente ¡ALIVIATE!

Tras morirnos de la ternura y tirarle su debida carrilla a mi hermana mayor, me quedé pensando en la penúltima frase: “Yo ya me enferme yse loque se siente”. Es más fácil conectarnos afectivamente con una situación ajena cuando la hemos vivido en carne propia, o por lo menos hemos experimentado algo similar, pero este no es siempre el caso.

Al empezar el mes con nuestra reflexión sobre la empatía, el tópico que elegimos este mes, comenzamos pensando en palabras que podrían tal vez definir lo opuesto a ella.

Primero por supuesto, está la antipatía, un rechazo total al otro, pero también hay algunas actitudes tal vez no tan evidentes pero igual de contrapuestas a ella, como la indiferencia; el estar tan absortos en nuestros defectos que sentimos la compulsiva necesidad de vocearlos, probablemente ofendiendo a una tercera que tiene lo que odiamos de manera más evidente; la falsa empatía (que se puede manifestar en cosas como la necesidad de subirse al tren de “acaba-de-ocurrir-una-nueva-tragedia-mundial-y-TENEMOS-que-decir-algo-porque-todos-lo-están-haciendo”) o simplemente, en violencia pura y dura.

¿Se puede lograr una empatía genuina con una causa que parece totalmente lejana a nuestro contexto? ¿O es que en cada experiencia humana hay algo, aunque sea mínimo, con el que podemos conectar y simpatizar? Esta y otras preguntas, las trataremos durante agosto. Bienvenidas como siempre, su retroalimentación y colaboraciones.

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La carta que mi hermana mayor le escribió a Rocío cuando se enfermó (no sabemos de qué), producida durante nuestra infancia en los noventas. 

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