Foto: Eva Rinaldi Celebrity and Live Music Photographer via VisualHunt.com / CC BY-SA

Teníamos frente a nosotros una larga travesía por carretera y como única opción disponible para escuchar música, mi celular. Éste, privado del internet que alimenta mi Spotify gratuito, solo podía reproducir un álbum en Itunes: 1989 de Taylor Swift. Todo mundo en el carro estuvo de acuerdo menos Pilar, cuyo acérrimo desprecio por la cantautora estadounidense nunca he acabado de comprender.

-Anda, escucha ésta. Es buenísma.- Dije, reproduciendo Style.

Pilar, fan por lo general del synthpop, escuchó la canción unos segundos antes de levantar sus hombros e indicar que no estaba impresionada por la mejor canción del más reciente disco de Swift.

-Pero, ¿por qué?- Pregunté exasperada.- Si esta canción fuera de CHVRCHES te gustaría…

-No sé, Taylor Swift me cae muy gorda. Me aparece en todos lados. Aunque no quiera me entero de su vida, sé con quien anda y cuando cortó. Me tiene harta.

Ahí estaba el detalle. No era la música de Taylor Swift lo que le disgustaba. Era la personalidad pública de Taylor Swift, su imagen como celebridad. Mi primer instinto, desde luego, fue tratar de convencerla de que la personalidad de un autor no debe importar en la apreciación de su arte (aunque el “arte” en cuestión sea una simple canción de pop). Después de todo, da un tanto igual si Mozart era un fanático del humor escatológico o si Hemingway era un alcohólico: sus obras se mantienen por sí mismas en el canon del gran arte universal, al margen de los errores y pecados de sus autores.

La idea de que es posible sumergirse en una obra literaria, músical o plástica y disfrutarla por sí sola sin interesarse por los quehaceres del ser humano particular que lo creó, es muy atractiva. Después de todo, ha quedado más que establecido que piezas de arte verdaderamente sublimes pueden provenir de los humanos más despreciables. Podríamos argumentar que el que Polanski haya violado a una niña de trece años no hace menos bella a una película como Tess o que el terrorífico asesinato de su esposa no disminuye la calidad literaria de la obra de William Burroughs.

Pero disociar la persona del autor de su arte se ha vuelto cada vez más difícil conforme ha evolucionado la cultura de la celebridad en Occidente. Antes de la Edad Moderna el autor era una figura desconocida, sin importancia. La música, la pintura y la poesía se tenían un tanto como esfuerzo colectivo. El Renacimiento vino a sacar al autor del anonimato: ahora nos interesa profundamente saber que tipo de hombres eran Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel y Shakespeare. Investigamos y postulamos exhaustivamente respecto de cómo fueron sus vidas y cómo estas afectaron su arte.

Muchos de los artistas cuya vida solicita la fascinación de generaciones posteriores permanecieron en la oscuridad y pobreza toda su vida (Van Gogh es un clásico ejemplo). Pero hubo otros tantos que fueron aclamados en vida, vendieron bien su arte y fueron figuras muy influyentes en su sociedad. Fueron, en fin, celebridades.

Una celebridad es una figura que vive en la mirada ajena: es un ser para ser observado. Existe tan solo en tanto que es un fenómeno del que se habla. Por lo mismo, la celebridad depende parasitariamente de una audiencia que interprete su apariencia y acciones, que la contemple como si fuese en si misma una obra de arte. Esta dependencia resulta peligrosa puesto que la audiencia puede eventualmente volverse contra ella. Oscar Wilde fue una gran celebridad para el público victoriano: se le aclamaba como gran literato e intrigante socialité. Este mismo público adorador lo abandonó y vituperó tras su juicio y condena por sodomía y su arte sufrió por ello: ningún victoriano quería alabar la poesía de un convicto homosexual.

Y el mundo de las celebridades sólo ha crecido desde los tiempos de Wilde. Un artista ya no goza exclusivamente de reconocimiento dentro de la ciudad en la que vive, si no en todo el mundo. Las andanzas de la figura pública ya no se corren de voz en voz o en medios locales impresos si no por todo medio de información: desde Snapchat hasta CNN en horario de noticiero. Ya no nos podemos dar el lujo de ignorar la personalidad de un artista público a la hora de apreciar su arte puesto que los vaivenes de su vida nos asaltan por todos lados: en nuestra página de Facebook, nuestro feed de Instagram, en el celular, la computadora, la tele. Te enteras, aunque no te importe.

 ¿Cómo distinguir donde acaba la autora de Wildest Dreams y donde empieza la celebridad rubia que cortó recientemente con Calvin Harris y anda envuelta en una pelea a la muerte con Kim Kardashian y Kanye West? Es virtualmente imposible.

Swift, al igual que miles de canta-autores antes que ella, crea su arte a partir de sus experiencias personales. Las emociones que informan sus canciones parecen provenir de relaciones concretas con personas reales. Y es precisamente esta supuesta autenticidad la que hace que las canciones de Swift resulten tan atractivas para su joven audiencia. Pero Taylor Swift no es precisamente una escritora empobrecida que escribe poemas desde el anonimato. Es una celebridad de clase mundial cuya cara, como nota amargamente Pilar, está plasmada en toda superficie digital en todo momento. Sus historias de amor, desamor, arrepentimiento y amargura son alimento para los medios mucho antes de que lo sean para sus reflexiones líricas.

Noviazgo tras noviazgo con una serie de hombres famosos son captados, publicados y difundidos por medios de comunicación de variables grados de seriedad. Como consecuencia, en cuanto aparece un nuevo álbum de la cantante fans y medios por igual se dan a la tarea de analizar de cual posible famoso trata cada canción. La cantante nunca confirma estas suposiciones y rumores, pero definitivamente los alienta. Por más que lo niegue, las acciones de Taylor Swift-celebridad y las canciones de Taylor Swift-artista son hasta cierto punto simbióticas.

El peor producto de la cultura de celebridad no es Kim Kardashian (o ese personaje que es “famoso por ser famoso”). Lo verdaderamente trágico es el caso del artista-celebridad:  aquel que consagra su arte a su imagen pública y al hacerlo imposibilita juzgar el uno al margen del otro. El artista-celebridad, el artista pop, convierte su vida en una obra más para ser consumida, disfrutada e interpretada.

Y, en nuestra cultura de intereses fluctuantes, eventualmente desechada.

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