Fotografía bajo licencia Creative Commons por Tim Greenfield

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“No sé qué tiene la noche que a veces te abraza fríamente, con unas manos heladas que apachurran el alma.”

Era uno de mis ayeres. Acababa de concluir mis días en Dublín y estaba en el aeropuerto esperando mi próximo vuelo, con mi maleta cargada de objetos y experiencias. Mi viaje continuaba y mi siguiente destino era Londres, pero por el retraso del vuelo me demoré en llegar, y en lugar de aterrizar con la luz, la noche tomó su lugar.

Por suerte, había comprado vía internet un boleto de autobús que me llevaba del aeropuerto a la estación del metro, iba más emocionada que cansada. Justo me bajé en la estación, buscando dónde comprar la tarjeta conocida como Oyster Card, la cual te permite acceder a los transportes que circulan en la ciudad de Londres. Las tiendas cercanas estaban cerradas, y no hubo donde conseguirla. Confirmé que a esas horas el efectivo y nada, eran lo mismo. Era la primera vez que iba a Londres, por lo que desconocía mis alternativas y no había nadie que me apoyará con alguna indicación.

Recordé que había dos formas de llegar a mi destino, por metro o por autobús. En el metro eran máquinas las que recibían aquella tarjeta, y en el autobús eran personas. Y fue así que tuve la  esperanza de que un chofer comprendiera mi situación.

La parada de autobús se localizaba a unas cuadras de la estación, decidí dirigirme hacia ella.

En esas calles no había luz pública, sólo una profunda oscuridad. Aún así continué caminando, con pasos llenos de incertidumbre, convirtiendo aquel momento en un trayecto largo y frío.

Veía sombras y a lo lejos se escuchaban gritos.

Las sombras poco a poco se iban acercando a mí, y a medio camino escuché dos respiraciones, la mía y no quise averiguar de quién era la otra. En ese instante supe que mi maleta no era tan importante, que mi pasaporte era sólo un documento, que el dinero era papel, la ropa eran telas y costuras.

Seguía caminando, fingiendo que no tenía miedo, pero fingir no engaña a la muerte; si ella hubiera querido, ese habría sido su escenario perfecto, en el telón negro de la noche y la claridad del peligro.

Pero al parecer la muerte tendrá otro plan para mí, porque finalmente llegué a la parada de autobuses, y pude imaginar a la huesuda riendo y con sarcasmo decir: “caray, sólo te quería saludar”. Y así, con un suspiro de alivio, dejé esas calles atrás.

El chofer me dejó subir a su autobús, quizá porque leyó mi sentir un poco o un tanto roto. Después de horas, o quizá minutos, llegué a mi destino. Me esperaban unos amigos, en cuanto los vi, sentí paz, compañía y seguridad.

En eso, volteé a la ventana, y ahí estaba ella: la noche; ahora dando su lado coqueto, cómo si no hubiera sido testigo de todo lo que había vivido. Ella posaba con la luna y con aquellas luciérnagas en forma de estrellas. Mis amigos se dejaban seducir por la oscuridad, bailando y soltando risas. Me uní a ellos y, sin entender cómo, ahora la luna me sacaba más de una sonrisa.

Fue así que comprendí que la noche trae consigo un sinfín de emociones.

Muchas veces trae la calma, avisando con su presencia la hora de irse a acostar, dejar que el sueño y el cansancio tomen su lugar. A veces llega y te hace reflexionar, con soplos de recuerdos, o en ocasiones de miedos, teniendo esa personalidad de hacerte sentir bastante mortal. En otras ocasiones la noche trae alegrías, siendo la perfecta cómplice para vivir grandes momentos; en el que a un beso lo hace más eterno y a las risas más sinceras. Quizá sea porque aquí no se ven las caras y los cuerpos, si no el alma vestida de esencia.

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