Foto: por Milava Vigerova via unsplash.com 

A todos nos ha tocado jugar un papel en el drama del perdón, ya sea de ofensor o de ofendido. Honestamente, no sé cual es peor. La dinámica nos es familiar y nos envuelve desde pequeños: “pídele perdón a tu hermana” es una de las frases más molestas para un niño. Me atrevería a afirmar que en el 99% de los casos el niño contesta: “No, ella empezó.” El fin de esta riña infantil viene de inmediato: un abrazo forzado y listo. A una edad más avanzada un abrazo forzado al profesor o a un colega de trabajo después de una ofensa, además de ser excesivamente invasivo e incómodo (quiero suponer), agravaría la situación.

Aquí es donde entra la consideración del perdón. Admitir su familiaridad no es admitir su sencillez, por dos razones principales. Una: el perdón es tan diverso como los distintos casos en los que se presenta. Dos: requiere de una labor introspectiva que no sólo es difícil por la sinceridad requerida en el proceso, sino también porque revisar una ofensa no es cosa particularmente divertida.

De todo este embrollo se siguen diversas preguntas como: ¿qué implica exactamente perdonar?, ¿es algo que se puede lograr genuinamente?, ¿es justo perdonar? Estas preguntas surgen comúnmente cuando jugamos el papel de ofensor o de ofendido. A Justin Bieber le preocupaba a tal grado que convirtió su conflicto interno en un récord de Billboard. El joven se cuestiona afligido si es muy tarde para pedir perdón, pregunta que se responde él solo, ya que se disculpa como 10 veces durante la canción. Beyoncé por otro lado, es mucho más dura en sus reflexiones, dice que no lo siente: she aint sorry, nigga nah. El ser humano promedio no expone sus conflictos personales vía Youtube, entonces o se pregunta internamente cómo proceder, o bien, erra gravemente preguntando en el grupo de amigos más íntimos en Whatsapp.

Paul Ricoeur, extraordinario pensador francés, hace un análisis del fenómeno del perdón, advirtiendo de antemano que hablar del perdón es tan difícil como de hecho estar inmiscuido en su dinámica… frase alentadora para cualquier estudioso de este tema y en este caso también para ti, lector.

Las acciones previas a que se dé un escenario en el que un ofensor pida al ofendido que le perdone pueden ser varias, pero entre las indispensables se encuentran: una falta y un sentimiento de culpa de parte del ofensor -que se dé la falta es tan sólo el comienzo de la gran odisea: es el gatillo de la dinámica-, acto seguido, aparece un sentimiento de culpa. El ofensor, al reconocer que ha realizado una acción mala, se da cuenta que habrá que enmendar de algún modo. El verdadero dilema recae en el ofendido, es él el que tiene que decidir si se otorga el perdón o no. Y la decisión es tan difícil dadas las principales características del perdón: memoria e incondicionalidad.

Si alguien tiene un tatuaje con la leyenda Forgive and Forget, lo siento pero es un poco más complicado que eso. En el momento de perdonar el ofendido debe de ser plenamente conciente de la ofensa, cosa que después debe de irse enfriando, naturalmente. Lo que se debe hacer, si se busca perdonar, es ver más allá de la ofensa, ver por encima de aquello. Perdonar es tener presente la ofensa y admitir que la persona que nos ha ofendido es más que su ofensa y que esa falta no agota las acciones de esa persona. Cabe aclarar que una vez perdonada la ofensa no se vale estar echando en cara lo sucedido, no me refiero a memoria en ese sentido. Parece una contradicción, lo sé: perdona sin olvidar, pero no recuerdes dado que perdonaste. La siguiente característica ayudará a aclarar esta cuestión.

El perdón es incondicional: si decides perdonar, absuelves de culpa a la otra persona. Se deja de esperar algo a cambio, se deja de invocar al karma y se tira el vudú a la basura. Y ahora si: you move on. Esta característica en particular es muy cuestionada, pareciera que es confundible con una postura ingenua que no advierte cuando se le está engañando con un trato injusto. Las otras opciones de proceder serían: venganza o indiferencia. La segunda, es muy aburrida como para discutirla ahora. En cambio, la primera ha sido inspiración de grandes conspiraciones en literatura y películas… sin embargo, difícilmente resultan en un final satisfactorio.

En El Conde de Montecristo la motivación de la trama es el sentimiento de venganza de Edmond Dantés hacia su traidor Fernand Montego. Montego verdaderamente arruina la vida de Dantés, lo traiciona, lo manda a la cárcel, y se  casa con su prometida. Parece tan sólo justo que haya pensado una o dos veces en un gran plan vengativo. Honestamente, nunca me han acusado de bonapartista, aprisionado inocentemente y robado a mi prometido en el proceso… no me atrevería a juzgar las acciones de la víctima en cuestión. Lo que sí pretendo es exponer los escenarios disponibles después de una ofensa moral.

Pienso en Juan Pablo II y su visita a Mehmet Ali Agca en la prisión, después de que éste lo intentara asesinar en media Plaza de San Pedro. “¡Pero es que es Papa!” Bueno, también están Kim PhucImmaculée Ilibagiza, ambas tienen historias impactantes. Me permito citar a Kim: ”El perdón me liberó del odio. Aún tengo cicatrices en mi cuerpo, y la mayoría del tiempo sufro de dolores severos, pero mi corazón ha sido depurado.”

Pero bueno, la mayoría de nosotros vamos pasando desapercibidos por la vida y nos tocan escenarios en los que hay que perdonar ofensas menores a las anteriormente mencionadas. Eso no quiere decir que nos sea sencillo perdonar, especialmente cuando la ofensa se vincula a la decepción o a la pérdida. Queda claro que hay una seria desproporción entre el acto de perdonar y el de ofender: implica elevarse ante la profundidad de la falta. ¡¿Cómo?! No sé… por amor, humildad tal vez. Lo he visto, y es asombroso.

Jaques Derrida propone una interesante paradoja que, me parece, expresa en pocas palabras la esencia del perdón: sólo se puede perdonar lo imperdonable. Lo que consideramos perdonable, no es digno de este proceso reflexivo del que hemos estado hablando. Sólo aquello que aseguramos no poder perdonar, es digno de nuestro perdón. ¿Será?

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