Foto: Jay Wennington via unsplash.com

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Nunca he sido de esas personas que despiertan en la noche; de las que hacen su mejor trabajo en una ventana temporal que abarca de la una a las seis de la mañana; de las que sobreviven a base de desveladas y cafeína ilimitada. El sueño para mí es sagrado. Genuinamente prefiero dormir a terminar un trabajo, por lo que prefiero terminar el trabajo en horas no-románticas de trabajo (es decir de las  cuatro de la tarde a la una de la mañana). Nunca me he dormido más tarde de las tres acabando una tarea, estudiando para un examen o escribiendo un ensayo. Las horas de la noche no apelan a mi procrastinador interno.(ese responde mejor a horas de clases misceláneas y espacios muertos entre juntas).

No; si voy a ver pasar las altas horas de la noche frente a mi computadora no será porque el trabajo escolar (o, ya saben, trabajo-trabajo) del día siguiente no vio mejor momento para manifestarse como “urgente”. Mis noches de desvelo frente a la computadora suelen ser de un carácter mucho más inútil; mucho más efímero. Son noches en las que me dejo absorber por la infinidad del mundo del internet: en las que paso de video de youtube a video de youtube, de un thinkpiece forzado en Jezebel a un thinkpiece forzado en Vulture, de un blogpost sobre estilo y feminismo a un blogpost sobre las elecciones de E.E.U.U. Son horas muertas que se van en clic, clic, clic.

Es una oleada soporífera de información adquirida y procesada demasiado rápido, demasiado pronto y demasiado junto. Es tas, tas, tas, de imagen tras imagen, enunciado astutos tras enunciado astutos, voz tras voz. Hasta que todo se confunde en una sola fascinante sesión de hipnosis audiovisual a la que generalmente no recuerdo haber accedido.

Pero lo interesante es lo que ocurre (o puede ocurrir) después del último clic: el que cierra el explorador. Ahí es cuando salgo de aquel narcótico viaje virtual preguntándome cómo pude haber visto/leido/escuchado tanta información tan distinta, tan importante, tan irrelevante; tan específica.  Y entonces me enfrento a una elección fundamental: o me duermo con un leve dolor de cabeza y desecho todo el conocimiento que adquirí viendo videos de The Daily Show y leyendo artículos sobre la próxima película de Cristopher Nolan. Ó aprovecho el estado de leve desorientación y la ráfaga de información que he obtenido y me siento a escribir.

Porque escribir, y me refiero escribir, crear, jugar, es una actividad que comanda distintas fuentes de inspiración y distintos estados anímicos. Pero pocos me resultan personalmente más fructíferos que aquel que me proporcionan un par de horas del tipo de procrastinación más pura que existe: perder el tiempo en el internet. Porque ese alucinante viaje de imágenes, sonidos e ideas simultáneamente duerme y despierta mis sentidos. Porque mi mente nunca está más entumida o más repleta de nuevas intuiciones. Perder el tiempo en internet resulta simultáneamente un tranquilizante y un  estimulante y lleva a  un estado paradójico, nuevo y único: que se presta para la indolencia y la creatividad en igual sentido.

¿No lo han intentado? Venga, empiecen con este artículo.

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