Limitándome a escribir con “c” (y sus fieles compañeros los nexos)

Calamidades como conocer cascarrabias como Carlos, son casos a los que conviene colocar candado completamente cerrado.

Comenzó la cuestión cuando coincidentemente crucé con Carlos en la calle Colón. Cual caballero, cedió carril y continué mi camino. Cuando concebí que condujo su carro colocándose cerca y con carácter confianzudo, curioso mi cara.

–¿Cynthia?-cuestionó, congelando la circulación.

¿Cómo conmemorar ciertas caras? me cuestionaba, construyendo conceptos, creándome culpa, cuando comentó…

 – Cynthia, cuñada de Carmen, conozco caras con certeza. Cuando Carmen se casó, te conocí.- Contenta, comprendí. Contemplé su cara celestial y Carlos consultó mi celular y así comenzó un cuento cursi, ¡qué coño!, ¿cómo corregir?

Coqueteábamos con copas y conversaciones. Carlos, con cuantiosas cualidades, culto, comediante y con carácter, canijo él, me conquistó. Y caí cómo caen ciertos cocos: con celeridad y sin calcular. Cuando con claridad capté sus características, canalla de Carlos, celoso, colmilludo y controlador. Como consecuencia, confieso, callé mi carácter creando un colapso catastrófico, ya que mi corazón contradecía a mi cerebro.

Confronté al canijo de Carlos y cada cual continuó su correspondiente camino.

Convencida concluyo: no colaborar con ciertas calamidades, calamidades convertidas en cuentos, cariñosos, pero ciegos.

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