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Pasan los días y se vuelve más complicado escribir sobre lo que todos escriben y tratar de decir algo nuevo. Hace un par de años, cuando el presidente Barack Obama y el comandante Raúl Castro anunciaron simultáneamente la normalización paulatina de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, atestiguamos el fin de la Guerra Fría en América Latina. Ahora, con la muerte de Fidel Castro, atestiguamos la partida de uno de los últimos protagonistas del siglo XX y podemos dar por clausurado el Siglo de las Revoluciones Sociales.

Hay quienes lloran su partida y quienes la celebran en las calles; quienes acuden a dejarle rosas blancas a la embajada cubana y quienes prefieren condenarlo por Twitter. Se vale. Pero considero de mayor utilidad pública –en el sentido de abonar al debate y de dar perspectiva a nuevas generaciones– no refugiarse en los extremos que conforman nuestro actual espectro político, alabando o condenando sin matices ni miramientos, sino procurar darle a Fidel Castro una evaluación contextualizada.

Abogado de profesión, Castro entró a la política mediante el Partido Ortodoxo. Hizo campaña, conoció a las juventudes del partido y aprendió a ser un orador de grandes ligas. Ese camino lo truncó un golpe de Estado, que anuló las elecciones y los recursos legales de acceder al poder.

En el contexto nacional, Cuba tenía medio siglo de vida como país independiente de España, pero atado de manos frente a Estados Unidos. El quinto presidente de ese país, John Quincy Adams, propuso la teoría de la “fruta madura”, con la que afirmaba que Cuba sería, tarde o temprano, controlada por EEUU mediante la “gravedad”, y que lo único que tenían que hacer era “acercar su canasta al árbol”. Esto se hizo realidad por un tiempo, mediante la Enmienda Platt. Ese agregado a la Constitución de la naciente República le daba facultades legales al vecino del norte para intervenir militarmente a conveniencia. Vaya independencia.

A la par de los problemas que heredaron de la colonia, la isla se había convertido de a poco en un patio trasero de excesos y diversiones para Estados Unidos. Los casinos, mafiosos y grandes fiestas eran sólo la cara más visible de un país con dirigentes corruptos, instituciones nuevas y débiles, y con el grueso de la población en la pobreza, cultivando resentimiento, pero también cultivando la idea de un mejor país.

En el contexto internacional, con una Guerra Fría naciente y expansiva, América Latina se encontraba –sin que nadie les preguntara– en la esfera de influencia de Estados Unidos: la evolución de la Doctrina Monroe. ¡Ay de los gobiernos que buscaran la emancipación, por no hablar de alternativas de izquierda! Tan fácil resultaba tirar a un gobierno latinoamericano que, apenas en la primera década de la Guerra Fría (1945-1955), 34 golpes de Estado, 25 de ellos exitosos, vulneraron la normalidad política al sur del río Bravo.

Conociendo este contexto tan lejano del nuestro, se empieza a adquirir perspectiva. No bastaba echarse a las calles en son de protesta porque disparaban sobre ti. No bastaba meterse a un partido o salir a votar porque los militares anulaban los resultados electorales a la fuerza. No bastaba buscar apoyo en el extranjero porque los países vecinos estaban en las mismas circunstancias. No bastaba organizarse socialmente porque de gente así estaban llenas las cárceles. Para Fidel Castro y su generación, el cambio profundo y necesario se tenía que conquistar a la fuerza, no porque fuera el camino ideal, ni siquiera el mejor, sino porque los demás no llegaban a la meta.

Fue en ese mundo en el que los jóvenes cubanos se lanzaron a tomar los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes el 26 de julio de 1953. Algunos lo pagaron con su vida y otros, por azares del destino, como Fidel y Raúl, con su libertad. La amnistía les dio la oportunidad de venir a México, entrenar, conocer al Che Guevara y salir de nuestro país, cruzando una frontera marítima que solemos ignorar, para llegar a su Cuba y darle una mejor calidad de vida.

Lo romántico de la Revolución Cubana era en aquel entonces, e incluso hasta la fecha, inspirador en los jóvenes. Fuera de las anécdotas heroicas que se cuentan, las canciones que se cantan y las frases que se repiten sobre el tema, lo grandioso de esa revolución es que 82 jóvenes salieron del exilio rumbo a su patria, a riesgo de perder la vida, para implantar un ideal que valía todas las penas y penurias, hasta perder la vida. Y ganaron.

La revolución de Fidel no empezó siendo comunista, pero sí idealista. Antes de que John F. Kennedy anunciara que llegarían a la luna –y llegaron–, Castro dijo que eliminarían el analfabetismo en el país, uno de 20% de la población –y lo eliminaron. Y no sólo eso, corrieron a la mafia estadounidense, castigaron a los funcionarios corruptos, fundaron las bases de un nuevo Estado y realizaron la (casi imposible) reforma agraria. Una similar a la que Jacobo Árbenz trató de concretar en Guatemala y que causó su derrocamiento por la CIA. Castro mismo visitó Estados Unidos tras el triunfo de la revolución y se reunió con el vicepresidente Nixon, para platicar de las políticas que se estaban llevando a cabo y de las oportunidades de comercio entre ambas naciones.

Esa serie de políticas no gustaron a Estados Unidos, como tantas otras en la región, y se empezó a planear la manera de cambiar de régimen. El resultado fue la invasión a Bahía de Cochinos, auspiciada por el gobierno de Kennedy. A los invasores no sólo los derrotó el ejército revolucionario, sino el pueblo cubano defendiendo su revolución. Las alternativas que le quedaron a Estados Unidos fueron el bloqueo económico y los intentos de asesinar al líder de la revolución. Fueron esas acciones las que le dieron a Fidel Castro la pragmática idea de defender las conquistas de Cuba mediante la protección de la Unión Soviética. A más de dos años de que la revolución triunfara, Fidel Castro la declaró, por primera vez, socialista.

Tan influyentes fueron en el mundo Fidel Castro, sus compañeros, sus ideales y sus resultados iniciales, que los jóvenes latinoamericanos se dejaron crecer la barba y el cabello, colgaron posters del Che, y salieron a protestar en el 68 en París y México; les otorgó un sentimiento de identidad latinoamericano y un deseo de emancipación política, e hicieron guerrillas en Bolivia y Centroamérica. La teoría del foco revolucionario prendió en la región para pronto disolverse en una realidad mucho más compleja.

Con el tiempo, Fidel descubrió que plantarle cara a Estados Unidos era muy caro, pero estuvo dispuesto a pagar el precio. Un país en autarquía, con apoyo económico y militar sólo de la URSS al otro lado del mundo, y un poco de apoyo político de México, por el que los cubanos nos tienen mucho cariño, impedido de hacer negocios con el resto del mundo, pero al mismo tiempo tratando de mantener los avances que habían conseguido al quitar a Fulgencio Batista. Todo ello jugó un papel enorme en el desarrollo de Cuba.

Castro creyó necesario, dada la complicada situación de la isla, sacrificar libertades individuales y políticas con tal de mantener lo ya ganado. Si la revolución era del pueblo, mantenerla bastaba para él. No hacían falta más partidos que el comunista ni más líderes que él. Habría elecciones, pero sólo participaría el partido oficial y uno que otro candidato independiente. El afán proteccionista de ese régimen de izquierda fue vulnerando las mismas garantías políticas, sociales y de minorías que hoy consideramos parte imprescindible de la agenda de la izquierda actual.

Aunado a lo anterior, Castro falló en darle a la Revolución una continuidad más allá de los caudillos, a pesar de que hubo más de 600 intentos de asesinarlo. Cuando se retiró del poder, su hermano se hizo cargo. Cuando se retire Raúl una nueva generación tomará las riendas sin que sepamos, a ciencia cierta, el rumbo que tomará la revolución en los albores del siglo XXI.

Cuba no es, en 2016, un país en el que a la mayoría le gustaría vivir, ni son sus políticas públicas un ejemplo a seguir. Tiene muchas carencias económicas, de empleo remunerado a precios competitivos, de racionamiento de recursos y de libertades políticas. Hoy a nadie le gustaría ser censurado por el gobierno, perseguido por sus ideas, atacado por sus vecinos o forzado por las circunstancias a huir a otro país, o a ejercer la prostitución. Por eso la gente de Miami celebra en la calle la muerte de Fidel.

Pero Cuba es, incluso en 2016, un país con buena educación para todos, buen sistema de salud para todos, cuyas investigaciones médicas siguen innovando y sus misiones humanitarias siguen salvando vidas. Un país donde las mujeres ejercen su sexualidad sin tabúes y de manera segura, donde pueden decidir sobre su cuerpo y su educación. Hoy Cuba tiene un mayor PIB per cápita que México, y ningún niño duerme en la calle. Por eso la gente de La Habana llora en la calle la muerte de Fidel.

Castro buscó que la revolución se fundara en la independencia y soberanía nacional, que mejorara la calidad de vida de los cubanos mediante la igualdad y la justicia económica y social. Pero en algún punto la revolución se desvió del camino, porque hoy entendemos que no puede haber igualdad sin libertad de asociación política, ni justicia sin igual capacidad de disentir e incidir en la política nacional.

No podemos juzgar a Fidel Castro con los criterios de hoy en día porque sería un anacronismo. Lo podemos juzgar precisamente porque él mismo mantuvo la isla en un anacronismo respecto al resto del mundo. Debemos entender que la Revolución Cubana fue una cosa extraordinaria en su momento, y Fidel debió entender que ese tiempo fue quedándose atrás. Es muy pronto para saber si la historia lo absolverá. Lo que sí podemos saber, es que se nos fue el último gigante latinoamericano y, con él, la romántica idea de la Revolución armada como figura emancipadora en América Latina.

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