Fotografía por la autora

Me encuentro de cuclillas en la oscuridad. Agachada para no ser vista. Mi postura es bastante incómoda pero estoy incapacitada para moverme ya que no quiero ser la causante de ningún ruido que interrumpa el espectáculo.

¿Por qué me senté de esta manera? Todo el mundo sabe que sentarse de chinito es la opción, siempre. Mi yo de 8 años estaría tan decepcionada… ¡parezco principiante!

A través de la delgada tela que cubre el bastidor a centímetros de mi rostro, puedo ver la figura de una de las actrices esperando salir a escena.

– Por favor, por favor, por favor, que no se vaya a apoyar en mi cara, por favor…- demasiado tarde, veo su trasero estirar la tela del bastidor y, sin que haya algo que yo pueda hacer, dejo que choque contra mi rostro

– ¡Qué desagradable! -. Hago una mueca que nadie puede apreciar. Ella, al sentir lo sucedido, se incorpora rápidamente y finge que nada pasó.

– ¿Cómo llegué aquí? – pregunto para mis adentros a modo de berrinche mientras entrecierro un poco los ojos para descansarlos y cabeceo involuntariamente. Llevo varios días sin dormir. – ¿Qué tipo de pregunta es esa? – me responde una voz familiar susurrando a mi lado. Volteo la mirada solo para encontrar a quien parece ser… yo misma… sentada cómodamente de chinito a mi lado.

No voy a mentir, me siento un poco aliviada que por lo menos una parte de mi sabe la manera correcta de sentarse en estos casos.

Tenía razón: sabía perfectamente como había llegado ahí. Hacía un par de semanas me había buscado el famoso amigo de un amigo, con un proyecto “sencillísimo” entre manos. Se trataba de construir una escenografía en el treceavo piso de un edificio abandonado. No me dedico precisamente a hacer escenografía, pero por supuesto que podía hacerlo ¿Qué podría salir mal? Además había sido un muy mal mes, de un año bastante flojo y la paga era bastante tentadora.

El cliente se veía aliviado y agradecido de que alguien tomara el proyecto en un plazo de tiempo tan corto. Pude notar que ya lo había ofrecido a otras personas quienes lo rechazaron. Hay momentos en la vida en los que no necesitas ser la primera opción, basta con ser el más valiente para convertirte en la primera opción la próxima vez.

La tarea consistía en construir un laberinto en un espacio de 30m2. Diseñé cada sección del laberinto con escenografía distinta e iluminación propia. Quería lucirme. Contaba con tres noches para montarlo, sólo tenía permitido trabajar de ocho de la noche a seis de la mañana, cosa que no me preocupó, siempre fui fiestera, manejo el horario de vampiro bastante bien.

Contraté a un grupo de montaje con experiencia en escenografía, a un equipo especializado en iluminación que se encargaría de todas las cuestiones eléctricas y pedí ayuda a Alexandra mi amiga, quien también era victima de un año flojo.

Bauticé a la estrategia como zapatero a tus zapatos y era a prueba de errores. Si todo salía según lo planeado, sólo tendría que diseñar, hacer los planos y dejar que los especialistas hicieran lo suyo.

– Ahí el problema – me digo a mí misma desde el otro lado de la mampara- cuando uno es jefe de un proyecto no puede sacar las manos por ningún motivo en ninguna de las etapas. Al ser quien responde al cliente, toda la responsabilidad recae sobre tus hombros. Por experiencia propia puedo decir que la gente que trabaja bajo las órdenes de alguien más, jamás sentirá la presión que siente la cabeza. Ellos pueden fallar: tú no.

Me molesta que me repitan cosas que ya sé -¡A nadie le gustan las sabiondas Mariana! Te recuerdo que tu experiencia propia es mi experiencia propia también. Hay veces que vale la pena tomar riesgos, creer en los demás, aprender de quien más sabe. Además, ¡logramos sacarlo adelante! Hace dos semanas, todo esto era solo rayones en un papel.

Miro hacia delante y veo un mundo nuevo en un espacio donde sólo había escombros y basura hace tan sólo tres noches. Pienso como hace sólo doce horas me encontraba recorriendo el laberinto a medio armar, cual minotauro embravecido, buscando a mi jefe de montaje quien a la vez huía de mi, porque físicamente no podía más y no tenía respuesta de por qué parte de la tarima aún no estaba montada.

Por su parte, él sentía la presión de no lograr mantener a los montadores trabajando más allá de las 4am y la frustración de que conforme el laberinto se iba construyendo, ellos tenían más rincones escondidos donde echarse a haraganear.

En algún momento entre las cinco y las seis de la mañana, vía uno de sus trabajadores con un tono equivocado de pintura. Me acerqué a decirle que el color era el incorrecto y aún así dio un brochazo sobre la pieza echándola a perder. No quiso escucharme porque, en su manera de ver las cosas, él no tenía por qué responderme a mí. Su responsabilidad era responderle al jefe de montaje, quien al ver lo que hizo, le pidió que se retirara inmediatamente. Eso despertó al resto del equipo y pudimos acabar el proyecto.

A minutos de que empezara la primera función, Alexandra y yo nos encontrábamos de rodillas limpiando el piso. Había contratado gente que lo hiciera, pero el charol negro que habíamos elegido se ensuciaba de solo verlo y las chicas de limpieza no se daban abasto. A veces, si no es que siempre, hay que ensuciarse las manos para que las cosas sucedan.

Mi cliente llegó en un estado de nerviosismo tal, que no pudo decir nada, había demasiadas cosas que ver y hacer que iban más allá de mi participación. Detrás de él entró una mujer bastante mal encarada. Juntos recorrieron el laberinto mientras discutían sobre el presupuesto del siguiente proyecto. Ella volteó a verme mientras yo la seguía borrando las huellas de sus zapatos con el trapeador. Me preguntó – ¿tú de que equipo eres?- – Del equipo de montaje – respondí – Pues lárgate detrás de las mamparas, que no quiero que nadie te vea.-

Y heme aquí.

– Supongo que de eso se trata el trabajo en equipo-  Me digo a mí misma – una serie consecutiva de cabezas respondiéndole al siguiente eslabón de responsabilidades- Me gusta pensarlo de esa manera, en la cual la enorme presión que recae sobre mi cliente, se aligera con la presión que recae sobre mí, la cual a su vez, se aligera con la presión que recae sobre mi jefe de montaje. De esta manera, nunca estás solo, porque solo, no se construye nada.

Trato de tener este tipo de pláticas conmigo misma al cierre de cada proyecto. Dejar que la Mariana que ya sabe como sentarse, hable con la Mariana que sigue aprendiendo, para repasar mis pasos, para darlos de mejor manera la próxima vez.

No te pierdas los demás artículos de esta entrega. ¿Te gustó “hablando conmigo misma”? No olvides dejarnos tus comentarios en la sección de abajo.

Comentarios