Hace un año y medio escribí con certeza que el voto latino sería tan potente que prevendría lo que  llevo estos últimos días lamentando. Como muchas personas en mi país y en el mundo, sigo incrédula ante el hecho que este enero, Donald J. Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos de América.

Los resultados de esta elección me duelen. Pero no es el tipo de dolor que viene después de perder— es más profundo. Es el tipo de dolor que sientes al ser rechazada. Porque este martes, al ver la tabulación de los votos, vi que la mitad del país apoyó a un hombre que me insulto como mujer, como latina, como hija de papás y abuelos inmigrantes y, francamente, como ser humano.

Al describir a la base de Trump, los analistas hablaban sobre las víctimas de una recuperación económica que no llegó a todas las esquinas del país. Se referían a la frustración que tantos sienten al no poder cubrir gastos básicos. Pero fueron pocos los que se enfrentaban con la realidad que este país lleva años lidiando con una crisis existencial ya que la demografía del país está cambiando a un paso rápido. En California, los latinos son el grupo étnico más grande del estado. Se anticipa que en el año 2065, uno en tres estadounidenses serán inmigrantes o hijos de inmigrantes.

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La cara de Estados Unidos está cambiando, y eso, en conjunto con la elección del primer presidente afroamericano, ha creado un resentimiento profundo en las comunidades que se sienten abandonadas en la trayectoria hacia el progreso. Al escribir sobre el entonces candidato Trump el  año pasado, dije que sus palabras eran parte de una retórica que se había integrado a los sectores más conservadores del Partido Republicano. Con gran consternación, me doy cuenta que esa retórica, ese resentimiento y ese racismo se había infiltrado mucho más en el país en general de lo que había anticipado.

La elección fue una batalla entre dos narrativas del mismo país. Una está atenida a un pasado que logró su éxito, en parte, oprimiendo a las minorías. En la otra, las minorías, cuyos números están creciendo, buscan representación de sus diversas perspectivas tanto en los medios como en el gobierno.

Los próximos cuatro años me llenan de incertidumbre. Temo por perder todo el progreso que hemos logrado a nivel nacional y ni hablar de las ramificaciones a nivel internacional. Hay un temor palpable que se siente a través del país y del mundo. Desde la elección, varios amigos de otros países me han escrito mensajes expresando su desconcierto y las palabras me fallan. Estoy avergonzada, y por más que intento explicarlo no puedo, porque aun no logro entender como tantos votantes pusieron la dignidad de sus paisanos por debajo de las promesas vacías de una economía más próspera.

Pero momentos como estos tienen el potencial de llevarnos a la acción, a vencer la apatía que infectó a 46.6% de la población elegible que no salió a las urnas a votar.

Y hay esperanza al ver que en la misma elección en la que se eligió a Trump, la ciudad de Los Ángeles votó de manera abrumadora a favor de expandir su sistema de transporte público, proveer fondos para solventar la crisis de indigencia, aumentar las oportunidades en los colegios comunitarios y mucho más. Ahora más que nunca, las ciudades tienen la responsabilidad de actuar a favor del interés de sus residentes—sin importar el color de su piel, su género, su orientación sexual, su preferencia religiosa y su estatus migratorio. La acción a nivel local en las grandes metrópolis podría resultar ser más eficaz, ya que según el censo del 2010, las áreas urbanas son hogar de 80% de la población de Estados Unidos.

Mientras tanto, tomaré consuelo en el hecho que nuestro sistema legislativo a nivel federal es frecuentemente lento e ineficaz y que nuestra tendencia litigiosa prevendrá que las políticas más atroces se conviertan en la ley del país. Una las principales organizaciones de derechos civiles, ACLU, ya se ha comprometido a esto. Por algo se estableció el mecanismo de equilibrio de poderes.

El martes, la primera narrativa ganó una gran batalla, pero las demostraciones a través del país indican que no aceptaremos la derrota.  

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Ayer, en una protesta en Nueva York. Foto: Regina Cantú de Alba

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