Sierra de Guerrero. Fotografías del autor. 

tema del mes de noviembre en Odd Catrina 2016 límites

“Vive al límite”, “rebasa tus límites””Pinta tu raya”, “ponle un límite”… Nuestra vida está poblada de estas frases; pero creo que rara vez nos detenemos a pensar en la idea de vivir en el límite. Puede ser en la periferia de las grandes ciudades, en los bordes de la normalidad, como parias en un círculo social o en una cultura que no sea para nosotros más que una sala bonita del Museo de Antropología.

Cuando de hecho pensamos en esto, solemos pensar en gente que vive fuera de los límites: los indígenas no están cubiertos por el sistema de salud, los vendedores ambulantes están fuera de la ley. Habría que preguntarnos si nuestro afán de exclusión de lo distinto no responde a un deseo de afirmarnos a nosotros mismos: formo mi identidad, como señaló J. G. Fichte, excluyendo a lo que es distinto de mí.

Cualquiera que sea su origen, este afán parte de una percepción equivocada de las cosas: pensar que estoy yo, protegido por la amplia red del nosotros, y luego -tras los límites de lo conocido- los otros.

En realidad, lo que hacen los otros no es pararse más allá del límite, sino ser ellos mismos el límite. Mi mundo está limitado en lo distinto a mí, pero este límite forma parte de mi mundo: algo debe tener en común conmigo para que pueda compararme a él y exclamar: ¡Eres distinto!

Pensemos en alguien que vive en alguno de estos límites; pensemos, por ejemplo, en una indígena tlapaneca que vive en la sierra de Guerrero. Llamémosla Dominga. ¿Qué significa para ella el hecho de vivir en el límite? ¡Alto! ¿Ella se ve a sí misma como alguien que vive en el límite? ¿Quién puso los límites? ¿Quién dijo “esto es lo normal”? ¿Quién decidió qué tipos de vida serían considerados dignos y cuáles no? No olvidemos que nosotros mismos vivimos en el límite: mi mundo –tu mundo, lectora– es el límite del mundo de Dominga.

Eso es cierto sólo en la teoría.

Conocí a Dominga hace unos tres años, cuando fui a Guerrero en una brigada de emergencia tras el desastre causado por el huracán Ingrid y la tormenta tropical Manuel. Desde entonces hemos vuelto de manera itinerante, se han sumado nuevas manos, otras se han restado. Hace poco, Dominga me preguntó por qué seguíamos yendo a verlos. Esto le sorprendía porque en Chilapa –la ciudad donde estudia la licenciatura– se burlaban de ella por ser indígena.

Entonces me di cuenta de que no vivo en ningún límite –al menos no como o hace Dominga y como lo hacen todos aquellos que viven en nuestros límites. Porque hay límites que hoy, en México, cuentan más que otros, y hay muchos para quienes vivir en el límite significa vivir condenado al límite. Dominga se ve a sí misma a partir del límite en el que la hemos ubicado: nunca excluida del todo,pero nunca pudiendo entrar.

Es hora de dejar de mirarnos a nosotros mismos, a los límites que traspasamos o marcamos, y comenzar a mirar a los límites que hemos impuesto a los demás. Ésos son los límites que hay que re-definir, ésos son los límites que hay que traspasar.

Gente en la sierra de guerrero. Vivir en el límite por Salvador escalante
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