Foto: Nik MacMillan via unsplash.com
Existen años especialmente funestos para la humanidad. Se cuenta que en 1914,  Winston Churchill, Messimy,  Ministro de Guerra de Francia y el Gran Duque Nicolás de Rusia se deshicieron en lágrimas en algún momento u otro durante el año antes de que empezara la Primera Guerra Mundial. Existía un aire generalizado de desolación.
Cualquier persona que haya  rondado el internet los últimos días, se dará cuenta que existe un consenso general acerca del 2016: fue un año horrible. Los hechos todos los conocemos. La elección de Donald Trump, el Brexit, la masacre en Alepo, el golpe de estado fallido en Turquía, los gasolinazos de Peña, los multimillonarios robos de gobernadores priistas (aunque no podemos decir que esto sea algo exclusivo del 2016) y la muerte de dos que tres famosos han cimbrado a la opinión pública. Los memes abundan. Después del año que acaba de pasar, el panorama no luce alentador para el futuro.
Saltándonos lo ridículo que es culpar al 2016 por los hechos ocurridos -que al fin y al cabo, solo es uno de los millones de traslados imperfectos que la Tierra ha dado alrededor del sol- tenemos que reflexionar por qué existe esta acusación. Estamos configurados a vincular el transcurso del tiempo con los hechos ocurridos durante el calendario. Todas las civilizaciones de la humanidad lo han hecho. La biblia, los códices mayas,las sagas nórdicas y miles de otros textos existen vinculando al calendario con una mala cosecha, una tempestad o una sequía. Es entendible que haya existido esta conexión, antes no teníamos los mecanismos para explicar el comportamiento de las oscuras fuerzas de la naturaleza.
Lo que no es entendible es el rechazo general que existe contra el 2016. Ningún año ha sido más vilipendiado. Ni el 2004, que trajo el Gran Tsunami que arrasó con Asia, ni el 2005, en el que ocurrió el huracán Katrina. Contrario a estos años, todas las cosas funestas que ocurrieron en 2016 fueron dentro de la esfera humana. Esa esfera en donde sí estamos en control de la situación.
Todos ya hemos señalado un culpable. Esto también está dentro de la configuración humana: buscar un chivo expiatorio que redima a la colectividad de sus pecados. Los rednecks que votaron por Trump, los chavs que apoyaron el Brexit, los hackers rusos, ISIS y los millenials son solo algunos de los chivos expiatorios que han surgido en los últimos días. Todos tratamos de encontrar una explicación para los sucesos funestos del 2016. La contradicción sigue presente ¿por qué la mayoría de los individuos está inconforme con el camino que tomó la sociedad este año? No hay que olvidar que los dos hechos que marcaron al 2016 fueron resultado de una votación ¿por qué existe este aire de pesimismo?
La colectividad es más que la suma de sus partes.  La sociedad  se rige a través de leyes, tradiciones, creencias,  tratados de comercio y otros mecanismos por los que los individuos se coordinan como engranes en esta maquinaria. Nuestra sociedad global actual se distingue por dos rasgos: el sistema económico y la gran capacidad de comunicación que poseemos todos los individuos del planeta. Vivimos bajo la idea de la mano invisible: la mejor manera de regular la economía es a través de la coordinación natural de los intereses de cada individuo. El carnicero no vende carne por ser caritativo o por cumplir un rol necesario para la sociedad. Está consciente de la necesidad que tiene el resto de los individuos por su producto y al explotar esta necesidad puede sacar un provecho personal.
Gracias a los medios de comunicación que poseemos hoy en día, hemos podido extender esta idea a todo el mundo para conformar una gran sociedad global. Esta gran maquinaria traspasa mares y fronteras, va más allá de cualquier nación y en ella están incluidas todas las personas de la Tierra. Nuestro modelo económico ha hecho que la ambición personal sea el combustible que hace funcionar a la gran maquinaria.
El mito de la mano invisible dicta que la ambición personal es un cálculo racional, y por lo tanto el dinamismo producido es justo y coherente. Y sin embargo, por todos lados vemos señales de irracionalidad: una distribución desigual de los recursos del planeta, un mercado lleno de alimentos nocivos para la salud, una fuente de información cuyo mayor objetivo es el entretenimiento y no el conocimiento. La gran maquinaria ha creado un público que no elige sus productos basados en un cálculo racional, sino buscando satisfacer los impulsos más básicos de la manera más rápida posible.
Después de la Segunda Guerra Mundial, decidimos que lo mejor era tener planes económicos que dirigieran el curso de la sociedad. Esto mantuvo a la gran maquinaria bien aceitada y funcionando óptimamente. La gran maquinaria todavía estaba dentro del control humano. Luego, en los 80s, decidimos desregular el mercado y soltarle las riendas a la gran maquinaria.
Por muchos años, el sistema funcionó de maravilla. Liberar a la gran maquinaria hizo que ésta creciera y creciera hasta niveles inimaginados. A nivel personal, la ambición es un cálculo racional. Elevada a criterio social, es una fuerza ciega, parecida a esas fuerzas oscuras de la naturaleza. Es por eso que culpamos al 2016 de los sucesos ocurridos, porque el camino que toma la sociedad ya no está dentro de nuestro control. Esto no es culpa del 2016, es la consecuencia del camino que ha tomado la gran maquinaria los últimos 30 años. Siguiendo la ambición personal, la gran maquinaria se ha vuelto la Gran Bestia. Este año fue el año en el que oímos su rugido.
El rugido es espeluznante: son miles de millones de voces, coordinadas pero disonantes. Cada voz clama enfurecida, buscando detener el curso que la Gran Bestia ha tomado.

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