Gilmore Girls es la típica serie que no presumía de ver. Suena tonto, lo sé. Pero mientras mis amigos no paraban de hablar de Game of Thrones, Mad Men o Lost, yo seguía pegada al sillón, con una manta, un té y unas palomitas riéndome con los geniales diálogos de la familia Gilmore.

La realidad es ésta: me encantaba el ficticio Stars Hollow, los vecinos métome-en-todo, la relación entre Rory y Lorelai, los constantes intentos de dominio de la abuela, la adicción al trabajo del abuelo, los comentarios irónicos de Luke y el personaje de Rory (ni perfecto, ni sencillo). Pero sobretodo, me encantaba el pin- pon argumental y las charlas rápidas y sin sentido de los personajes.

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 Estos personajes me acompañaron al crecer y volví a ver la serie más grande, a escondidas y con un deje de culpa. Una culpa no muy grande, no por el estar viendo la serie sino por dejar de lado la genialidad de otras series icónicas de la televisión. Sé que The Wire tiene un entramado tan detallado que no me puedo perder, sé que Mad Men es una lupa a la mercadotecnia, sé que The Good Wife tiene un argumento muy interesante de carácter feminista… lo sé, y muy bien. Aun así, saliendo de clases, en momentos en los que no quería saturar mi cabeza, se me antojaba irme un rato a Star Hollows a ver a Lorelai pelearse con su madre y a  Rory descubriendo el paso de la niñez a la vida de una joven adulta millenial (al igual que yo, cabe mencionar).

No es la genialidad de sus argumentos, es la cotidianidad en pantalla. Gilmore Girls te sabe a tardes en familia, peleas en familia, paseos en familia, y al transcurrir lento de la vida de cada uno de los que te rodean.

Ahora, Netflix, luego de cargarse mi vida subiendo toda la serie de un jalón, me abre una ventana diez años después del último capítulo. Todo este tiempo imaginando cómo la familia Gilmore se las arregló, y ahora abren con cuatro capítulos y me obligan a decir abiertamente que, ¡Claro que sí!, que, ¿cómo no?, que ¡Claro que estaré allí, viéndola!

Ahora bien, de esto ya pasó un mes, y todo aquel fan secreto de las chicas Gilmore que no la haya visto se merece el spoiler. Porque diré directamente que el final fue genial. Un redondeo de la historia. Un final con olor a comienzo. Una vuelta a las lealtades familiares, a los procesos de superación y a las relaciones sin final ni comienzos claros.

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Los cuatro capítulos fueron separados en las cuatro estaciones, muy Vivaldi la cosa. En invierno es el reencuentro. Nada como unos copos de nieve para recordar a Lorelai caminado por el pueblo; para saber que Rory sigue siendo la niña intelectualmente hiperactiva y que la abuela está en pleno ataque de locura, como siempre. Extrañamos a Sookie, al abuelo Gilmore y a los tres personajes masculinos que representan la vida amorosa de muchas niñas: el bueno que todos quieren pero con el que tú no acabas de encajar, el malo que te vuelve loca pero tu familia y amigos odian, y el peligro que ni tú entiendes el por qué te hacer perder la cabeza. En vez de ellos está un novio que Rory olvida constantemente (personaje que en mi opinión sobra bastante y que nunca entendí el por qué de su constante y molesta presencia.)

En la Primavera y Verano, vemos a una Rory más que perdida. Fuera mentiras. La chica está tan perdida como cualquiera a los 30 años. Eso me encantó, no me mostraron una protagonista catapultada al éxito. Me mostraron una vida común con altas y bajas. Sí, logró publicar un artículo en el New Yorker, sí, su proyecto de escribir un libro conjunto era factible. Aun así, la vida actual tiene tantos cambios que un transcurrir de la vida necesita mostrar que no te puedes acostumbrar a la vista de la cima, tendrás que caer y remontar.

Sin embargo, el Otoño, es la verdadera historia. Es la razón por la cual Amy Sherman- Palladino no abandonó su guión. Este final lo tenía pensado, pero por razones varias no pudo dirigir la última temporada. Este es el final un poco abierto pero que cierra la historia con un retorno de la hija a la vida de la madre. Si la historia comienza con una Rory niña y una madre demasiado joven; ahora termina con una madre retomando el curso y una hija emprendiendo la misma aventura. Porque Rory es Lorelai en más sentidos que el nombre. Es cuanto Rory se plantea contar su historia.

Ahora que volvieron, me agrada ver que podría ser una tradición el asomarte al después del final de tu serie favorita. Las historias son para cuestionar, para enriquecer, para diseccionar. La narrativa da esa libertad de retorno. Habrá gente que quiera un final definitivo; que no le toquen la imagen que tienen de sus personajes; que no le toquen la historia que ellos mismo se inventaron.

No obstante, la vida es un continuo devenir, un continuo retorno. Todo cambia, para bien o para mal. No hay nada definitivo. Y si aprendemos a vivir con esta idea en la ficción, tal vez, puede ser, que aprendamos a aceptarla en la vida real, en nuestra historia, en nuestro entorno, en nuestro personaje.

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