America First” sintetiza el mensaje de Donald Trump en su discurso inaugural como cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos. Esa frase es la concretización americana del núcleo de varios de los discursos políticos del pasado año: los discursos egocéntricos, de egoísmo nacional, de la política actual.

La retórica trumpeana desde el triunfo de la campaña republicana se matizó en cuanto a la elección de términos. Ha tratado de ceñirse a lo políticamente correcto, sobre todo si se le compara con lo que dijo en campaña. Su toma de protesta siguió el mismo tenor. Fue respetuoso hacia los grupos a los que abiertamente insultó en su campaña. Ya no achacó los crímenes de ciertos grupos terroristas islámicos a los musulmanes en general, sino que se limitó a hablar del terrorismo islámico radical. Intentó, además, desvincularse de los supremacistas blancos con los que se le identificó durante su campaña. Habló del igual valor de los americanos “negros, cafés, y blancos” (en dicho orden). Todos, afirmó Trump, “son vivificados por el mismo creador supremo”.

No obstante, el fondo del mensaje de Donald Trump sigue siendo el mismo: la resonancia que su discurso tuvo en millones de americanos  es la misma de su campaña: los intereses de Estados Unidos van primero. Van primero y van por encima no sólo de los intereses, sino también de las necesidades de otros países.Y ojo, Trump habría de decir “Estados Unidos” (United States) y no “America”. America incluye, además, no sólo a Canadá sino también a los países que están detrás de su temida frontera sur.

La retórica de Trump desde su lanzamiento como candidato, hasta el día de hoy ha buscado ganarse la simpatía de los americanos apelando a una especie de egoísmo nacional. Frente a éste el resto de los países y pueblos del mundo aparecen como chivos expiatorios. La culpa del desempleo en EEUU la tienen los países menos desarrollados en los que han invertido. La culpa de la baja en el nivel de vida de la clase media la tienen esos países al haber drenado a la gran potencia de sus fondos. La inseguridad que ésta enfrenta tiene el mismo origen.

El tenor de este mensaje político es el mismo que inspiró al Brexit y el que ha alentado a los separatistas catalanes los pasados meses. Se ha perdido una supuesta grandeza pasada porque el tipo de interrelación que se tiene con los otros lo ha imposibilitado. Presuntamente la pertenencia a la Unión Europea y a España, respectivamente, es lo que trunca las posibilidades de los británicos y de los catalanes de tener una mejor calidad de vida. Igualmente, Estados Unidos no será grande nuevamente si no se libra del pesado fardo que le suponen varias de las líneas que hoy definen sus relaciones internacionales.

El nuevo presidente exhortó a fortalecer las fronteras estadounidenses en todos los sentidos: no sólo geográficas, sino también culturales y políticas. En su discurso de apertura ciertamente evitó la confrontación directa con otros países, pero su alusión al muro de la frontera mexicana, a la filtración del Islam dentro de una población cristiana por tradición, y a las asperezas políticas con Rusia fue clara. La mano de Estados Unidos sólo se extenderá en amistad con otros países, siempre y cuando éstos no le vayan a agarrar el codo.

El viernes Trump pidió a los estadounidenses que trabajen de manera solidaria los unos con los otros. Que se borren los prejuicios y las divisiones a causa de la diversidad de razas y religiones que caracterizan a su país. Llamó a la unidad y al orgullo patrio. Incluso firmó una proclamación del día nacional del patriotismo a escasas dos horas de su toma de posesión. No obstante, frente a su mensaje en el que los otros quedan como los culpables de los males americanos, el logro de la visión que Trump tiene para EEUU resulta francamente implausible. El mensaje del presidente entrante estuvo caracterizado por la contradicción, y la contradicción no puede cimentar ningún proyecto político viable.

Sin duda alguna, las referencias bíblicas en el discurso de Trump resuenan con una parte importante de la población americana. Pero, aunque su inserción en el discurso está justificada por esta misma razón, la manera en que las emplea resulta incongruente con el resto de su mensaje, por decir lo menos. No se puede asumir que todos los americanos merecen igual trato y oportunidades, sin importar su raza o sus intereses, porque “el creador los vivifica por igual”, pero suponer que ese argumento teológico no aplica para el resto de los ciudadanos del mundo. No puede pensarse que la bendición de lo alto puede ser sólo para Estados Unidos.

Pero ese no es el único problema, sino que la visión de grandeza que Trump tiene para el país de los sueños no es factible sin otros países y otras personas. La grandeza de EEUU no será posible si se busca cimentarla en el egocentrismo y el aislamiento. Para que ello sea posible, la solidaridad, la falta de prejuicios y la superación de las divisiones deberán superar las fronteras americanas. Asimismo, nuestro país vecino deberá buscar también a los culpables de sus males dentro de sus propias líneas.

La creciente desigualdad en la sociedad estadounidense, por ejemplo, no podrá superarse sólo con regresar la manufactura al país, sino se acompaña, al menos, de un autoexamen de sus mecanismos de distribución de riqueza. En particular en el caso de la riqueza que se obtiene de la inversión en el extranjero. Claro está, sin embargo, que es más fácil echarle la culpa al otro, que autoexaminar la propia composición. Más fácil generar confrontación, que buscar cooperación.

Trump funda su discurso en la presunción de que los países tienen un derecho a velar por sus intereses por sobre los de los demás. Ahí está la falacia en la que se cristaliza la contradicción de su proyecto político. No se puede predicar la unión patriótica de un pueblo tan extremadamente diverso como lo es EEUU, a la vez que se predica la oposición con otros países (entre otras cosas porque la diversidad hacia el interior de Estados Unidos está fundada por la diversidad de su exterior). Poner a Estados Unidos primero, a la manera que pide Trump, no generará la prosperidad que promete. Y si a alusiones bíblicas vamos, lo que habría de decir el presidente más bien es “no se puede ser el primero sin ponerse al último”.

Presuntamente, a partir del viernes regresó la democracia a Estados Unidos. La historia, según Trump, habrá de recordar ese día como el día en que el pueblo regresó al poder. Que el pueblo en cuestión está profundamente dividido, no queda duda. Ya apenas dos horas después del discurso noventa y cinco personas ‘anti-Trump’ fueron arrestadas por dañar carros y romper ventanas. Y Trump es el presidente que ha llegado a su toma de posesión con los menores índices de popularidad. Pero hay que decir sobre todo que es un pueblo egoísta quien llegó al poder: un pueblo que se compró la idea (que ya permea el discurso político a nivel mundial) de que sólo viendo por los propios intereses se puede obtener (¿recuperar?) la grandeza.

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